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Todavía decimos vip, no puedo creerlo

Más tarde caminamos por el microcentro como en una película de gangsters, traspasamos una puerta y cortinas, traspasamos gente entusiasmada, traspasamos codos, y nos encierran en un corral, en el vip, el vip es un corral, una porción de territorio delimitada por sogas que cuelgan como en un banco francés. El raro privilegio de estar como yendo a pagar el monotributo, marcados con una pulsera de papel. De estar tranquilos: solos, aislados, los tres. Aparece un trago fucsia cortesía de la casa, lo aceptamos y agradecemos.

Ponerle actitud a las cosas, tener ganas de crecer

En un local mío, había un seguridad que recibía, abría la puerta y atendía, y para eso había creado todo un entrenamiento mental. Tenía más capacidad de recordar caras que cualquiera que estuviera trabajando en un mismo lugar. Y ni hablar que un oficinista. ¡¿Porqué?! Ya se que me van a decir ¡Porque trabaja de eso! Sí, trabajaba de eso, pero esa tarea la cumplía bárbaro y para mí era una cuestión de ponerle actitud a su función. Y esa persona hubiera cumplido bien cualquier otra función o tarea que se le asignara. ¡Yo creo que esa actitud tiene que ver con las ganas de crecer!

El Kilstein Pastrami

El Hot Pastrami es una de las especialidades de New York. Una curiosidad: dicen que el mejor del mundo se sirve en Katz Deli, el bar neoyorquino donde Meg Ryan protagoniza la famosa escena del orgasmo en “Cuando Harry conoció a Sally”. En esas condiciones cualquier sándwich es bueno. Ahora sugiero mi propia variante de sándwich de pastrón (¿por qué no? Al fin y al cabo, soy descendiente de Bessarabers), el Kilstein Pastrami. Una receta alternativa al trillado pepino y pretzalej que ya estaría aburriendo. Yo digo: pastrón, queso crema, cebolla de verdeo y pan caliente con semillas arriba. Amén.

El tema es que de vez en cuando debo subirme a un avión (para ver a mi novio)

Luego ansiedad y vértigo cuando despegamos. ¿Estoy a tiempo de bajar?, “Cóctel Bárbaro” de emociones al levantar altura. Cruzo los Andes y un rayo impacta en la cordillera que divide mi lóbulo derecho del izquierdo. La presión aumenta y siento flechas indígenas en el cuello. Espero no tener muchas ojeras al bajar. Quizás, si exhalo no sea tan grave. Inspiro y exhalo, uno, dos, uno, dos. El avión aterriza pero todavía hay que esperar sentados. Señores pasajeros, aún no se levanten, queremos que vivan en este pequeño espacio hasta que su tolerancia reviente.

La satisfacción perfecta de ser habitué del Teatro Colón

Hasta ahora he visto las escenografías más variadas. Un Cristo gigante puesto en escorzo en La Forza del Destino, un excepcional coro en escena en La Pasión según San Marcos ¡O una romántica Villa Sevillana con Santa Rita y todo! Poco a poco voy educando mi oído musical y empiezo a entrar en este mundo mágico que es la ópera. Y no hay “tutía”: la amás o la odiás. Una gran compañera para hacer este programa es mi abuela Zulema, melómana de alma, siempre me cuenta cuál es el aria más famosa o de la dificultad de llegar a tal o cual nota.

Quisiera que los que no son judíos comprendan Rosh Hashaná

Como muchos saben, en esta semana se celebra Rosh Hashaná, el año nuevo judío. La fecha no podría pasar desapercibida para un blog titulado Der Bessaraber y un blogger llamado Kilstein Grinstein (sí, mi madre y mi padre conspiraron para que yo porte un doble apellido judío, formado por dos voces demasiado próximas entre sí).En Rosh Hashaná se conmemora nada menos que la creación del Universo. Ahora bien, apenas empezamos y ya surge un pequeño problema: la Torá no dice palabra sobre la fecha en que ocurrió evento tan trascendente.

Qué hacer con Barbie, cómo hacerla feliz (¿Se puede jugar con Barbie?)

No se puede jugar a las Barbies y en ese fracaso está el poder de su perduración y la desgracia; el problema no es su apariencia, el famoso estereotipo estilizado, no es sólo eso lo que vino a enseñarnos, sino la postura de quedarse quieta mientras le barren el mundo, la impotencia y la incapacidad de necesitar, de descansar y encontrar consuelo en unos brazos humanos. Alguna herencia velada hay, un mensaje que interpretamos. Las noches que vamos en taxi a divertirnos con amigas. En el círculo de nuestra risa de a poco nos vamos creyendo las mejores del mundo. Tenemos miedos como edipos y carteras con cadenas.

Estuve en Río hace unos días y me quedaría a vivir ahí. Tremenda ciudad.

Estoy por encarar un negocio, para abrir un bar que va a dar que hablar, en Palermo, aunque por el momento los detalles los dejo en misterio. Elegí Río para renovar energías, acelerar la creatividad y mirar un poco lo que está pasando en la noche de esa ciudad. Me llamó la atención que pegó mucho la onda newyorkina de lugares chiquitos, para poca gente, súper sofisticados, con productos de buenísima calidad. Capítulo aparte son las mujeres. Lindas, coquetas y cultas. Lo que sí, la noche de Río – a nivel más boliche – no es tan buena, nada que ver con la de San Pablo.

Alteré la matrix de Facebook

Estar frente al espejo de chica implicaba no abrir la puerta del baño por horas. Los peinados también ayudaban a que mi hermana no pudiera entrar a bañarse: brotada de rulos, me gustaba creer que esos bucles eran la recompensa divina por pensar rebuscadas y preciosas ideas. “Que las demás se planchen el pelo”, decía al sacudir la cabeza. Y con los años me encontré con espejos más complejos donde perderme. Hoy paso más horas en mi perfil de FB que supervisando mis rulos.

El sueño del antifordismo y las siestas urbanas

En la oficina colectiva se respira ese ambiente límpido, repleto de claridades y transparencias, propios de la oficina moderna. Los usuarios cuentan con fotocopiadoras, faxes, servicios de moto y remises y hasta bicicletas para salir a despejarse. Y fundamental: todo ocurre lejos del jefe y (probablemente) rodeado de desconocidos entre quienes no circula ninguna rencilla de pasillo propia de los ambientes laborales.