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¿Por qué seguir una secuencia que no elegimos?

Una vez me di cuenta de que luego de despertarme (un lunes como hoy, por ejemplo) tiendo a repetir la misma secuencia, día tras día. Todo bien –hasta genial, diría– si no fuera porque ese día también noté que algunas cosas de esa secuencia yo no las estaba eligiendo. Estaban allí, simplemente instaladas, casi irreversibles. La manera de salir de la cama. Cómo te lavás los dientes. El orden en que te bañás. Y te secás. El desayuno, en cantidad, calidad y, nuevamente, en orden (para mí era siempre primero la tostada, después el mate o el café). La manera de vestirte, la secuencia previa a salir de casa (todos los checks y revisiones, conscientes o no).

Juntos – en el ballet – son tan perfectos

Asciendo incontables escalones sobre unas plataformas de doce centímetros, intentando no perder la elegancia ni el equilibrio, hasta llegar al cuarto piso del Teatro Colón, donde una señorita (muy delicada, por cierto) me conduce hasta mi butaca. Voy a ver la Gala Internacional de Ballet, temporada 2013. Como tantas otras veces llego a destino sobre la hora; o justo a tiempo, si miramos el vaso medio lleno. Las enormes cortinas rojizas (y sus bordados dorados) ya están abiertas de par en par. Todo es oscuridad, con excepción de un solo reflector que los persigue a ellos sobre el escenario; y todo es silencio, salvo por la música que les marca el compás.

Subamos algunos pisos juntos (vamos a disfrutar del paisaje)

Hace varios años que mi vida baila alrededor de algunos conceptos que pueden sonar algo abstractos, pero tienden a hacerse bien concretos cuando vivís inmerso en ellos. Cosas de las que muchos hablan y que sin embargo no tantos aplican. Por ejemplo: la calidad de vida. Hace unas semanas tuve que hacer un trámite en un gigantesco edificio en el centro porteño. El lugar era realmente imponente, así que decidí subir algunos pisos por la escalera para admirar mejor la construcción y evitar los atestados ascensores. Un guarda de seguridad sonriente y grandote se me acercó corriendo: ¿a dónde vas por la escalera?

El invierno, estación polémica, me encanta por numerosos motivos

Valoro esa diversidad escenográfica y climática como si fuese un tesoro preciado. Entonces, mientras algunos desempolvan sus pasaportes y se preparan para perseguir el calor alrededor del globo terráqueo, yo desenfundo los tapaditos, lustro las botas, desovillo las bufandas y sonrío. El invierno, además, trae consigo una sensación de sosiego. Una cierta calma. Un permiso inexistente pero palpable, que nos afirma que está bien guardarnos un poco y correr menos, incluso en una ciudad enorme y voraz, como es Buenos Aires. Quiero contarles que también encuentro algo mágico en el recato que trae consigo el invierno. Porque la desnudez pasa a ser algo que hay que buscar bajo miles de capas.

¿Sería mejor que a partir de ahora no miraras a nadie?

Mientras el subterráneo atraviesa la tierra como un gusano y nos mece, un montón de gente y yo jugamos a no existir por un rato. Cada uno va sumergido en su burbuja: su libro, su teléfono, su computadora, su revista, su música, sus pensamientos, su sitio provisorio. Por momentos chocamos, claro; sentimos otros cuerpos y su calor correspondiente. Pero nadie se mira, “no sea cosa que”; y al final, ni siquiera esa proximidad nos conmueve. Nunca fui buena jugando este juego. No me malentiendan: me encantaría bajarme invicta. Lograr el cometido de no mirar a nadie; no arruinar la danza de la desconexión absoluta. Pero no puedo. Siempre, en algún punto, levanto la cabeza y miro.

Yayoi Kusama es, a los 84 años de edad, una joven atormentada

La juventud y el tormento persisten en esta artista plástica contemporánea que decidió alojarse en un neuropisquiátrico de su Japón natal luego de una peregrinación rimbombante como artista y performer por la New York de Andy Warhol. “Obsesión infinita” es el título de la muestra que desde el domingo pasado hasta el 16 de septiembre se puede disfrutar en el Malba y que tiene por creadora a la consagrada japonesa. Y el título es muy atinado, pues la autora demuestra una obsesión sostenida por los puntos (los polea dots), que como esbozos alucinatorios, cubren las las superficies físicas y las realidades rutinarias en que habitamos.

Un chispazo fluorescente en la nada

Cuando era chica pasaba las vacaciones en Río Gallegos, la madre de las paradojas: veranear en una ciudad sin verano. En la casa de mi abuela las persianas estaban cerradas hasta comprimir por completo los agujeritos para evitar el sol trasnochador que no ayudaba a dormir y dormir, el mejor conjuro contra el frío. Elegía un libro de los estantes de una habitación oscura: Cuentos clásicos infantiles. En el living silencioso, contra todo pronóstico, a medida que avanzaba en la lectura, comprobaba que Caperucita no era rescatada por ningún leñador.

¡Esa no era yo!

Entonces ahí anunciaron a las medallas de honor. En ese momento entregaban dos medallas, ya dentro de la carrera tenías dos títulos: cava o cava y restaurant. No voy a entrar en detalle pero entregaron dos medallas, y ahí estaba Fernanda diciendo: «la medalla de honor de la cosecha 2007 es para Agustina de Alba». Ah, no, no, no. Ahí morí, se me aflojó el cuerpo, se me caían las lágrimas, lo miro a papa y lloraba. La miro a Pepa y lloraba y mis compañeras Mariana y Flor también lloraban y me decían dale Agus, tenés que subir. ¡Cómo habrá sido ese momento que mientras escribo este post se me vuelven a humedecer los ojos!