Loca adrenalina en Rodeo, San Juan: así aprendí a hacer kitesurf rodeada de montañas

Un dique turquesa, montañas de colores y un desfile de kites: esto es Cuesta del Viento, en San Juan.

Loca adrenalina en Rodeo, San Juan: así aprendí a hacer kitesurf rodeada de montañas. Por Belén Rodríguez Traverso (texto y fotos, desde San Juan). 

No sé si era el plan que más me divertía hace unas semanas. Venía fresca y metida en mi nuevo trabajo, y me daba un poco de fiaca ponerlo en pausa por este viaje. Pero sabía que papá tenía muchísimas ganas de hacerlo, ya estaba todo sacado y era la oportunidad de volver a viajar los tres solos – él, mi hermana y yo -, algo que no hacíamos desde el 2017. Dije: es una escapada de cinco días, no es tan grave. Pero, en mi cabeza, la expectativa era casi nula.

“Mejor sorprenderse que decepcionarse”, cada día milito más esa frase. Porque últimamente, siempre que creo que algo no va a estar tan bueno, el universo se encarga de demostrarme exactamente lo contrario (y amén por eso). Esta experiencia express, de aprender a hacer kitesurf en Cuesta del Viento, hoy ocupa uno de los primeros puestos en el podio de mis viajes favoritos.

Llegamos a la ciudad de San Juan en avión y nos quedamos ahí la primera noche para arrancar bien temprano a la mañana hacia Rodeo, el pueblo donde está el inmenso dique que se adorna todos los días con kites de todos los colores y tamaños. Fueron dos horas y media de un paisaje montañoso y para acompañar, música al mejor estilo “roadtrip”. Ya empezamos a respirar el aire del lugar – nada de señal y una ráfaga de imágenes naturales que te tenían pegada a la ventana -, los placeres de este tipo de viajes donde la naturaleza es la protagonista indiscutida.

Llegamos a Rodeo a eso del mediodía, atravesamos su calle principal – bien de pueblo pero con todo lo que necesitás: mecaditos, verdulerías, farmacia -, y desembocamos en Posta Huayra, la cabaña que nos alojaría esa primera noche. Rústica, simple y pintoresca, se escondía al final de una calle de tierra y desembocaba en un primer pantallazo de la clásica foto de Cuesta: el agua turquesa completamente rodeada de montañas de diferentes tamaños que van cambiando de color según la luz de cada segundo

La postal de Cuesta desde nuestra escuela de Kite (una de mis imágenes preferidas).

«Rústica, simple y pintoresca, se escondía al final de una calle de tierra y desembocaba en un primer pantallazo de la clásica foto de Cuesta: el agua turquesa completamente rodeada de montañas de diferentes tamaños que van cambiando de color según la luz de cada segundo…»

Llegamos justos de tiempo, por eso dejamos todo y arrancamos directo para el dique. Nos estaban esperando en Kite School San Juan, los tres instructores que nos iban a acompañar esos días. Estaba con un poquito de nervios y una cuota gigantesca de intriga: ¿lograré pararme en la tabla? Ya me habían advertido que el clima es áspero y que tenga tolerancia a la frustración. “Pararse en cuatro días es una idea ambiciosa”. ¿Cómo se sentirá estar ahí adentro? ¿Saldré volando? No soy lo más deportista del planeta y jamás hice un deporte con tabla, salvo una o dos experiencias con wakeboard en el río, pero para mí eso no contaba. Más allá de las mil dudas, algo adentro me excitaba. Siempre me llamó la atención el kite, me atraía esa sensación de adrenalina, pero nunca lo había probado porque es un deporte caro de aprender. ¡Por fin se me iba a dar ese primer contacto! 

Me cosquilleaba la panza mientras nos explicaban la teoría del equipo y las medidas de seguridad. No me llevo muy bien con la física, así que a la primera me costó entender la dinámica del viento y cómo era que había que navegar (dudas que despejé esa tarde con una “clase” especial de papá). Por lo que me contaron antes, pensé que ese día practicaríamos volar el cometa fuera del agua. Me equivoqué. Bah, en realidad nos tocaron instructores de la escuela “directo a los bifes” y tengo que agradecerles eternamente que nos hayan puesto los pies en el agua desde el principio. “Es una pérdida de tiempo practicar afuera cuando adentro del agua la cosa es distinta”, me respondió Mati, mi instructor, cuando le pregunté, un poco consternada, por qué estábamos entrando tan rápido. 

El movimiento del kite algo familiar me resultaba. De chica, cuando me iba de vacaciones con papá a Miramar, llevábamos un cometa y era el plan de la tarde volarlo en la playa. El funcionamiento es más o menos el mismo, así que no costó tanto agarrarle la mano. Con eso apenas dominado, Mati me agarró atrás del arnés y me dijo: “ahora vamos a cruzar el dique haciendo Body Drag, y nos vas a llevar vos” (una técnica para andar más bien acostada, con la tabla bajo el brazo y arrastrada por la fuerza del kite). Los instantes de adrenalina iniciales se combinaron con un tremendo asombro: el ser arrastrada, sobre el agua, con esa vista, el brillo turquesa, la cordillera nevada… lo pienso y todavía me emociona. 

¡Qué clave que es la gente que te cruzas en los viajes! Acá: el famoso Mati.

«Los instantes de adrenalina iniciales se combinaron con un tremendo asombro: el ser arrastrada, sobre el agua, con esa vista, el brillo turquesa, la cordillera nevada… lo pienso y todavía me emociona…»

En esas primeras cuatro horas en el agua pasó de todo. Aprendí a ponerme la tabla, intenté salir parada, pegué un salto y me fui de panza, pero logré lo que no pensé que lograría en esos cuatro días: me paré y anduve once segundos. Lo sé porque Mati tuvo la genial idea de llevar su teléfono y grabó un video que hoy es mi orgullo. Si, ¡me paré en la primera clase! Salí con la sonrisa tatuada y Mati con el oído estallado de los gritos que le pegué por el micrófono. Ah, es que tienen un método buenísimo: salís conectado con tu instructor en todo momento. Así también es como, cuando derivaba y le pasaba el kite a él, mientras yo subía de nuevo caminando, llegamos a hacernos muy amigos.

Esa tarde nos mudamos a nuestra cabaña, ubicada en “El Campito”, donde pasamos el resto de los días. Ahí, en medio de la naturaleza, Maggie construyó una serie de casitas de distintos tamaños, acogedoras, bien decoradas y equipadas, con vistas lejanas al dique y a las montañas. A la noche, si apagás la luz de la galería – y te escondés de algún que otro farol -, tenés una vista vip al cielo estrellado; un zoom en detalle de la Vía Láctea. reposera, show de destellos y el cuerpo adormecido del deporte: te imaginarás cómo soñás esa noche.

La cabaña en El Campito era todo lo que necesitábamos y más.

Los días siguientes fueron desafío tras desafío, y superación tras superación. El viento se picó el día dos, pero eso no me impidió andar unos segundos más sobre la tabla. El tercer día fue un sueño. El cielo bien claro, la temperatura ideal, ese primer cruce con Body Drag no me lo olvido nunca más; “¡mirá dónde estás Belén!” Ese día la rompí, cumplí con mis dos objetivos y más. Anduve unos buenos segundos extra y logré arrancar un poco para el otro lado (que me estaba costando mucho porque parece que tenemos más facilidad para salir de uno que del otro). 

Pero lo mejor de todo fue esto: en dos de los bordes, llegué a conectar más con lo que estaba haciendo, a bajar la mirada del kite y absorber ese paisaje montañoso, sonreí, le compartí mi alegría a Mati, ubiqué mejor la posición de mi cuerpo, lo gocé mucho durante esos veinte segundos que habrá durado. El viento en la cara, la fuerza del cometa empujándome con determinación hacia adelante y el agua dando chispazos, haciendo que todo sea mucho más onírico todavía. 

Podría decir que ahí cerré con moño mi primera experiencia kiteando. Porque ya el cuarto, y último día, el viento se puso áspero en serio. “Si aprendés a kitear acá, kiteas donde sea”, me dijeron, y ahí entendí por qué. Pensé que nos suspendían la clase – Maggie llegó a decirnos que quizás pasaba -, pero los instructores nos motivaron a entrar igual. Ese inicio con rachas de hasta 30 nudos fue duro. Fue la primera vez que tuve miedo. El kite me arrastraba hacia el centro del dique con una fuerza imposible de contrarrestar. Tragaba agua, no había técnica que sirviera: el cometa estaba haciendo lo que quería conmigo. 

Casi, pero casi lo doy de baja y casi que le lloro a mi instructor por micrófono pidiendo que me venga a rescatar. El primer “borde” fue un fail pero esa autoexigencia de adentro me empujó a probar una vez más. ¡Y menos mal que lo hice! Me acomodé un poco a ese viento salvaje y arrachado, le tomé la mano y agarré un par de lindos bordes.

El dique es INMENSO. El último día, agarramos el auto y bordeamos la mitad, encontrándonos con estas vistas.

No solo superó mis expectativas sino que me generó un constante de sensaciones muy nuevas y sorprendentes. Empezando por el lugar: yo siempre fui team playa. Conozco la montaña, estuve en Bariloche en el verano, en el norte, pero nunca llegué a conectar de lleno con ese tipo de paisaje y naturaleza. Acá me envolvió por completo. Estaba anonadada 20 de las 24 horas del día. Podía pasar por la misma formación rocosa mil veces y no dejaba de sorprenderme. La imagen del dique, con sus distintos tonos de celeste y turquesa, las montañas de fondo que van cambiando de color según la posición del sol y de las nubes… desde el primer segundo que lo vi dije: esto no puede ser real. 

En cada paseo en auto por cuesta, me embarcaba en un juego donde iba descubriendo distintas texturas y buscando parecidos. “Esa montaña parece espolvoreada con cacao rallado, esa otra se debe sentir como tocar un lobo de mar”. Me hubiera encantado atesorar todas las texturas que vi en un cuaderno, armar uno de esos libros que ponés de decoración en tu mesa ratona. Todas, tan distintas, armonizaban a la perfección. 

Imaginé que sería un viaje mucho más tranquilo. Me llevé un libro, un cuaderno para escribir, cartas, dados, el iPad para dibujar… tan bicho de ciudad que tiene miedo de aburrirse. No usé nada. Leí dos páginas del libro y el resto de las cosas llegaron y se fueron en la misma posición en mi mochila. Un día de relajación o de contemplación me hubiera gustado, no voy a mentir, me quedé con un poco de ganas de eso en ese entorno tan calmo. 

El Campito: decime si el nombre no le queda a la perfección.

«Esa tarde nos mudamos a nuestra cabaña, ubicada en “El Campito”, donde pasamos el resto de los días. Ahí, en medio de la naturaleza, Maggie construyó una serie de casitas de distintos tamaños, acogedoras, bien decoradas y equipadas, con vistas lejanas al dique y a las montañas. A la noche, si apagás la luz de la galería – y te escondés de algún que otro farol -, tenés una vista vip al cielo estrellado…»

Pero, a la vez, se dio como se tenía que dar y eso es lo más lindo de viajar. Hay cosas que planeás y otras que no. Por suerte kiteamos todos los días – el viento y el clima estuvieron siempre de nuestro lado – , nos hicimos amigos de nuestros vecinos y el último día ya compartimos dos planes con ellos: mates a la tarde y asado a la noche, seguido de una visita espectacular al dique estrellado haciendo dinámicas de charlas profundas. Es tan lindo eso de viajar: aparecen personas que te lo transforman y terminan siendo un plus clave en tu experiencia.

Me quedé movida, impactada, enamorada. Me puso muy triste tener que irme, si bien siempre amo volver a mi casa, algo me pasó esta vez. Todo fue nuevo y sin embargo me sentí muy cómoda: con el lugar, con el deporte, con la gente. Lo atesoro en mi listita de destinos que más lograron cautivarme. Y uno no termina de entender el por qué, es una conexión más energética, como esas que tenés con algunas personas que conectás al instante. No las podés explicar pero las sentís con fuerza en el cuerpo. Se quedó un pedacito de mi corazón en Cuesta del Viento. Y sé que algún día – ojalá muy pronto – voy a volver a buscarlo.

Hay unos paradores para tomar algo con estas vistas al dique.

«Me quedé movida, impactada, enamorada. Me puso muy triste tener que irme, si bien siempre amo volver a mi casa, algo me pasó esta vez. Todo fue nuevo y sin embargo me sentí muy cómoda: con el lugar, con el deporte, con la gente. Lo atesoro en mi listita de destinos que más lograron cautivarme. Y uno no termina de entender el por qué, es una conexión más energética…»

Un poco de información útil si te interesa vivir una experiencia adrenalínica y full naturaleza como esta:

  • Podés ir a aprender kite a San Juan, a pesar de que muchos te digan lo contrario. Mi hermana y yo fuimos en cero, sin hacer deportes acuáticos tampoco, y ya leyeron: salí navegando el primer día. Todo depende de tus ganas y de perderle el miedo.
  • Los meses de temporada de kitesurf o windsurf son de noviembre a marzo/abril.
  • Suele soplar todos los días, creciendo de a poquito a partir del mediodía. Maggie (dueña de la escuela Kite School San Juan y de la cabañas en El Campito) nos escribía todas las mañanas para avisarnos en qué horario os convenía ir. Es un placer.
  • Para que el viaje sea más económico, podés ir en auto directamente (creo yo que ahí necesitás más días). Sino: avión hasta San Juan y auto alquilado hasta Rodeo.
  • No tenés que llevar nada de equipo, con las clases te dan todo. Lo único que no podés olvidarte: sandalias que se puedan mojar, toalla, gorrito y MUCHO protector.
  • Si tenés ganas de recorrer más, podés combinar este viaje con otros lugares alucinantes de San Juan como San José de Jachal o el Valle de la Luna.