Gin con Artistas/ Sebastián Andreatta (más conocido como BiH) desde su taller en Palermo: “Cuando veo mi obra instalada en la calle y me causa gracia, eso es el éxito para mí.”

Una ruptura amorosa, un viaje inesperado a Bosnia y una cuota de frustración laboral: tres factores que se combinaron para que nazca BiH Arte/Con el arte democrático (gratis y para todos), ¿se puede vivir del arte?/El éxito del artista en un mundo donde hay tanto estímulo visual/Cómo se desenamoró de las frases que te dicen cómo tenés que vivir.

En su taller guarda algunas de las obras que recuperó de las calles, como la caja fuerte o la máquina expendedora de halagos e insultos.

Gin con Artistas/ Sebastián Andreatta (más conocido como BiH) desde su taller en Palermo: “Cuando veo mi obra instalada en la calle y me causa gracia, eso es el éxito para mí.” Por Lenchu Rodríguez Traverso. Fotos: Marina Gonzalez Mazza.

Se genera algo emocionante cuando entrás al taller de un artista y te encontrás frente a frente con algunas de sus obras más icónicas. En este caso; la máquina expendedora de insultos y halagos, la famosa caja fuerte que generó cientos de intercambios entre desconocidos y una señal de tránsito que marca la máxima con una foto de Zorreguieta. Y estas son solo una parte de la pequeña colección que Sebastián Andreatta logró recuperar de las calles; el grandísimo lienzo donde exhibe sus obras desde el 2016 para un masivo público porteño.

La casa taller – que comparte con otros dos amigos artistas – parece una versión reducida de esas calles, con paredes cubiertas de pasteups, stencils, cuadros dispersos y ese look trashy que en estos tiempos logró adquirir un encanto especial. En varios spots encontramos obras que firman “BiH”, el apodo artístico que eligió Andreatta a partir de un viaje revelador que lo conectó con el arte.

“Acá tengo solo un cinco por ciento de lo que instalo en la calle, el resto se pierde”, nos cuenta, mientras da un sorbo a su copón de gin tonic sentado en una reposera playera, y listo para hablar de todo: desde su primer frenesí demencial donde empezó a hacer arte casi sin pensarlo, hasta ser nombrado “Personalidad Destacada de la Cultura GCBA” en el 2022.

Con dos copas frescas de Ginkgo y tónica de por medio, nos sentamos con el artista urbano para conocer a fondo a la persona detrás de esas obras lúdicas, potentes – y en algunos casos irreverentes – que logran sacarnos de nuestro piloto automático mientras caminamos las calles de Buenos Aires.

«Es difícil escaparle a las métricas hoy. Porque si hacés algo, lo subís y tiene 200 likes podría considerarse un fracaso entre comillas. Pero mi medida del éxito está súper alejada de eso, por más de que sea medio tribunero lo que voy a decir: la realidad es que, si a mí me gusta es suficiente, si lo vi instalado en la calle y me causó gracia…»

¿En qué momento empezaste a hacer arte?

Estudié producción musical pero después me di cuenta que como productor o compositor no era muy bueno, entonces me empezó a tirar más la parte técnica. Me dediqué al mastering siete u ocho años y empecé a hacer arte a la par, hasta que en un momento no podía trabajar en un medio, venir a masterizar y encima el arte a la noche.

¿Cuando decidiste enfocarte cien por ciento en esto?

La llama del audio se fue apagando por la pandemia, temas con socios y sobre todo porque me venían pasando muchas más cosas con el arte que con el audio. Empecé en el 2016 y en cuatro años ya había hecho cosas grandes para Adidas, me llamaban medios para hacer notas – cuando hice la caja fuerte llegué a hacer cuatro o cinco móviles por día – y ya me estaba desenamorando del audio. En el 2020 vendí todo y convertí el estudio en un taller. 

¿Alguna vez en tu vida te imaginaste estar acá, empapelando Buenos Aires con tus obras?

¡No! ¿Viste la frase “era una joda y quedó”? Nada aplica mejor a lo que hago que eso. Empecé a hacer los afiches de las señales de tránsito porque tenía ganas de decir algo y porque estaba de moda; ya habían aparecido Guille Pachelo y Tano Verón, salías a caminar por la calle y veías frases buena onda. También había hecho un viaje a Bosnia que me pegó fuerte y venía de una ruptura amorosa horrible.

¿Qué pasó en ese viaje?

Fui a Croacia, me embolé a la semana y ahí me fui a Bosnia, Kosovo, Serbia y Bulgaria. Caí en un hostel ambientado como un búnker de guerra, y el dueño que estaba re loco nos llevó a las trincheras, todo territorio minado. Parece una joda cuando lo cuento, pero estábamos adentro de un búnker y explotó una mina lejos, de la nada, ¡explotaban solas! Hay algo de eso que me pegó y cuando volví pensé que lo tenía que sublimar de alguna manera.

Volviste y arrancaste con las señales de tránsito, ¿eso fue lo primero que hiciste?

Si, por eso creo que el viaje de Bosnia fue un disparador: quería transformar una señal que veía siempre y darle otro mensaje. Con el diario del lunes, necesitaba decirme cosas bonitas en ese momento. Una noche estaba súper angustiado, me quedé en el estudio, me bajé el Illustrator y me puse a diseñar de manera medio instintiva. Me pasé toda la noche sin dormir, fui a una imprenta ese mismo día y a la noche salí a pegarlas.

«Nunca se me ocurrió exponer en una galería y tampoco me resulta muy atractiva la idea, porque cuando pasás al estadío en donde alguien te dice qué sos o valida tu obra ya no me cabe tanto. El hecho de estar en la calle es justamente por eso; no necesito que nadie me diga que soy artista. Los que te validan en este caso son las personas que lo consumen y que cada tanto te tiran un mensaje o sube una story…»

Fueron 24 hs de demencia.

Exacto, de tener la idea a actuar, sin pensarlo demasiado. Y seguí, fue un envión de dos o tres meses sin parar, hasta que un día un amigo me dijo, “che, estoy viendo tus afiches en Instagram por todos lados”. Ya los firmaba – BiH por Bosnia y Herzegovina – y ahí me armé el Instagram. Fue una joda y quedó, literalmente. 

Después me aburrí de los afiches, hice pasacalles. Me aburrí, hice la caja fuerte y así; me voy aburriendo de las cosas y voy haciendo cosas nuevas.

De esos afiches llegaste a que, seis años después, la legislatura te nombre “Personalidad Destacada de la Cultura”.

Cuando me escribieron pensé que era joda. Lo más irónico es que yo fui por ahí destruyendo la ciudad y esta gente me premia. ¡Para hacer la caja fuerte hice un hueco abajo de un puente!

¿Cómo definirías tu arte?

Estoy entre artista urbano y artista visual. Me parece que este último es más global, tiene la capacidad de incluir muchas vetas del arte. Porque hago instalaciones, otras veces algo más poético y escrito, un mural o un misil clavado en la vereda. No tengo muy en claro por dónde voy, entonces me parece que “artista visual” es la mejor forma de representarlo, si bien no estudié artes visuales.

Me interesa este concepto de la democratización del arte, ¿nunca se te ocurrió exponer en una galería?

Nunca se me ocurrió y tampoco me resulta muy atractiva la idea, porque cuando pasás al estadío en donde alguien te dice qué sos o valida tu obra ya no me cabe tanto. El hecho de estar en la calle es justamente por eso; no necesito que nadie me diga que soy artista. Los que te validan en este caso son las personas que lo consumen y que cada tanto te tiran un mensaje o sube una story. No el establishment del arte, que estudió y que toma vino de arriba en un opening, que son siempre los mismos y que, yo creo que no les importa tanto el desarrollo del arte como demostrar lo mucho que saben. 

«Quizás por eso estoy un poco más alejado de la palabra; porque lo empezó a hacer todo el mundo entonces está bueno correrse, y por otro lado porque no sé si es un momento para decir que está todo bien, cuando después salís a la calle y la realidad es otra…»

¿Alguna vez te escribió alguien criticando tu arte?

Sabés que cero. De hecho, las veces que recibí hate fue en vivo. Una vuelta estábamos instalando una obra en el FIBA – “La Desmemoria”, basada en un cuento de García Márquez – y lo que había hecho era agarrar todo lo que estaba en la cuadra y nombrarlo, ponerle una etiqueta que decía qué era: árbol, cantero, cordón, baldosa. Pasó una señora preguntando qué estábamos haciendo y dijo: “esto es horrible, yo soy dueña de una galería y jamás bancaría una obra así”. Los pibes se empezaron a cagar de risa, y yo que estaba arriba de un árbol poniéndole unas etiquetas chiquitas a cada hoja, también.

¿En redes nada?

Las veces que rocé lo político, ahí quizás me ajusticiaron un poco. Pero me da la sensación de que recibo muchos más comentarios amigables que hate. No porque lo quiera negar, la verdad que las veces que me han hateado, ¡me agarró una calentura! No lo puedo manejar. 

Vos decís lo que a mucha gente le gustaría decir pero no encuentra las palabras o no se anima, quizás es por eso.

Por un lado está buenísimo eso, pero por otro lado hoy me lo critico un poco. Y quizás es el motivo por el cual dejé de hacer tantas frases; porque cuando hacés algo que es tan general, ¿tiene sustancia realmente? Entiendo que hay algunas frases que hice que tienen el chiste y ahí creo que está el valor: en el juego de palabras. Me gustan mucho Les Luthiers y siempre les valoré esa habilidad del chiste simple pero con la genialidad de usar el borde del lenguaje.

¿Hay alguna de las frases que vos has pegado en la calle que hoy ni loco volverías a usar?

Si, un montón. De las señales te diría que el 60% hoy no me representan en lo más mínimo.  Por ejemplo, “No hemos venido al mundo a darnos por vencidos”, bueno, hay veces que sí la verdad. Justo estaba transitando un momento de mierda, estaba angustiado y necesitaba decirme eso.

O sea que tus mensajes siempre van dirigidos hacia vos.

Tienen que ver conmigo, con mi momento. Las bajadas de línea no me caben tanto. Y eso es lo que más critico hoy, cuando veo en la calle que hay gente que continuó ese legado y no tienen nada mejor para decir que: “sé feliz” o “el amor como motor en todo”. No, no es la única energía que empuja la vida, hay otras pulsiones también. Quizás por eso estoy un poco más alejado de la palabra; porque lo empezó a hacer todo el mundo entonces está bueno correrse, y por otro lado porque no sé si es un momento para decir que está todo bien, cuando después salís a la calle y la realidad es otra. 

«Si les pasa algo es un montón ya, porque significa que no pasó desapercibido. Cuando hay algo en la calle y la gente se toma el tiempo de ir a verlo, ya para mí es un logro fuerte. Incluso el enojo es válido. Yo me cuestiono cuando consumo arte y digo “este es un ladrón”, pero ahí freno y rebobino, ¿me hizo sentir algo? Entonces de ladrón no tiene nada…»

¿Qué es para vos que una obra tenga éxito?

Es difícil escaparle a las métricas hoy. Porque si hacés algo, lo subís y tiene 200 likes podría considerarse un fracaso entre comillas. Pero mi medida del éxito está súper alejada de eso, por más de que sea medio tribunero lo que voy a decir: la realidad es que, si a mí me gusta es suficiente, si lo vi instalado en la calle y me causó gracia. Obviamente que si viene acompañado de un medio que te llama, de likes y de comentarios, ayuda. 

¿Qué buscás que le pase a la gente en general cuando se encuentra con una obra tuya?

Si les pasa algo es un montón ya, porque significa que no pasó desapercibido. Cuando hay algo en la calle y la gente se toma el tiempo de ir a verlo, ya para mí es un logro fuerte. Incluso el enojo es válido. Yo me cuestiono cuando consumo arte y digo “este es un ladrón”, pero ahí freno y rebobino, ¿me hizo sentir algo? Entonces de ladrón no tiene nada. A menos que sea algo que realmente no tenga mucho sustento. Es como dice Bart “Ui, le moví el cerebro”. 

¿Tenés alguna obra preferida? 

Tengo una frase muy demagógica que es: la obra que más me gusta es siempre la última porque es como el snapshot del momento.

¿Y alguna que te haya desafiado especialmente?

Obras difíciles, la caja fuerte. Estuve meses pensándolo porque no me animaba a ir a  romper una pared, y de hecho no lo pude hacer yo, tuve que contratar a un amigo albañil. La obra de los insultos y halagos también; entre que compré la máquina, la restauré y saqué la obra a la calle había pasado un año. Los calzones; esa es una de las obras que más me gusta porque ahí “le moví el cerebro” a los amigos del Bellas Artes

«No quiero depender nunca de la necesidad de vender una obra. Porque lo he visto en amigos que están realmente muy preocupados por llegar a fin de mes; yo los llamo los “dos por uno eternos” o el “30 por ciento de descuento para siempre”. No quiero vivir en esa incertidumbre por eso prefiero tener un laburo…»

Si yo quiero una obra tuya, un póster por ejemplo, ¿no puedo?

No, nada. No vendo porque es rara esa idea de vender. Entiendo quien lo hace pero yo no sé. 

¿Por qué no?

No me interesa mucho la idea de entrar en una negociación, ponerle un precio con el que estemos los dos contentos. No quiero depender nunca de la necesidad de vender una obra. Porque lo he visto en amigos que están realmente muy preocupados por llegar a fin de mes; yo los llamo los “dos por uno eternos” o el “30 por ciento de descuento para siempre”. No quiero vivir en esa incertidumbre por eso prefiero tener un laburo.

Entonces, ¿cómo vivís del arte?

Trabajo con marcas y tengo otro laburo donde hago consultoría para una empresa de medios. Y en base a que muchas marcas se acercaban para hacer cosas, pero ya venían con una idea y mi participación como artista era nula, fundé una agencia que se llama Bosnia donde trabajo principalmente con sellos como Sony o Warner y hacemos todas cosas de música: afiches, pasacalles, estencils, murales.

Está buenísimo porque rompe con ese ideal utópico de “vivir del arte”.

Qué bajón que lo que amás no te permita vivir como querés, ¿no? Para mí, para hacer arte no se puede tener hambre. Es muy difícil pensar que un pibe de la villa haga arte porque sus preocupaciones son otras. Y es un bajón, ojalá todo el mundo tenga el acceso a hacer lo que se le cante, pero lamentablemente no se puede y hacer arte es un lujo en esta sociedad.

Claro, la supervivencia se convierte en el enemigo de tu creatividad

El ocio para mí es lo más importante para crear. Si tu preocupación constante es ver cómo llegás a fin de mes, es difícil.