«Varada en el paraíso: el año en que (finalmente) me quedé a vivir en Uruguay…»

A Vicky Schirinian la pandemia la agarró en Punta del Este (donde ya venía trabajando en el verano) y si bien era feliz con su vida de un lado y otro del charco, decidió seguir en tierras uruguayas. Una crónica bellísima – íntima y con aire a mar – de un mundo paralelo donde incluso la gente volvió a abrazarse/Además: caminatas descalzas por la playa, jams musicales espontáneos, y un susto por Covid/La extraña sensación de vivir casi «un libertinaje en pleno mundo pandémico»

Sin tapabocas y hasta con abrazos, el destino quiso  que Vicky Schirinian, quedara «varada» en las playas (y el otoño, y el invierno) de Punta de Este

 

«Varada en el paraíso: el año en que (finalmente) me quedé a vivir en Uruguay…». Por Victoria Schirinian (desde Punta del Este, texto y fotos).

Muchas veces había recibido la misma pregunta: ¿cuándo te vas a mudar a Uruguay? Y es que este país es mi segunda casa (o la primera, según como se mire). Acá pasé todos los veranos de mi vida y muchos inviernos. Acá trabajo, cada temporada. Acá tengo un negocio. Escribo notas. Tengo amigos. Acá vive mi mamá y mis hermanos. Tengo miles de recuerdos e historias, tantos como en Buenos Aires.

Al principio decía no se, tal vez algún día y después directamente, con la seriedad de mi sol en capricornio, respondía: nunca voy a vivir acá. Porque me encanta venir, pero también me gusta mucho la ciudad. Buenos Aires. Mi vida allá, mis circuitos, las cosas que hay para hacer, las cosas que me hacen pensar, los afectos en general, la vibra de la ciudad. No podría jamás vivir en un pueblo, encontrarme con todo el mundo todo el tiempo, perder el anonimato de la ciudad. Me encanta poder venir a Punta del Este cuando quiero y puedo y me encanta tener mi departamentito en Nuñez, mi soledad en la gran ciudad, mi pequeño iglú en el ártico, como diría el gran Mario Levrero. Poder salir y entrar. Ir y venir. Cruzar el charco como quien dice.

«Me encanta poder venir a Punta del Este cuando quiero y puedo y me encanta tener mi departamentito en Nuñez, mi soledad en la gran ciudad, mi pequeño iglú en el ártico, como diría el gran Mario Levrero. Poder salir y entrar. Ir y venir. Cruzar el charco como quien dice…»

Finalmente este año, alrededor del 10 de marzo, después de pasar acá cuatro meses, después de haber trabajado mucho, de sentir mi cuerpo absolutamente agotado, después de estar meses al lado del mar y contar con los dedos de una mano las veces que pude ver el atardecer tomando mate desde la playa, me dije a mi misma: nos merecemos una semanita de vacaciones y después nos volvemos a casa. Empecé a acomodar mis cosas para la retirada: es mucho el desorden cuando estás tanto tiempo en un sitio sin un espacio propio. Empecé por hacerle los papeles a mi perro para poder viajar y por pasar más de dos horas en la playa sin mirar el celular. Fui a la Punta, a pasear, a comer en algún lugar rico. Desconecté de verdad. En el medio de este tiempo sin tiempo, de este fin del verano, llegó la noticia de la cuarentena obligatoria en Buenos Aires y la obsesión con mirar el noticiero todas las noches: el de acá y el de allá y, después, un rato de CNN en español. La resolución, después de mucho pensar, fue quedarme, dos semanas, un mes como mucho, hasta que todo esto pase. Ni cerca de imaginar que finalmente iba a ser… un año entero.

El primer mes, marzo, fue hermoso. ¿Conocen esa canción Aguas de Marzo de Antonio Carlos Jobim? Bueno fue todo así: clima cálido, días de sol, aprovechando la casa, el jardín, mates al atardecer, lectura. Prácticamente, no salimos de casa durante todo el mes. Hice zooms con amigas, festejamos cumpleaños virtualmente, cocinamos una barbaridad, comidas de esas que te llevan mucho tiempo y nunca las hacés, postres, tortas, de todo. Armé finalmente el compost que quería armar hace años para separar la basura orgánica de la otra, le di bola a la huerta, recorté lavandas en su punto justo para armar unos bellos sahumos con la idea de llevárselos a mis amigas.

«Hice todas las preguntas, anoté todas las respuestas en mi cuaderno y cuando corté el teléfono, mirando al horizonte sobre el mar me di cuenta que era una locura querer irme de este paraíso, a la ciudad de la eterna cuarentena…»

Las salidas de marzo fueron dos, siempre para ir al supermercado, con guantes de latex, tapabocas N95 y anteojos. Al llegar a casa desinfectaba todo en la puerta con alcohol al 70%. Sí, en algún momento yo también adopté todos esos hábitos nuevos que conocen bien.

Nos enganchamos haciendo gimnasia con los videos ochentosos de Jane Fonda en el santo YouTube, todas las mañanas, una hora y media clavadas de aeróbico y localizada. A Jane la amamos tanto que terminamos viendo entrevistas de ella por internet, todas sus películas en Netflix y leyendo parte de sus libros en PDF.

Llegó abril y festejamos en casa el cumpleaños de mi mamá y el de mi hermano, los tres integrantes de la convivencia esteña. Para ponerle un poco de rock & roll a las fiestas para tres, el cumple de mamá lo hicimos con temática mexicana, con piñata, mariachis, micheladas y una panzada de tacos. Para el de mi hermano hicimos comida armenia y no faltó la piñata que había sido un hit unos días atrás en el cumple de mamá. Después vinieron los cumpleaños de mis sobrinos y mi otro hermano en Buenos Aires, que esos fueron vía zoom, ya con la chimenea prendida, en los primeros fríos del otoño.

Las peleas de convivencia no tardaron mucho en aparecer y un día, como a mediados de abril, supe que salía un vuelo para repatriados de Montevideo a Buenos Aires. Todavía con la duda de si realmente me iba a quedar a vivir en Uruguay y con cierta resistencia a cambiar mis planes de volver a casa, llamé para averiguar cómo era: si al llegar tenía que hacer cuarentena y dónde, si podía viajar con mi perro, cuál era el costo, si había riesgos de contagios en el trayecto. Hice todas las preguntas, anoté todas las respuestas en mi cuaderno y cuando corté el teléfono, mirando al horizonte sobre el mar me di cuenta que era una locura querer irme de este paraíso, a la ciudad de la eterna cuarentena.

«Fue a fines de mayo cuando empezó la magia. Un grupo de argentinos, varados como yo, y uruguayos residentes de aquí, casi todos músicos, empezaron a armar encuentros clandestinos de música y jam. Encuentros de los que tengo fotos y videos pero que nunca los compartí. Encuentros que eran sagrados. En el primero de ellos conocí a una chica que dijo “somos los elegidos”…»

Mayo fue mi mes taurino: el de enraizar, el de apoyar tanto los pies en la tierra que sería imposible moverme de acá. Empecé a trabajar más y a descansar menos. Empecé a pasar más tiempo adentro que afuera, los días se acortaron, las noches se hicieron más largas.

Mayo fue también el mes de empezar a salir. De empezar a encontrarse con otres. De ir, por ejemplo, a buscar plantines para la huerta a la casa de un vecino, de caminar descalza por la playa, cualquier día de la semana, para cortar un poco con tantas horas-pantalla, de encontrarme con alguna amiga, desde lejos y al aire libre a intercambiar relatos de cuarentena. En Uruguay, vale aclarar, nunca hubo cuarentena obligatoria pero sí un fuerte mensaje desde el Estado de guardarse y quedarse en casa lo máximo que fuera posible, según la situación de cada uno.

Fue a fines de mayo cuando empezó la magia. Un grupo de argentinos, varados como yo, y uruguayos residentes de aquí, casi todos músicos, empezaron a armar encuentros clandestinos de música y jam. Encuentros de los que tengo fotos y videos pero que nunca los compartí. Encuentros que eran sagrados. En el primero de ellos conocí a una chica que dijo “somos los elegidos”. La sensación era un poco esa, que el lujo era habernos quedado varados en el paraíso. Reunidos alrededor de un fuego, bajo un cielo de estrellas, al fondo de un camino de tierra, algo más fuerte de lo que podíamos describir nos había juntado para conectar, intercambiar y sentir la magia del volver a encontrarse.

«En junio también perdimos el miedo: las salidas se hicieron cada vez más divertidas y menos riesgosas. Poco a poco nos animamos a abrazarnos, a saludarnos con beso, a compartir una copa de vino una noche helada, a pasarnos un cigarrillo. El grupo se fue ampliando, llegaban los nuevos y nos preguntaban “¿Hace cuánto que están así? No saben cómo está la cosa en Buenos Aires. Este es otro mundo…»

En Junio, con los permisos que se empezaron a otorgar para viajar, llegó mi hermano y su familia desde Buenos Aires. La casa se llenó de juguetes, hubo que guardar algunas cosas no aptas para bebés a punto de caminar y casi todas las mañanas me levantaba con un pequeño demonio que quería abrir la puerta de mi cuarto para ir a jugar. Jugar era: juntar mandarinas del árbol de la entrada de casa, contar cangrejos, pescar mojarritas, rodar por la barranca, andar en bote, en bici por el jardín, bañar a los perros y así.

En junio también perdimos el miedo: las salidas se hicieron cada vez más divertidas y menos riesgosas. Poco a poco nos animamos a abrazarnos, a saludarnos con beso, a compartir una copa de vino una noche helada, a pasarnos un cigarrillo. El grupo se fue ampliando, llegaban los nuevos y nos preguntaban “¿Hace cuánto que están así? No saben cómo está la cosa en Buenos Aires. Este es otro mundo.”

Julio me trajo lo menos pensado: hacia fin de mes, cuando todos jodían con los memes de Julio Iglesias, me cayó una ficha de realidad. Una pequeña molestia en la garganta, seguida de un poco de tos, mocos, un resfrío como los tantos que me pesco cada invierno, solo que en contexto pandémico este resfrío en particular era una amenaza del tamaño de un tiburón. Era obvio que tenía que hacerme el test. ¿Y si era positivo? A toda la gente que le tenía que avisar, a toda la gente que estuve viendo. Mi madre, más preocupada por sus nietos que por mí, me mandó a la guardia del sanatorio a ver qué decían los especialistas.

Sola, manejando un auto prestado (que luego tuve que desinfectar con alcohol), llegué a Maldonado, entré al sanatorio y me mandaron al fondo a la izquierda, al área especial para COVID. Un aire acondicionado al mango de calor, otro posible infectado silla de por medio y un bebé llorando en el más allá. Cada minuto que pasaba en la sala de espera sentía que me estaba agarrando al bicho. Siempre fui hipocondríaca pero esta situación estaba seguro en mi top 5 de enfermedades-que-creés-tener pero no tenés. “Victoria” llama el médico. Le explico todo, que mis sobrinos, que mi mamá, que para mi no lo tengo, que estoy cansada porque vengo saliendo mucho y durmiendo poco, que viste como son las cosas acá, que casi no hay casos, pero que si por favor me podés hacer el test así nos quedamos todos tranquilos. Me revisa, garganta, oídos, ganglios, respiración. El pobre tipo está haciendo su trabajo con doble máscara, antifaz, gorro, doble guantes, un delantal arriba de toda su ropa y un cobertor de zapatos también. Hace algunos llamados, me cuenta que están habiendo más consultas sí “se está testeando mucho más por el clima, lógico, y las gripes de todos los inviernos”. Me toma los datos y me dice que en 72 horas me van a dar el resultado. ¿72 horas? ¿3 días? ¿Y qué hago mientras espero? Y nada, lo mismo que estoy haciendo yo hace 120 días en Buenos Aires, me dice entre irónica y enojada mi hermana por teléfono desde su eterna cuarentena.

«Una pequeña molestia en la garganta, seguida de un poco de tos, mocos, un resfrío como los tantos que me pesco cada invierno, solo que en contexto pandémico este resfrío en particular era una amenaza del tamaño de un tiburón. Era obvio que tenía que hacerme el test. ¿Y si era positivo?…»

Vuelvo a mi cama, con mi calientacamas eléctrico prendido de ambos lados, prendo la tele y están dando Keeping Up With The Kardashians y ahí me quedo. Tres días, pasarán volando, pienso. Me tomo el último paracetamol antes de dormir, apago la luz, pongo la función de sleep en la televisión y me quedo dormida en menos de diez minutos. Los siguientes días hago todo desde la cama: trabajo, leo, duermo, hablo por teléfono, miro Instagram y duermo más. Me dejan la comida en la puerta del cuarto y el té de jengibre cuatro veces por día.

Trato de evitar contacto cercano con mis cohabitantes del fin de semana. A mis amigos de acá no les cuento nada lo del test para no alimentar miedos y también por un estigma que me amenaza desde el fondo de mi mente.  No quiero ser la Carmela Hontou (nota de MALEVA: la primera persona que, después de un viaje por Italia, llevó el virus a Uruguay) de Punta del Este. La boluda que comparte el mate, que se saluda con hasta los que no conoce, que comparte vasos de grapamiel en fiestas, que va a yoga, al taller de cerámica con las viejitas. En el fondo, se que no va a pasar nada, pero el miedo igual está. Porque no me importa tanto por mí sino por los demás, un poco como siempre, la historia de mi vida. Retomo la lectura, Joan Didion, y empiezo a escribir esta crónica. Al final, estaba bueno parar un poco y descansar.

A los dos días y sin noticias todavía del resultado, mi sobrina en brazos de mi hermano estira sus manos en señal de que quiere venir conmigo y le digo que no puedo y se pone a llorar, y yo también. El paraíso, la libertad, cuestionadas. Llamo al sanatorio y me dicen que todavía no está el resultado, que llame mañana a la mañana.

«Me siento adolescente, como en esas películas de universitarios norteamericanos… ¡A coger que se acaba el mundo! Porque todo proceso tiene un ying y un yang, un extremo y el otro, lo lindo es encontrarse en el medio, en el punto de equilibrio…»

De un llamado telefónico dependía un poco la continuidad de este libertinaje en medio de un mundo pandémico. De un llamado o de otras cosas, tal vez. De cuidarme un poco más, de tomarme con calma tanta libertad, de bajar algunos cambios, de dejar de pensar en la idea de que acá no hay casos, entonces vivamos exageradamente todo. Me siento adolescente, como en esas películas de universitarios norteamericanos… ¡A coger que se acaba el mundo! Porque todo proceso tiene un ying y un yang, un extremo y el otro, lo lindo es encontrarse en el medio, en el punto de equilibrio.

Obviamente el resultado dio negativo y acá sigo, explorando este año tan particular, en el que me quedé a vivir en Uruguay.