«¿Quién nos vendió que crecer y jugar no van de la mano? / Todo lo que sentí en la experiencia creativa de SNVLV, la tarde que conecté con el arte como una niña»

Una crónica a corazón abierto de lo que le sucedió a la cronista de MALEVA durante el evento de creatividad que organizaron Clarita Cao y Tomi Allende en el Campo Argentino de Polo/ «Lo lindo (y necesario) que es encontrar espacios que te hagan conectar con tu cuerpo, jugar como hacíamos antes y viajar un poquito hacia adentro».

«¿Quién nos vendió que crecer y jugar no van de la mano? / Todo lo que sentí en la experiencia creativa de SNVLV, la tarde que conecté con el arte como una niña». Por: Lenchu Rodríguez Traverso.

Hace mucho tiempo que sigo a Clarita Cao y siempre me fascinó su forma de ver y compartir el mundo a través de su lente, con tanto color y este tinte aspiracional. Desde que lanzó su primera experiencia artística de SNVLV – siglas de: “Se nos va la vida”, su marca personal de arte – a fines del 2021, que la tengo anotada en mi wish list. Y, como la vida sabe traerte las cosas en el momento justo, hace unas semanas se me dio la oportunidad de formar parte de una de las jornadas de su último gran evento en Buenos Aires.

En este texto voy a intentar compartir un poquito ese camino de sensaciones que fui viviendo desde que entré hasta que volví a casa, y cómo re-confirmé que hacer arte con las manos, y compartiendo con otras personas que vibran en la misma sintonía, puede ser un proceso intenso, introspectivo y sanador.

Entrando al edificio en el Campo Argentino de Polo me dieron un Boarding Pass que decía: “de: tu mente – a: tu corazón”. Ahí entendí que esto iba a ser profundo y que este tipo de experiencias tienen sentido si vas abierto a entrar en ese mambo. Nos encontramos en la “sala de embarque” un grupo grande de mujeres de distintas edades y subimos todas juntas para “abordar el avión de la creatividad». Ahí nos esperaba un arcoíris visual: un popurrí de materiales de todos los colores – mostacillas, marcadores, acrílicos, pinceles, hilos, parches, tijeras – y frente a cada silla, un jean de Sofi Sarkany

Si bien tengo una linda relación con la creatividad por mi emprendimiento de ilustración digital, sigue siendo un espacio donde me someto a incomodidades constantemente. Tiene sentido cuando entendés que entregarte al arte te mete para adentro y te conecta con esos miedos e inseguridades que normalmente te sirve evadir

Durante el evento pasé por muchos momentos incómodos, lo sentía porque mi cuerpo se tensaba, pero fui determinada a atravesarlos. Y las palabras de Tomi Allende, el co-creador de la experiencia, me ayudaron mucho a soltar. La mayoría de estos miedos tienen que ver con el “qué dirán” o “cómo me verán”, a mí lamentablemente me pesa mucho la mirada del otro. Aunque sé que no soy la única. “A todos nos importa tanto cómo nos ven los demás, que en realidad nadie mira a nadie, todos se preocupan por ellos mismos”. Sabias palabras que me ayudaron a destrabar un poco y me siguen resonando todos los días. 

Me incomodó que trabajemos en parejas (siempre preferí hacerlo sola) pero solté y así conocí a Tefi, con quién me sentí cómoda rápido sin la necesidad de hablar mucho. Me incomodó la idea de destruir un jean de marca, hasta que me di cuenta que el talle 23 me entraba con suerte en una pierna. Me incomodó que las dos tengamos que crear algo en conjunto, hasta que descubrimos que tenemos en común el amor por los arcoíris. Me incomodó (y mucho) mirar a los costados y ver que todas ya habían arrancado, mientras yo no largaba ni una pincelada por querer hacer algo “que guste” pero que también me represente. Error: ya estaba pensando en hacer para el otro.

Los primeros pasos fueron tímidos. Al lado mío había mucha estética, mucho negro y plateado y yo sabía que si seguía mi instinto iba a salir la Floricienta cachivache que llevo adentro y lo sentía cómo un papelón. ¿Para qué fui entonces? ¿Para llevarme un jean lindo y una sensación amarga de arrepentimiento y frustración? Soy fuerte, ya pasé por peores y justamente fue el arte el que me vino a salvar en su momento. Así que me tiré de cabeza a la experiencia, me puse las anteojeras, esas que les ponen a los caballos para que miren solo al frente, y arranqué sin pensar.

Uff… no tengo muchas palabras para lo que sentí esos minutos – tampoco sé cuánto tiempo pasó – pero entré en un trance. Hilos, mostacillas, pegamento, tijeretazos, costuras, pinceladas de todos los colores, brillitos, palabras, más pinceladas, ¡de golpe no podía ver un milímetro del pantalón vacío! “Ella se queda hasta que apaguen las luces”, escuché a lo lejos. Frené solamente porque lo pidieron, y con un poco de tristeza de volver a la realidad. Medio boleada también. Lamentablemente no estamos tan acostumbrados a entregarnos con tanta conciencia plena a una actividad.

¿Por qué nos cuesta tanto jugar? Es muy loco como, a medida que pasan los años, “tenemos menos tiempo” para hacer las cosas más lindas, las que nos hacen realmente bien. Qué esencial que es conectar con las manos, con el crear sin objetivos, con la exploración, con equivocarse, con hacer y disfrutar de ese hacer mismo. El jean en sí fue lo de menos. No lo usaría, quedó un menjunje de colores y texturas que hay que tener mucha personalidad para llevar. ¡Pero lo amé! Y lo volvería a hacer así, atravesando ese proceso de conexión total conmigo misma y con la actividad, liberada de la mirada del otro, liberada de mis propias limitaciones y prejuicios, sonriendo y dejando que mis manos hagan solas.

¿Valió la pena tanta incomodidad por unos minutos de trance? Yo creo que sí. Porque son contados con los dedos los momentos donde me permito entregarme de esta manera. Y porque entendí que lo que yo hago tiene valor, por venir de mi, porque tiene un por qué. Fue lindísimo escuchar ese “por qué” detrás de la obra de cada una, las revaloricé mucho más, y confirmé que la mayoría de las personas comparten los mismos miedos e inseguridades. Sentirse acompañado calma.

Celebro que se habiliten este tipo de espacios. No es fácil reglarse el momento, siempre tenemos “algo más importante para hacer” (o eso creemos), pero una vez que atravesás esa barrera, lo encarás comprometida y te entregás al disfrute, lo que llegan son solo cosas lindas. ¡Los adultos también podemos jugar! Mentira, lo retruco: los adultos NECESITAMOS jugar.

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Fotos: son todas gentileza de SNVLV.