Ya van ochenta días de vida en el mar: ¿Cómo es dejar todo y zarpar con tu familia?

Un matrimonio joven con su hijo (¡Ulises!) dejaron todo en Buenos Aires y se animaron a zarpar rumbo al norte/Desde Brasil (hace tres meses que están navegando) cuentan cómo viene la experiencia/el viento es gratis, playas vírgenes, menú de cangrejos, esfuerzo y diversión

 

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A Ulises ya no le importa la tablet

Ya van ochenta días de vida en el mar: ¿Cómo es dejar todo y zarpar con tu familia?

Llevamos ochenta días de vida en el mar. Juan había llevado nuestro barco de Buenos Aires a Florianópolis en julio del año pasado, por deporte, por ir cada vez más lejos, como los alpinistas que trepan cimas más y más altas. Entonces Ulises tenía sólo un año y tuve que quedarme en tierra con él, se trataba de un viaje largo, difícil y en pleno invierno. Pero cuando Juan llegó a la isla de su infancia, en Brasil, ya no quiso volver, y yo coincidí en que era el momento que estábamos esperando para hacer ese viaje tantas veces postergado.
Ahí empezó la corrida: poner el departamento en alquiler, renunciar a nuestros trabajos, ubicar todo lo que coleccionamos en los años que llevamos juntos (¡15!), sacar pasajes, armar una mochila por tripulante y soltar: soltar Buenos Aires, los domingos en familia, nuestra cama, las salidas con amigos, los sueldos, las rutinas de la ciudad, en fin, nuestra vida como lo conocíamos hasta ese momento. Pero el sueño del viaje largo de repente era factible, y había que aprovechar la ventana: Ulises acababa de cumplir dos años cuando aterrizamos en Floripa. Desde ese día para acá, les compartimos en MALEVA algunas cosas que aprendimos sobre cómo es vivir y viajar en velero.
“Ahí empezó la corrida: poner el departamento en alquiler, renunciar a nuestros trabajos, ubicar todo lo que coleccionamos en los años que llevamos juntos (¡15!), sacar pasajes, armar una mochila por tripulante y soltar: soltar Buenos Aires, los domingos en familia, nuestra cama, las salidas con amigos, los sueldos, las rutinas de la ciudad, en fin, nuestra vida como lo conocíamos hasta ese momento.”
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1) NUESTRA CASA (RODEADA DE MAR Y CON UNA VISTA INFINITA 360)

 

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Hoy vivimos en un velero de acero, de 9 metros de eslora (largo), que tiene un espacio similar al de un motorhome: un camarote para nosotros dos en la popa, otro en la proa bien chiquito para Ulises, un baño sin ducha, una cocina con una sola ornalla, sin heladera, y dos sillones en las bandas que se transforman en cuchetas cuando las visitas se quedan a dormir. El cockpit es nuestro patio, y ahí radica el encanto de esta nueva casa nuestra: está rodeado de mar y tiene una vista infinita, de 360º, que cambiamos a gusto y piacere cada vez que nos movemos.

2) LA DINÁMICA DE LA VELA (VAMOS LENTO, PERO LLEGAMOS LEJOS)

 

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El Tangaroa2 navega a un promedio de 5 nudos, esto es, 10 kilómetros por hora. Con buen viento alcanza los 8.5 ¡y esto es mucha adrenalina! Viajar a vela es viajar lento, pero lejos. En este sentido, nuestro objetivo no es correr ninguna carrera, más bien todo lo contrario, cuánto más dure, mejor. En cada recalada (escala del viaje) podemos: fondear, que es tirar el ancla en una bahía libre de costos; conseguir cortesías o pagar (muy rara vez) una boya o una amarra de un yacht club. El tiempo entre pierna y pierna de navegación es muy variable.

3) NATURALEZA RULES (UN OJO EN LA ALTURA DE LAS OLAS Y LA INTENSIDAD DEL VIENTO)

 

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Es imposible hacer cálculos exactos de puertos y fechas. Navegando con el viento, dependemos de los pronósticos para decidir cuándo zarpamos, a dónde podemos entrar y a dónde no. Ahora por ejemplo, estamos hace diez días en Sao Francisco do Sul esperando un frente de viento sur lo suficientemente largo (48 horas) que nos empuje hasta Ilhabela. Y si acaso no diera, y el sur se acabara, y empezara a soplar viento de proa, o del Atlántico que nos empuje demasiado fuerte hacia la tierra, entonces tendríamos que hacer una escala no programada en Santos. Algunos aspectos que consideramos al navegar son la altura de las olas, la dirección e intensidad del viento y las rachas, la niebla y las dificultades propias del derrotero como ser piedras, peligros aislados, canales, corrientes, bajofondos.

4) LAS RUTINAS DE A BORDO (¡ULISES JUEGA MÁS QUE NUNCA Y NO LE INTERESA LA TABLET!)

 

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Pasamos juntos las 24 horas del día, los siete días de la semana, salvo contadas excepciones.
Y contra el pronóstico de muchos, a pesar del poco espacio, hasta ahora no hubo roces. Cada uno se ocupa de lo suyo: Juan trabaja mucho en el mantenimiento del barco y se da bien con la cocina; yo escribo, mantengo el orden del hogar y siempre tengo un ojo puesto en Ulises. El más pequeño juega más que nunca, a veces es difícil convencerlo de mirar dibujitos en la tablet. Siempre hay algo mejor que hacer: caminar por la playa y entrar al mar, pescar, dibujar, ayudar al papá con las herramientas.

5) LA COMIDA (PESCAMOS CANGREJOS, BUSCAMOS COCOS, Y COMPRAMOS COSAS RICAS)

 

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Sin heladera, siempre estamos a la caza de productos frescos para cocinar en el día: vamos al mercado, pescamos cangrejos, compramos camarones a los pesqueros que tenemos por vecinos, y miramos mucho las copas de los árboles y las palmeras, donde ya encontramos cocos, cachos de bananas, pitangas, paltas, goiabas, nísperos. También aprovechamos los productos locales, cosas que acá son más ricas y baratas que en Buenos Aires, como la carne de cerdo, la leche condensada y la leche de coco, los mangos y papayas, los frutos de mar.

6) EL CUERPO Y EL MAR (EJERCICIO GARANTIZADO)

 

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Todo lo que uno hace a bordo merece un esfuerzo extra. Embarcar, entrar y salir del barco, cargar bidones de agua o gasoil, izar o arriar, cazar escotas, levar el ancla, inflar el bote, y hasta hacer el equilibrio necesario para compensar la escora del barco cuando se apoya en las velas. Y esto descontando las veces que nadamos, caminamos hasta donde venden eso que necesitamos (repuestos del motor, comida, tela de mosquitero, en fin). De a poco, y con mucho gusto, el mar y el barco nos hacen más fuertes.

7) EL NO TRABAJO (OK, NO TENEMOS HORARIOS NI JEFES, PERO EL ESFUERZO ES ENORME)

 

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Para hacer este viaje renunciamos a nuestros trabajos, pero eso no significa que no trabajemos. No tenemos un horario fijo, un lugar al que vamos de lunes a viernes, y tampoco recibimos un sueldo a fin de mes, pero estas no son para nada unas vacaciones largas. Sí estamos de viaje y conociendo lugares nuevos todo el tiempo, pero el esfuerzo es enorme, siempre hay cosas que hacer en el barco, planes para próximas navegaciones y la pregunta permanente, que está buena pero que genera ansiedad, sobre hasta dónde llegaremos y cómo.

8) LAS INCREÍBLES BAHÍAS SIN GENTE Y PLAYAS VÍRGENES

 

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Una de las mejores cosas de viajar a vela es que el agua conecta los mejores lugares, las ciudades más lindas (ahora tenemos en la proa Paraty, Angra dos Reis y Río de Janeiro por ejemplo), pueblos de pescadores y las islas maravillosas. Con el Tangaroa2 ya hemos fondeado y pasado varias noches en bahías completamente sólos, frente a playas vŕgenes. Sí, todavía existen, pero se llega sólo desde el mar; esperamos encontrar muchas en los próximos meses.

9) LA VIDA “SIMPLE”: ¿SE ANIMAN A UNA VIDA “MINIMALISTA”?

 

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En el barco llevamos dos tanques con 200 litros de agua dulce; paneles solares para abastecer la electricidad que consumimos; la ropa justa y necesaria; una guitarra; un mat de yoga; instrumental náutico y elementos de cocina inteligentes, como ser una olla a presión o una Essen, para cocinar con la única hornalla que tenemos. Y es suficiente. En este tiempo de vivir en el mar nos desprendimos de muchas cosas y aprendimos a cuidar lo que sí tenemos, lo que sí necesitamos. Es un estilo de vida poco consumista, minimalista.

10) EL PRESUPUESTO: EL VIENTO ES GRATIS Y VIAJAR EN VELERO ES MUCHO MÁS BARATO QUE LO QUE SE IMAGINAN

 

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Vivir y viajar en un barco es muy barato: el viento es el que empuja (tenemos motor pero sólo lo usamos para maniobras en puertos o cuando es imposible navegar con las velas) y el velero no paga luz ni agua ni gas. Tenemos roaming, para estar conectados siempre y desde cualquier lugar con la familia y los pronósticos, y asistencia al viajero, por cualquier emergencia que no va a acontencer. El resto de los gastos es, básicamente, la comida y paseos que podamos hacer. Por ejemplo, hace unos días llevamos a Ulises a Beto Carrero World, que es el Disneylandia de Brasil.
¡No dejen de seguir las aventuras de esta familia navegante en Instagram: @el_barco_amarillo !
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