Lo que me gustaba de Reliquia, sigue allí. Un restaurante independiente, modesto en su nacimiento, manejado con capricho e inteligencia por sus dueños, dos cocineros treintañeros que pusieron ahorros y riesgos para defender una cocina estacional con técnica y creatividad. Muchos detalles cuidados, sin ceder a tendencias trash. Un lugar íntimo, romántico sin caricatura.
Son pocos los restaurantes que me fascinan, y Reliquia, en Palermo, es uno de ellos: un lugar del que (y donde) es demasiado fácil enamorarse Por Rodo Reich para MALEVA.
Me hace feliz sentarme a comer en Reliquia. Pispear el salón desde la calle a través de la clásica ventana de casa porteña, cruzar la vieja puerta de madera, ubicarme en una mesa pequeña, recorrer las fotos que cuelgan de las paredes, envidiar el antiguo mueble donde guardan las ingrávidas copas de cristal, desplegar la servilleta de tela sobre mis piernas, probar el vino, saborear los platos que salen de la minúscula cocina a la vista.
Reliquia logra lo que parece simple: coherencia. Un adjetivo que suena poca cosa, pero que implica un pensamiento profundo sobre lo que puede y debe codiciar la gastronomía. No se trata -solo- de que la comida sea rica y creativa, no se trata -solo- de que el espacio sea precioso y cálido, tampoco -solo- de que el servicio sea amigable, profesional. Un gran lugar -de los que quieren sobresalir en el saturado paisaje gastronómico porteño- debe prestar atención a esto, debe cuidar los detalles, aquello que convierte lo cotidiano en extraordinario. Eso hace Reliquia.

Escribí sobre este restaurante en 2023, a un año de su apertura. Esa vez, dije: “Reliquia es hoy uno de los mejores restaurantes donde comer en Buenos Aires”. Desde entonces, pasaron cosas. De los cuatro socios que eran, quedaron dos: Branko Vaccaro en los fuegos, Julia Bottaro en la sala. En 2024 (de vuelta, en 2025), la Guía Michelín distinguió a este lugar con el sello BIB Gourmand, eligiéndolo por su relación precio calidad. Este reconocimiento significó un empujón comercial, que -por suerte – no modificó el espíritu del lugar. Lo que me gustaba de Reliquia, sigue allí. Un restaurante independiente, modesto en su nacimiento, manejado con capricho e inteligencia por sus dueños, dos cocineros treintañeros -Branko y Julia- que pusieron ahorros y riesgos para defender una cocina estacional con técnica, tradición y modernidad. Branko es sensible: hace platos sabrosos, de esos que gustan sin incomodar, pero que tampoco se rinden a la pereza: toma algunos riesgos, los necesarios, y esquiva los lugares más comunes. Siendo joven, ubica su carta en una genealogía tradicional, con la experiencia que acarrea de cocinas creativas. Es deliciosa la espuma de choclo con miga de pan frita, yema curada y choclo quemado, a modo de humita posmoderna: dan ganas de comerla todos los días. Es fresquísima y directa la ostra con sorbet de limón y espumante.

Branko es sensible: hace platos sabrosos, de esos que gustan sin incomodar, pero que tampoco se rinden a la pereza: toma algunos riesgos, los necesarios, y esquiva los lugares más comunes.
Es una carta corta y cambiante, con ocho platos más pequeños (que podrían funcionar de entradas), cinco más grandes (a modo de principales), tres postres y un plato de quesos y dulces. De un calamar a la parrilla con pak choi y salsa de anchoas se pasa a unos cavatelli con setas de cardo, duxelle, berro y avellanas. Siempre ofrecen al menos una pasta casera y suele haber pato: en el menú de otoño, llega en el risotto con demi-glace y pata muslo a la parrilla.
En cambio, aparece un centro de ojo de bife con puré de pimientos, tal vez con injusto prejuicio, imagino diseñado más para turistas ávidos de carne vacuna que para comensales locales. De postre, un clásico de la casa es el goloso alfajor helado de café y cacao, nueces caramelizadas y toffee; y son excelentes la selección y la madurez de los quesos que sirven con conservas en almíbar y nueces pecán fritas.
Es una carta corta y cambiante, con ocho platos más pequeños (que podrían funcionar de entradas), cinco más grandes (a modo de principales), tres postres y un plato de quesos y dulces.
Pero lo mejor de Reliquia, lo dije, no es solo su cocina, sino cómo esa cocina funciona dentro de un lugar donde todo funciona, algo que en tantos casos falla. Una carta de vinos de 80 etiquetas que contiene esa fauna modernita que está de moda, y que suma vinos clásicos que no lo están. Cristalería, vajilla, ambiente, muchos detalles cuidados, sin ceder a tendencias trash o, peor aún, a las frías ampulosidades en las que caen muchos de los estudios de arquitectura. Es un lugar íntimo, romántico sin caricatura, con mesas para dos personas, alguna para cuatro. Supo ser ruidoso, pero tomaron recaudos y está mejor. Era usual que algún aroma de la cocina pasara al salón, ya rara vez sucede. Y cada decisión que toman, desde la inversión en mobiliario hasta los ingredientes elegidos, cuida el valor de la cuenta final: en Reliquia, una comida promedio costará unos $60.000 por persona, cifra ajustada para la felicidad que ofrecen.

Pero lo mejor de Reliquia, lo dije, no es solo su cocina, sino cómo esa cocina funciona dentro de un lugar donde todo funciona, algo que en tantos casos falla. Una carta de vinos de 80 etiquetas que contiene esa fauna modernita que está de moda, y que suma vinos clásicos que no lo están.
El juego de palabras está regalado: Reliquia es una reliquia. Algo valioso, difícil de encontrar, que merece perdurar en el tiempo.
