«Revalorizar la inteligencia artesanal»: Magu Villar, la creativa (freelance) que hizo del trazo de su acuarela su diferencial emprendedor

¿El tiempo de pantalla me está robando el tiempo de proceso creativo? Se pregunta y nos pregunta esta ilustradora que también produjo podcasts, tiene su propia revista y diseñó cápsulas de bolsos textiles estampados. Se declara una «latina demais», maximalista, fan de los diarios de artista y de volver a lo manual, a lo que tiene huella. Una equilibrista que se animó a emprender como creativa. 

«Revalorizar la inteligencia artesanal»: Magu Villar, la creativa (freelance) que hizo del trazo de su acuarela su diferencial emprendedor. Por Sol Leguizamón para MALEVA.

Magu Villar creció en un pueblo de Gobernador Virasoro, en Corrientes, en un mundo lejos de las redes sociales (donde ahora la sigue una comunidad de más de 52.000 seguidores) y más lejos aún de la posibilidad de dedicarse a una profesión artística. “Me acuerdo de estar mirando el Libro de las carreras donde sólo figuraban Medicina, Abogacía y Derecho; de pasar las hojas y cerrar el libro sin que ninguna me despertara absolutamente nada”, dice Magu. 

Recién cuando se mudó a Buenos Aires y empezó a ver en redes el trabajo de artistas e ilustradores de distintas partes del mundo, se le abrió una posibilidad nueva. “Nunca me había puesto a pensar que la ropa que me ponía, los libros que leía o las cosas que veía por la calle eran el trabajo de alguien”, dice. Desde ese momento identificó que su fascinación por la ilustración tenía que ver con que ubicaba al arte al servicio de la experiencia cotidiana de todas las personas, a través de los objetos que nos rodean diariamente. 

Magu estudió Comunicación Social y durante mucho tiempo creyó que iba a tener que elegir entre la palabra y la imagen. Entre escribir o dibujar. Entre redacción o artes visuales. Durante años pensó la creatividad bajo esa lógica de la especialización, hasta que escuchando una charla TED de Emilie Wapnick  encontró el concepto de “multipotencialidad” y algo se ordenó. “Ahí entendí que mi diferencial estaba justamente en combinar habilidades y pasiones distintas”. 

Hoy Magu tiene 29 años, participa en ferias como Tinta, vende a través de su tienda online y sigue desarrollando un lenguaje donde su dibujo se expande hacia el textil, la edición y el objeto. “Más es más en el arte, pero menos es más en los proyectos”, dice ahora, entre risas, como quien intenta domesticar un poco su propia vorágine. Aun así, todo en su trabajo parece responder a la misma convicción: hacer, probar, mezclar, seguir el entusiasmo, hacer un bollo de papel, tirarlo al tacho, volver a inspirarse y crear más arte. En ese cruce entre ilustración, escritura, emprendedurismo y creatividad dio finalmente con su voz. En MALEVA charlamos con ella para escucharla. 

¿Cómo fue tu recorrido hasta llegar a la ilustración como trabajo?

Fue bastante caótico en el buen sentido. Yo viví toda mi infancia en un pueblo de Corrientes donde no había redes sociales ni referencias de este tipo de trabajos. Tenía el famoso “Libro de las carreras” con las cinco opciones de siempre y ninguna me despertaba nada. Entonces cuando me mudé a Buenos Aires y empecé a ver lo que hacía otra gente, me explotó la cabeza. Nunca me había puesto a pensar que la ropa que me ponía, los libros que leía o las cosas que veía por la calle eran el trabajo de alguien. Lo que me encanta de la ilustración tiene que ver con eso, con buscar una solución desde lo creativo, que una prenda que te va a acompañar todos los días tenga cierta energía. Las ilustraciones o estampas de los objetos que nos rodean cambian completamente la experiencia de usarlos todos los días. Para mí eso fue como romper la matrix. 

Como siempre me gustaron muchas cosas, elegí estudiar Comunicación Social porque sentía que era una carrera que me daba herramientas variadas. Pero durante mucho tiempo viví con la sensación de que tenía que elegir: o escribir o dibujar.

¿Y en qué momento dejaste de pensar en esa lógica de elegir una sola cosa?

Creo que fue cuando conocí el concepto de multipotencialidad. Me acuerdo de una charla TED de Emilie Wapnick que hablaba de esto, de que hay personas que no tienen una sola especialización sino que combinan intereses. Y ahí entendí que lo que yo veía como un problema —esto de que me gustaban muchas cosas— en realidad podía ser mi diferencial.

En paralelo, empecé a compartir en redes lo que hacía, tanto lo que escribía como lo que dibujaba. Y ahí apareció algo que no había visto antes: una voz propia que estaba justamente en ese cruce. En esa fusión apareció la magia y esa chispa que me incentivaba a decir acá hay algo por explorar.

El primer trabajo llegó en 2015 antes de que pudiera nombrarse a sí misma como ilustradora. Una clienta la contactó por Instagram para encargarle una ilustración y su reacción inmediata fue negarse. Decir que no era artista, que se había equivocado. La insistencia de esa clienta, más interesada en su mirada que en su formación, funcionó como una validación externa en un momento en el que todavía no había validación interna.

Aceptó. Cobró 300 pesos. Y resolvió todo como pudo: acuarelas, tutoriales de YouTube y un escáner en la casa de sus padres. Ese gesto improvisado fue, sin saberlo, el comienzo de un recorrido profesional. “Yo trabajaba mucho con acuarelas en papel, entonces el desafío era cómo llevar eso a un formato digital. Aprendí viendo tutoriales, escaneando en la impresora de mi casa… fue muy casero todo, pero también muy formativo”. 

Una clienta la contactó por Instagram para encargarle una ilustración y su reacción inmediata fue negarse. Decir que no era artista, que se había equivocado. La insistencia de esa clienta, más interesada en su mirada que en su formación, funcionó como una validación externa en un momento en el que todavía no había validación interna.

En ese proceso también apareció otra dificultad menos visible: la falta de herramientas para sostener una práctica independiente. Como muchos ilustradores de su generación, Magu tuvo que aprender sobre la marcha cómo presupuestar, cómo negociar condiciones de trabajo o incluso cómo organizar su economía. “Estamos muy poco preparados para tener carreras independientes”, dice. Sin referentes claros ni estructuras formales, el aprendizaje fue a base de prueba y error.

¿En qué momento empezaste a pensar tu trabajo también desde lo emprendedor?

Fue bastante temprano, medio a la fuerza. El primer año que empecé estaba súper entusiasmada y de repente llegó el verano y no entraba nada. Ni un mail, ni un mensaje. Yo decía “listo, se terminó esto, a nadie le interesa lo que hago”. Después entendí que era algo del mercado, que en esos meses todo se frena, pero en ese momento lo viví como algo personal.

Ahí fue cuando dije: no puedo depender 100% de que lleguen proyectos. Yo soy bastante estructurada, capricorniana además, y necesitaba sentir que esto podía sostenerse en el tiempo. Entonces empecé a armar mis propios productos, primero cuadernos pintados a mano, después colecciones. Y eso también fue una forma de mostrar qué tipo de trabajo quería hacer.

Tu obra tiene una identidad muy marcada. ¿Cómo la pensás?

Siempre digo que soy maximalista. Mi frase es “más es más”. Me gustan las composiciones cargadas, los colores saturados, que haya mucha información en la imagen. Pero más allá de eso, hay algo que tiene que ver con lo artesanal, con lo hecho a mano, con lo que lleva tiempo.

Siento que hoy hay una tendencia a lo más limpio, más minimalista, más digital, y a mí me interesa un poco lo contrario. Mi “pelea” con la inteligencia artificial, si se quiere, es revalorizar la inteligencia artesanal. Volver a lo manual, a lo que tiene huella. Toda nueva invención tecnológica trae consigo una contracultura, en este caso, la de volver a valorar lo analógico.

También me inspira mucho lo latino en ese sentido. Hace poco viajé a México y Oaxaca y me traje muchos textiles artesanales. Los textiles hindúes también me fascinan. Después intento traducir esas texturas a mis ilustraciones. Me interesa que haya algo cargado, que se sienta esa riqueza visual. A partir de ese estilo es que nombré a mi técnica de pintura “acuarela bohemia”, y así empezaron a aparecer marcas de ropa y de decoración que me encargan estampas.

«Siento que hoy hay una tendencia a lo más limpio, más minimalista, más digital, y a mí me interesa un poco lo contrario. Mi “pelea” con la inteligencia artificial, si se quiere, es revalorizar la inteligencia artesanal. Volver a lo manual, a lo que tiene huella»

¿Tenés referentes?

Hay algo en la intersección entre la palabra y la pincelada que me inspira mucho. Muchos de mis referentes tienen que ver con eso. Por ejemplo, Austin Kleon, el autor de Robá como un artista. Me encanta que él se autodefine como un escritor que dibuja, o a veces dice un dibujante que escribe. Después María Luque que hace un par de años empezó a publicar novelas y se sienten como estar viendo una novela gráfica en mi cabeza, o sea se nota que es ilustradora.

También hago muchos cursos con Mili Pochat, que se especializa en artistas que escribieron o escritoras que pintaron (hace apenas una semana salió la preventa de su libro Club de mujeres artistas sobre la obra de 28 mujeres artistas, publicado por Futurock Libros).

Además disfruto mucho de leer diarios de artistas, ahora estoy releyendo Tres inviernos en París de Marta Minujín, Gwen John también me encanta.

¿Cómo es tu proceso creativo?

Siempre parto de lo analógico. Tengo el iPad y trabajo en digital, pero para mí la parte más importante es la acuarela en papel. Esa pincelada no la puedo reemplazar. A veces boceto en digital porque es más rápido, pero el corazón del trabajo está en lo manual.

Trabajo mucho con cuadernos, lleno cuadernos todo el tiempo. Y también intento no quedarme solo con referencias visuales, y salir de lo que veo en Pinterest o Instagram. Me inspira mucho lo multidisciplinario: la literatura, la música, la cerámica, la danza, y todo lo que craft, lo hecho a mano. Yo soy una persona muy entusiasta de la vida y me gusta cuando veo un proyecto analógico, no sé un tejido por ejemplo, que se nota el entusiasmo detrás, que la persona que lo hizo se enamoró del proceso. Eso me contagia.

Por eso también me encanta armar “picnics creativos”: juntarnos con gente a hacer cosas con las manos, sin tanta estructura. Eso para mí es súper inspirador.

«Siempre parto de lo analógico. Tengo el iPad y trabajo en digital, pero para mí la parte más importante es la acuarela en papel. Esa pincelada no la puedo reemplazar. A veces boceto en digital porque es más rápido, pero el corazón del trabajo está en lo manual»

Contanos sobre tu revista, Crearte.

Siempre fui muy fan de las revistas. De chica coleccionaba un montón, pero mis favoritas eran las que tenían cosas para hacer, manualidades, proyectos. Con el tiempo ese tipo de revista de papel empezó a desaparecer y me quedó como ese deseo de hacer algo ligado a un universo más gráfico.

En 2023 lancé Crearte, primero como revista digital. Después hicimos una edición en papel que fue muy especial. Es un proyecto súper colaborativo, hecho con artistas, escritoras, músicas, poetas, personas apasionadas de la investigación creativa… es una red. La revista tiene mucho de eso que a mí me interesa: los cruces entre disciplinas, la multipotencialidad, esa sinergia. 

Para mí era importante que también fuera una plataforma para otras creativas, porque yo al principio me sentí bastante sola hasta que empecé a encontrar otras creativas, mujeres artistas latinas que me inspiraban. Eso me permitió imaginar otras posibilidades. Esa dimensión colectiva también aparece en otros espacios, ferias como Tinta —organizadas por compañeras y colegas ilustradoras— que funcionan como puntos de encuentro. En un campo todavía en construcción, esas redes informales cumplen muchas veces el rol de sostén, circulación y aprendizaje.

Si tuvieras que definir el hilo conductor de tu obra, ¿cuál sería?

Diría que el entusiasmo. Me gusta pensar que todo lo que hago está guiado por eso. No tanto desde lo visual, sino desde una energía.

Me pasa que puedo estar leyendo un poema, escuchando música, hablando con una amiga, y de repente hay algo que se enciende. Ese momento me interesa mucho. Después eso se traduce en una imagen, en una serie, en lo que sea. Pero el motor es ese.

El año pasado hice una serie sobre momentos del proceso creativo donde detecté mayor inspiración, como cuando leía un poema de Mary Oliver o escuchaba Vienna de Billy Joel, o una conversación con una amiga; esos pequeños “ajá moments”. 

«Me pasa que puedo estar leyendo un poema, escuchando música, hablando con una amiga, y de repente hay algo que se enciende. Ese momento me interesa mucho. Después eso se traduce en una imagen, en una serie, en lo que sea. Pero el motor es ese»

Va más allá de lo visual. Creo que las palabras que me surgen cuando pienso en mi obra es “entusiasmo, saturación, mundo, mapa”.

Tenés un mantra muy claro: “creá más arte”. ¿Qué significa para vos?

Tiene que ver con correrse del perfeccionismo. Priorizar la cantidad sobre la calidad. Muchas veces nos quedamos trabados pensando si algo está bien o mal, si está lindo, si tiene sentido. Y a mí me sirve mucho pensar en hacer más, en producir sin tanto filtro.

Tengo un libro que se llama Atelier de arte que escribimos con Vicky Benaim que nació a partir de un podcast que tuvimos muchos años donde hablábamos acerca de cómo traer el arte a algo más cercano y terrenal. Íbamos a museos y pensábamos cómo conversar con las obras y esa idea de tener “una primera cita” con una obra, cómo sacarlo de ese lugar de erudición y elitismo donde a veces se ubica a las Bellas Artes. Nosotras vivimos el arte como un espacio posible y seguro, como un refugio, y queríamos compartir eso.

¿En qué estás trabajando ahora?

Estoy con la nueva edición de la revista, tuvimos una convocatoria hace poco y hay mucho contenido increíble, así curando un poco eso. También tengo ganas de avanzar con un libro nuevo y seguramente haya nuevas colecciones de estampas, que es algo que me encanta.

 

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