Además de confirmar que la nueva escena de nuestro rock atraviesa su mejor momento, el festi tuvo una dinámica que hizo viajar a épocas donde el teléfono no era el protagonista absoluto. Un evento para disfrutar con amigos en mood vieja escuela, dejando un poco de lado las selfies y el scroll infinito.
Para guardar en la retina y no en el teléfono: así viví el Festival Buena Vibra desde el mirador. Por Benjamín García para MALEVA.
Muchas veces hablamos de «consagración», pero creo que este sábado, junto a las 20 mil personas que copamos el predio de Ciudad Universitaria, confirmamos algo innegable: la nueva escena de nuestro rock (que algunos llaman indie) atraviesa su mejor momento. Lo que pasó el último fin de semana en el Festival Buena Vibra quedará guardado en la memoria (y no hablo solo de la del teléfono) de quienes venimos siguiendo a estas bandas desde sus inicios. Como desde hace años nos tiene bien acostumbrados, el evento le hizo honor a su nombre, con esa buena onda y energía contagiosa que ya es marca registrada del festival que volvió a demostrar que no necesita de grandes headliners internacionales para convocar multitudes. Con un line up que incluyó a Wos, Marilina Bertoldi, Usted Señálemelo, El Kuelgue, Conociendo Rusia, Silvestre y La Naranja, Camionero, La Valenti y Evlay, coronados por el largo recorrido de un referente como Emmanuel Horvilleur, el festival logró un equilibrio perfecto entre el mainstream y la música independiente.
Más disfrute, menos pantalla
Además de ofrecer un patio gastronómico súper variado, el festi tuvo una dinámica que por momentos me hizo viajar a épocas donde el teléfono no era el protagonista absoluto. Se sintió como un evento pensado para disfrutar con amigos en mood vieja escuela, dejando un poco de lado las selfies y el scroll infinito.
Quienes subieron al mirador Andes Origen no me dejarán mentir. La marca armó un espacio exclusivo con una consigna clara: volver a las bases de un recital, conectando con la música en vivo desde una vista privilegiada y con una cerveza en mano. La propuesta fue osada pero sumamente efectiva para los tiempos que corren: para ingresar, la condición innegociable era dejar el celular en un locker.

Yo lo viví en primera persona y, sin dudas, fue uno de los puntos altos del Buena Vibra. Disfrutar a Silvestre y La Naranja durante la puesta del sol o presenciar el histórico cruce entre El Kuelgue y Litto Nebbia haciendo “Solo se trata de vivir”, son momentos que quedarán grabados en mi retina para siempre (y digo en la retina, justamente, porque no había cámaras de celular de por medio). Como broche de oro, la experiencia integró una nueva edición de su «Garage», un espacio creativo donde varios ilustradores retrataban al público en vivo. Un photo opportunity diferente donde también primó lo analógico: un retrato dibujado en lugar de las selfies. Yo, por supuesto, no me quedé atrás, pasé por ahí y me llevé un divertido retrato en papel para inmortalizar el momento, aprovechando que te lo entregaban ahí mismo para no tener que esperar a recibirlo después.

El clima festivo no solo se respiraba en el aire, sino que también se veía en la actitud y los looks de quienes caminaban por el predio. Fiel a la estética relajada que caracteriza al evento, el público aportó su propio espectáculo visual: un desfile constante entre camisas, mucho color, riñoneras y anteojos de sol (que más tarde, cuando la música electrónica fue protagonista, volvieron a las pistas). Todo sumaba a esa atmósfera de disfrute total donde cada detalle parecía estar en sintonía.
Más allá de ese oasis de desconexión, el festi en general brilló por regalarnos colaboraciones inolvidables sobre los escenarios. El Kuelgue redobló la apuesta invitando a Wos para hacer una hermosa versión de ‘Parque acuático’ y a Zoe Gotusso en ‘Carta para no llorar’. Horvilleur, por su lado, llevó el pop a su máxima expresión junto al chileno Alex Anwandter; mientras que Wos sumó al virtuoso guitarrista Nico Bereciartua, desatando uno de los momentos más épicos de la noche del sábado. El broche de oro quedó en manos de Evlay: el encargado de cerrar el festival transformó el verde césped en una inmensa pista de clubbing e hizo bailar a todos. Fue la confirmación definitiva de un recambio generacional que pisa fuerte; una noche donde la música, los amigos y el verdadero disfrute cara a cara volvieron a ser la clave.
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Fotos: Mercedes Pallotti
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