Narciso Plebeyo: ¿Cómo es la ecléctica (pero notable) retrospectiva de Pablo Suárez en el MALBA?

 

Cada sala, un mundo diferente. Pinturas, dibujos, esculturas y demás objetos. 

Narciso Plebeyo: ¿Cómo es la ecléctica (pero notable) retrospectiva de Pablo Suárez en el MALBA?

Madera, telgopor, una cortina de baño plástica, espejos, yeso, muebles, hierro, cobre, aluminio y luces led. No, no estoy hablando de los componentes de una casa. Se trata de una ecléctica e inesperada lista de materiales utilizados para confeccionar las cien obras que hoy habitan el salón principal del MALBA. “Narciso Plebeyo” es la muestra que relata en pinturas, dibujos, objetos y esculturas una retrospectiva del artista argentino Pablo Suárez (1937-2006) curada por Jimena Ferreiro y Rafael Cippolini.

Dividida en tres salas que parecerían exponer a tres artistas distintos, la verdad es que hay quienes prefieren una parte de la exposición sobre otras. “Esto ya me gusta un poco más”, escuché murmurar en confidencia entre dos visitantes al llegar a la tercer sección. El primer encuentro se da con aquel Suárez de los sesenta y setenta, opuesto a la vanguardia radicalizada propia de la época, y tras renunciar públicamente a participar de Experiencias 68, la exposición del Instituto Torcuato Di Tella. Unos pasos más adelante, los personajes que caracterizaron la obra ochentosa del artista toman protagonismo. Una mujer semi desnuda comiendo una banana, una joven asomándose desde la ducha e incluso el emblemático Narciso de Mataderos, obra que resume la muestra completa, se distinguen entre pinturas y dibujos.

“Dividida en tres salas que parecerían exponer a tres artistas distintos, la verdad es que hay quienes prefieren una parte de la exposición sobre otras. “Esto ya me gusta un poco más”, escuché murmurar en confidencia entre dos visitantes al llegar a la tercer sección. El primer encuentro se da con aquel Suárez de los sesenta y setenta, opuesto a la vanguardia radicalizada propia de la época…”

A escala casi real, este Narciso, un hombre desnudo (aunque con estridentes medias naranjas y zapatillas turquesa) se recuesta contra una cómoda, inmerso en el reflejo del espejo frente suyo. Helo allí, el Narciso Plebeyo. El tema clave en toda la obra del artista, aquel “Narciso sin fin”, un hombre perdido en su propio regodeo, sumergido en admiración iterativa, es fácilmente distinguible. Por otra parte, vemos aquí la aparición de “lo plebeyo”: un muchacho de Mataderos, “chongo, barrial, descarado y desnudo”, como lo define Cippolini. Un concepto que prevalece en la enunciación discursiva de Suárez  “como la perversión de la forma y síntoma de la cultura degradada”. Una inscripción personal nacida a partir de su convicción en el deber de “diseñar formas de vida”, descubrir “la inmediatez y la fuerza que irradia la proximidad de lo cotidiano” y acercarse a lo local y tradicional para primero celebrarlo y luego ironizarlo en una entretenida sátira que prontamente encontró su público admirador.

Al avanzar a la siguiente sala, no solo cambiamos de estilo pero también parecería que cambiamos de museo. Alfombras grises, paredes verdes/grises e incluso sócalos parecen transportarnos al living de una casa, decoradas con las naturalezas muertas pintadas por Suárez en los ochenta. Plantas, radios antiguas, y azulejos reales incorporados al canvas del artista demuestran el mismo nivel de observación y pretensión de realismo figurativo que aquellas personas de yeso aguardándonos del otro lado. Un reflejo de una era cruda y oscura de la Argentina representada en Tiempos de Guerra (1982) donde un diario descansando sobre la mesa lee “Argentina hundió un destructor”.

“Creo que no se pueden entender los años 90 sin Pablo Suárez”, afirma Cippolini en su texto curatorial. Serpientes mirando la televisión, personajes cubiertos en pasto sintético,  los perlados “chongos exhibicionistas”, Exclusión (1999), el emblemático muchacho colgando del tren que todos ya vimos alguna vez en la colección permanente del MALBA…”

Tras la calidez de la alfombra, la tercer sala recibe a los visitantes con nada menos que un caballo, de tamaño real, comiendo de un cuadro. Mediante “Los que viven del arte”, un manifiesto-obra, Suárez denuncia a los intermediarios entre el artista y el espectador, quien, el sostenía, debía encontrarse “frente a las cosas como si se encontrara frente a la jaula de un tigre con la puerta abierta”. Aquellos intermediarios no eran sino las mass media, los críticos, galeristas, curadores e historiadores que solo entorpecían el camino del mensaje.

Tras el caballo, toda la obra posterior del artista aguarda. “Creo que no se pueden entender los años 90 sin Pablo Suárez”, afirma Cippolini en su texto curatorial. Serpientes mirando la televisión, personajes cubiertos en pasto sintético,  los perlados “chongos exhibicionistas”, Exclusión (1999), el emblemático muchacho colgando del tren que todos ya vimos alguna vez en la colección permanente del MALBA, e incluso una algo inquietante muñeca con luces led en los ojos son claro testimonio de la naturaleza experimental de Suárez en su búsqueda por acercarse cada vez más al hombre contemporáneo.

“Nunca creo haber terminado un desnudo hasta sentir que se puede pellizcar” le dijo alguna vez Pablo Suárez a Rafael Cippolin, citando al célebre pintor francés Auguste Renoir. Ciertamente, terminó cada obra expuesta. “A través del componente fuertemente narrativo y persuasivo, Pablo Suárez resolvió el dilema de la imagen, provocando en el espectador emoción y crítica a la vez”, concluye Ferreiro. Emoción y crítica experimentables hasta el 18 de febrero. 

Fotos: Guyot Mendoza y Jantus – todas gentileza MALBA

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