Las golosinas sólo son un sumum de placer en la tierra de Peter Pan

 
 
 
 
 
 
 
 
 
Necrológicas de Kiosco
Por Bárbara Lichtman 
Miré a mi hermana como seguro Caín miró a Abel minutos antes de la tragedia. Mis ojos clavados en sus pupilas, los labios tensos, las manos inquietas. Perdida en el deseo, pero con la convicción de quien sabe qué busca, esa tarde del 98 me adelanté a mi hermana y corrí a la cocina. Quedaba sólo una barra de chocolate y partirlo no estaba en mis planes. Después de todo, tenía información privilegiada: una fuente de primera mano me había confesado que el Nussini se sacaría del mercado.Fue así. Al igual que ocurrió con dibujos animados como Charly Brown, los muñecos Trolls o Pumper Nic, el Nussini se fue esfumando de las góndolas. Al menos esa tarde, consciente de la realidad, disfruté como nunca de la mejor oblea rellena de avellanas que recuerdo de la biografía de Milka.
Y hoy no hay caso. Todavía cuando voy al kiosco sigo buscando golosinas que ya no se fabrican. Aún tengo grabado en la retina de mi paladar el sabor del Lila Pause, el Grafitti o el Alfajor Suchard, compañeros de recreo y material de soborno de las madres de los noventa; y nunca voy a entender cómo dieron de baja el Milkybar. Porque ¿en qué mente pudo ocurrir semejante iniciativa? ¿Será posible que quienes sacaron de la venta estas golosinas nunca las hayan probado? Al final, me termino yendo del kiosco con mi amigo batik: el Bisnike Nevado, un verdadero sobreviviente.Y mientras camino me pongo a pensar si es que las golosinas de antes eran más ricas o, si con los años fui perdiendo el gusto y ya no disfruto como antes lo que pruebo. Hace un tiempo leí que las papilas gustativas se van regenerando cada dos semanas. Pero que, a medida que envejecemos, algunas de esas células no se renuevan con la misma intensidad. Por eso algunos alimentos pueden tener distinto sabor según la edad de quien los coma. Quizás sea eso: las golosinas sólo perduran como el sumum de placer que son cuando se vive en la tierra de Peter Pan. También es cierto que con el fin de los noventa, más de una compañía recortó gastos y eso impactó en las recetas. Otras fueron compradas por empresas más grandes. Las galletitas Melba es uno de esos casos: antes eran grandes y con chocolate amargo, un clásico de mis años en la secundaria. Ahora miden la mitad y no me juego a decir de qué son. Insulsas como pocas, un chiste para quienes conocimos las originales.
Qué buenas épocas las que con dos pesos te comprabas todo lo que había en el kiosco. Dos caramelos por 10 centavos, el Holanda por 25 y un alfajor por 50. Nada superaba la mitad de un peso. Y bueno, ¿será que la melancolía es directamente proporcional a la inflación? Me acuerdo de las tortuguitas Gody, los Punch, los chupetines Tembleke y los caramelos Fizz, rellenos de algo así como Odex a punto de explotar. Pero no todo está perdido. Ayer comí el Cachafaz Mousse, una muy buena copia del alfajor Suchard. Aunque, cómo replicar ahora en mi boca, la suavidad y textura de un contexto rodeado de la música de Los Rodríguez, los primeros besos, la maratón del sábado.
Imposible.