Costa Rica es café, libertad y aire puro. Es color turquesa y flores de colores. Pero, sobre todo, es ese «Pura Vida» que deja de ser un eslogan para convertirse en una forma de ver el mundo.

La tierra de la amabilidad, el color turquesa y el café: así viví mi experiencia en Costa Rica. Por Justina Gastaldi para MALEVA.
Dicen que los que nacimos bajo el signo de Sagitario llevamos un pasaporte tatuado en el alma. Nacimos para expandirnos, para conocer el mundo y nutrirnos de otras culturas. Para una curiosa insaciable como yo, viajar no es una oportunidad remota: es mi forma más honesta de encontrarme con la vida. Esta vez, con la bendición de poder trabajar y viajar al mismo tiempo, el destino fue Centroamérica; más precisamente, ese oasis de gratitud genuina llamado Costa Rica.
Entre el «Miami tico» y el suelo que late
Me alojé en Escazú, una zona que muchos llaman «el Miami de Costa Rica». Entiendo el porqué: es el corazón moderno de San José, lleno de cafés de especialidad, oficinas y arquitectura de vanguardia. Pero este viaje se empeñó en romper todas las etiquetas que yo le había puesto al país. Costa Rica no es solo playa y caribe (aunque todo lata en color turquesa); su verdadera columna vertebral es la tierra viva, su cultura y, por sobre todo, la hospitalidad de su gente.
Como buena turista, salí a buscar esa biodiversidad que los hace únicos (¡tienen casi el 5% de la fauna y flora del planeta!). De la mano de Marvin, un guía local que pasó de acompañante a compañero de aventuras, subí hacia el Volcán Poás. Caminar hacia el cráter y asomarse a la Laguna Botos, con sus aguas ácidas de un verde irreal, es entender que el paisaje acá es un organismo vivo. En el camino, cumplí con el ritual obligatorio: probar una chorreada. Esta tortilla gruesa de maíz tierno, cocinada al comal y acompañada de un café negro, fue el motor que necesité para seguir el recorrido.

«En el camino, cumplí con el ritual obligatorio: probar una chorreada. Esta tortilla gruesa de maíz tierno, cocinada al comal y acompañada de un café negro, fue el motor que necesité para seguir el recorrido. «
San José: la ciudad de los contrastes
Recorrer San José es enfrentarse a la realidad desnuda de nuestra región. Nada que no conozca, ya que la situación en Argentina guarda varias similitudes. Pero lo que más me cautivó fue su arquitectura. En la ciudad convive el estilo Victoriano Caribeño, con sus colores vibrantes y detalles afroantillanos, con la crudeza del Brutalismo de los edificios públicos y la realidad de la calle. Es un patrimonio que se mantiene en pie, orgulloso, conservando un aire nostálgico que te atrapa.


Viajar es comer. Y comer comida de la zona, de verdad. Al mediodía, me fui a almorzar a una «soda», esos locales de comida casera que son el corazón de cada barrio. Ahí probé el casado: arroz, porotos, plátano maduro, ensalada y estofado. El plato de la hospitalidad. Pero más allá de la comida, me dediqué a observar. Nada se compara con los ojos de un extraño en un lugar desconocido… cazar conversaciones al vuelo, entender el ritmo de una vida ajena y encontrar similitudes, como ver a los comensales vibrar con pasión el partido de futbol que estaba siendo transmitido en la televisión del lugar.
«Pero lo que más me cautivó fue su arquitectura. En la ciudad convive el estilo Victoriano Caribeño, con sus colores vibrantes y detalles afroantillanos, con la crudeza del Brutalismo de los edificios públicos y la realidad de la calle. Es un patrimonio que se mantiene en pie, orgulloso, conservando un aire nostálgico que te atrapa.»
El «grano de oro» y la revolución de la bondad
No se puede hablar de este país sin hablar de su café. Visitar la Hacienda Alsacia (la finca de investigación de Starbucks) es participar del proceso desde la semilla hasta la taza en el lugar donde nace todo. Una aventura sensorial obligatoria.



Pero si me preguntan qué me traigo de vuelta en la valija, no es solo café. Me llevo bien guardada, la bondad sin pretensiones de cada persona con la que me crucé. En un mundo que parece estar cada vez más endurecido, el tico emana una bondad genuina. Cada encuentro fue un recordatorio: si queremos cambiar nuestras realidades, tenemos que empezar por la amabilidad. Es lo más fundamental del ser humano.
El puente hacia casa: AC Hotel Escazú
Me sentí como en casa en el AC Hotel San José Escazú (perteneciente a la familia Marriott), un espacio de diseño europeo y confort moderno que funciona como un punto de encuentro multicultural en la vibrante Avenida Escazú. Allí, el hotel celebra las nacionalidades a través de su cocina, y esta vez nos tocó a nosotros. Participé del Festival Gastronómico Argentino, donde el Chef Ejecutivo del Marriot de Buenos Aires, Mariano Marcelo Kucera, llevaron nuestros sabores (desde el locro y las empanadas hasta una cena de pasos con trucha patagónica, humita y un taco de vacío al Malbec) al corazón de Costa Rica. El broche de oro fue un panqueque con dulce de leche hecho artesanalmente en el hotel; un detalle de respeto por nuestra identidad que le dio a mi viaje ese sabor a casa antes de partir.


Costa Rica es café, libertad y aire puro. Es color turquesa y flores de colores. Pero, sobre todo, es ese «Pura Vida» que deja de ser un eslogan para convertirse en una forma de ver el mundo.



