La nueva revolución de lo analógico: cuatro ilustradoras que tenés que conocer.

En tiempos (instantáneos) de imágenes homogéneas y pantalla táctil, el trabajo de Nono Pautasso, Ro Martez, Flor Labanca y Ann Burkiewicz insiste en demorarse y reapropiarse de los cinco sentidos. La fricción de los cuerpos, el olor a resina, la suavidad de la cerámica mojada, el pegote de los adhesivos, la textura de los colores pintados a mano. 

Ro Martez.

La nueva revolución de lo analógico: cuatro ilustradoras que tenés que conocer. Por Sol Leguizamón para MALEVA.

En tiempos de imágenes homogéneas, el trabajo de Nono Pautasso, Ro Martez, Flor Labanca y Ann Burkiewicz insiste en demorarse y reapropiarse de los cinco sentidos. Como señala el escritor Manuel Cantón: “La textura está en crisis. El paradigma vigente es el de la insipidez: telas plásticas, muebles minimalistas, caras sin arrugas, el ácido hialurónico garantiza una piel tensa. La crisis de la textura es una crisis del erotismo”. 

En un mundo higienizado, donde el espectro de lo sensible se presenta reducido a la pantalla táctil, estas ilustradoras reivindican la fricción de los cuerpos en los espacios de creación colectiva, la práctica analógica en mesas largas para desplegar el olor a resina del policromo, la suavidad de la cerámica mojada, el pegote de la plasticola. Su trabajo es la demostración de que siguen existiendo espacios de experimentación donde poner el cuerpo y devolver algo de erotismo a este mundo túrgido.

Nono Pautasso: El arte de quedarse mirando un cono/ Un cono también puede ser arte.

Nono Pautasso trabaja en Yoli taller, un espacio colaborativo en la zona de Paternal donde distintos artistas se reúnen, cada uno con su proyecto, a poner el cuerpo en la obra en medio de una sinergia creativa que funciona de sostén y trampolín. Lo primero que me llama la atención de su mesa de trabajo es el libro de Fernando Pessoa, Libro del desasosiego. Me gusta que su biblia creativa no sea una biblia creativa per se, del tipo “Los diez pasos para volverte una persona más creativa”. Nono vuelve a un poeta portugués nacido en 1888. “No soy nada. Nunca seré nada. No puedo querer ser nada. Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo”, esas fueron las primeras líneas que conoció de él, del poema “Tabaquería”, y desde entonces lo reconoció como parte de su propia genealogía artística. 

Nono Pautasso tiene 36 años y su obsesión actual son los conos. Se la pasa observándolos, dibujándolos, moldéandolos en piezas miniatura de cerámica, hasta armó una cuenta de instagram, “@conopautasso” como archivo visual dedicado a ellos. Es que esa es su obsesión actual.

“Me imagino mi obra como alguien que va caminando sin saber muy bien hacia dónde. Se encuentra con algo, un cono por ejemplo, y se queda ahí un rato. No hay un porqué más que estar disfrutándolo en este momento”, dice Nono y recuerda de memoria la frase de Pessoa: “Mi paseo callado es una conversación continua”.

Nono camina sin auriculares mientras construye un espacio de diálogo interno con lo que percibe en el momento y con los artistas que más la inspiran, entre los que reconoce al ilustrador español Jesús Cisneros, la chilena Catalina Bu, la reconocida María Luque y su pintor favorito de cuando era chica, Toulouse Lautrec.

De chica quería ser bióloga marina. Cuando tenía siete años su mejor amiga viajó a Puerto Madryn y volvió fascinada por esas criaturas acuáticas llamadas orcas y ballenas. Desde ahí en más su plan favorito entre amigas era juntarse a jugar al Ludo mientras miraban el Encarta, la enciclopedia. Los años pasaron y Nono se decidió por estudiar Diseño Gráfico en FADU, pero en su obra es clara la influencia de la naturaleza. Esa sensibilidad también se sostiene en una genealogía íntima. En su historia aparecen una madre y una abuela jardineras, una infancia al aire libre, los relatos de sus abuelos inmigrantes polacos sobre lechuzas y ciervos. También est´å esa libreta de 1912 que encontró su mamá hace apenas unos años: un cuaderno diminuto, perteneciente a un tío abuelo que murió en la Primera Guerra Mundial, lleno de dibujos, estudios de figuras y listas de supermercado. Encontrarlo fue, de algún modo, reconocerse en una continuidad inesperada. Como si ese gesto de anotar, mirar, clasificar, dibujar y guardar restos del mundo hubiera atravesado generaciones hasta llegar a sus manos. 

Nono descubrió el mundo de la Ilustración en una charla del año 2014 que dictaba el ilustrador Cristian Turdera, actual director de la Diplomatura de Libro Álbum en la UNA, con Liniers y Christian Montenegro. O más bien, descubrió que la ilustración y el diseño gráfico podían complementarse y que dibujar podía ser también un trabajo. Así que pasó de dibujar durante horas entre las cuatro paredes de su habitación cubiertas de papeles coloreados y fragmentos de diarios visuales, a arrancar con talleres donde compartía mesa con una decena de personas. “Al principio decía qué raro, qué extraño esto, todos dibujando en grupo como si fuese normal”, comenta riéndose, “pero después se volvió casi adictivo, la manera en la que todo se retroalimentaba”.

Si bien hoy en día integró algunas herramientas digitales a su proceso creativo, conectar con lo analógico es parte esencial de su arte. Quizás sea por eso que la cerámica se volvió otra pata esencial de su producción. “La primera vez que empecé a dibujar con un IPad sentía que me faltaba algo. Meses después me di cuenta que era el ruido del lápiz y el olor particular del policromo 146”. Me asombro con la especificidad, y me cuenta que en la facultad sus compañeros le hacían chistes con que se sabía los números exactos de cada color de policromo. Esa pasión atraviesa todo el proceso de trabajo, que arranca, como lo llama ella, en el “horario de panadería”, cuando llega a Yoli 7 a.m, y se despliega también en el ritmo nocturno. “Hay procesos que siento que no pueden esperar, no se pueden demorar”, expresa.

Al mismo tiempo, esa pulsión puede llevarla a trabajar de forma caótica, en constante asociación libre, en un proceso que ella define como “caprichoso”, que tiene que ver con lo que pide el cuerpo. “Hay algo infantil. Si vos me preguntás si a los 36 años me veía dibujando conos, y la verdad que no, pero creo que eso es también lo que hace que la gente conecte con mi obra. No sé si llega a ser humor, pero las reacciones de gente que veo en ferias tienen que ver con que perciben algo gracioso, simpático, que hasta la persona se extraña de ella misma. No terminan de entender por qué les gusta, pero les gusta, y a mí me pasa lo mismo. No me interesa saber el porqué”.

A pesar de que su obra ya es reconocida entre ilustradores y compradores de objetos ilustrados, y ya tiene dos libros publicados – Cosas pequeñas y extraordinarias de Limonero junto a Daniela Arroio y Micaela Gramajo-, y Mi diario de viaje de Periplo escrito por Melina Barrera- Nono aún no tiene sitio web. Hay algo de las redes, el algoritmo, la performance del mundo digital, que la repelen. Prefiere ir a ferias, hablar con la gente, compartir espacios colectivos con los compañeros con los que cursó el Posgrado de Ilustración en FADU, que ahora ya son amigos. “Es revolucionario hacer con otros”, afirma.

Pueden encontrar su obra en los locales de Buenos Aires Tinta es luz, ID LB, y en Uruguay en Tapir.

Ro Martez: La mirada presente / Elegir la ternura/ Una artista rizomática.

Ro Martez me habla desde una cabaña en la Patagonia argentina donde suele pasar estancias de trabajo y descanso y donde también está planeando armar residencias artísticas en un futuro no muy lejano. Cuando Ro habla de su trabajo hay una palabra que aparece una y otra vez: “intuición”. “Hay una sensación interna a la que le soy muy fiel”, dice. “No aparece siempre, pero cuando aparece digo: es acá”. En su trayectoria artística, esa brújula invisible parece haber guiado cada giro.

En realidad, su nombre de pila es Romina Martínez. Ro Martez nació recién en 2020, en plena pandemia. Hasta entonces su vida había seguido otros caminos. Ro estudió seis años de psicología en la UBA, trabajó durante más de una década en escuelas como tutora de estudiantes y acompañando a las familias, y más tarde se volcó al teatro, donde cursó la licenciatura en Artes Dramáticas en la UNA. Pero cuando el confinamiento suspendió de golpe el trabajo escénico y los ensayos colectivos, apareció otra práctica que siempre había estado ahí, latente: el dibujo. Lo que ahora es su trabajo a tiempo completo, empezó casi como una reacción física a esa ausencia. Si no podía actuar, podía dibujar. Así que se anotó en un taller virtual con el artista Leandro Waibe. Así pasaba los lunes, miércoles y viernes, cuatro horas intensas de dibujo con el Zoom de por medio. Lo que empezó como un refugio, terminó por reorientar su camino profesional y vital. Terminó Artes Dramáticas en el 2023 y con 32 años ingresó al posgrado de Ilustración en FADU. 

Sin embargo, en su obra no hay una ruptura con sus experiencias anteriores. Al contrario: todo parece retroalimentarse de manera indisociable. La psicología, el teatro, la docencia, la fascinación por observar a las personas. Cuando habla de ilustración, muchas veces lo hace en términos que vienen de esas otras disciplinas. En el posgrado, por ejemplo, dice que empezó a pensar la idea de “representación” al mismo tiempo desde el psicoanálisis, el teatro y la imagen. “Se me arma algo muy rizomático”, explica, donde la base de todo es “la forma de mirar el mundo, cómo uno habita los espacios desde lo humano y desde los detalles”. 

A la pregunta de qué la obsesiona responde: “Hay un montón de cosas que no me obsesionan, pero creo que cualquier cosa podría llegar a obsesionarme. Cuando me interesa una cosa voy directo a eso, no me distraigo con nada”. En ese camino el hilo conductor es conectar con lo genuino y poner el cuerpo con otros, práctica que también ejerce dando clase en su taller Expresar con imágenes. Allí el foco no es necesariamente profesionalizar el trabajo, sino construir un espacio de presencia y encuentro mediante el dibujo.

“Esa sensación de presencia es una clave en mí, y creo que viene de mi abuelo. Él también pintaba, pero su influencia tiene mucho más que ver con que era un tipo observador. Viste que a veces los adultos hacen como que juegan con los niños pero no están realmente prestando atención; bueno él estaba conmigo de verdad. Me miraba, me preguntaba y me hablaba de verdad. Y ese de verdad es la sensación que intento transmitir.”

En la obra de Ro Martez es palpable la ternura, la sensibilidad en lo vincular y la naturaleza como refugio. En relación a esto, Ro explica que mostrar ese lado de su producción es una decisión. “En un momento donde el mundo es tan hostil, elijo mostrar la parte más tierna de la humanidad. Hay algo de esa calidez que a mí me relaja. Dibujo espacios naturales porque es donde yo me siento más resguardada y en contacto con lo real en medio de tantas pantallas. Es una utopía, un refugio”.

Aunque todos sus personajes están caracterizados como animales ella afirma “no los veo como animales, los veo como personas” y hace referencia a su fanatismo por la serie BoJack Horseman, sobre todo el trabajo de la ilustradora Lisa Hanawalt, con la que se identifica en cuanto a la construcción de personajes desde la psicología. David Hockney es otro de sus artistas de cabecera. Más allá de su obra, lo que admira y se apropió como mantra, es la capacidad de mutar su obra, siendo fiel a lo que lo movía en cada ciclo. “Eso me da mucha tranquilidad en mi laburo. No me quiero atar a nada. Me da la pauta de que si hoy me canso de hacer animales antropomórficos, no pasa nada. Suelto y sigo”. 

Pueden encontrar su obra en su web, y en las tiendas de Efecto Berenjena, Tienda Lechuga y ocasionalmente en ferias como Juntas Ilustrada.

Flor Labanca: La ilustradora de las dos orillas.

Durante mucho tiempo Flor Labanca creyó que su camino iba a estar más cerca de la fotografía que del dibujo. De hecho, sus primeras obsesiones vinieron por ahí: Diana Arbus -la llamada “cronista de los freaks”-, Vivian Maier, la música de los setenta, las tapas de discos, cierta estética que mezcla lo pop, lo extraño y lo cotidiano con una intensidad muy particular. 

Flor me habla del disco de The Velvet Underground & Nico con la banana de Andy Warhol que escuchaba con sus amigas después del colegio, de fotógrafas que hicieron de la rareza una forma de mirar, de los directores de cine David Lynch y Almodóvar, de la época menos conocida de Warhol como ilustrador infantil, del guionista Sam Shepard sobre el cual ilustró un fanzine, de su fanatismo por el diseño finlandés de Marimekko, de las ilustraciones del checo Miroslav Šašek, del poster icónico de Bob Dylan ilustrado por Milton Glaser, de libros infantiles antiguos.

En su universo entrópico conviven la cultura gráfica, la moda, el cine y la música. No es casual: antes de dedicarse de lleno a ilustrar, estudió fotografía, hizo laboratorio, quiso ir por ese lado, y después estudió la carrera de Diseño Gráfico, primero en Montevideo, donde vivió desde los 16 hasta los 22 años, y más tarde en la Universidad de Palermo, en Buenos Aires, donde reside actualmente. Lo que vino después fue menos un cambio de rumbo que una decantación.

Su recorrido profesional fue largo y diverso. Durante años su trabajo consistió en afinar el ojo, resolver rápido, pensar productos, traducir universos visuales a objetos concretos. Su primer trabajo fue en un estudio de diseño ilustrando tapas de libros, después entró en Disney, y más tardé en una agencia de licencias. “La licencia más fuerte era la de los Minions, pero también teníamos la licencia de Mafalda. Ahí trabajé con la representante de Quino, que era su sobrina, y mi trabajo era revisar todo el archivo de Mafalda y armar guías de arte con personajes, íconos, frases para después poder vender los derechos de uso de esas imágenes y así diseñaban agendas, carteras, pastas de dientes, todo lo que te puedas imaginar”.

Mientras tanto, tomó cursos de todo tipo, desde mosaiquismo, pintura, encuadernación, hasta que en 2019 hizo el taller de verano, Dibujar lo cotidiano, y algo se destrabó. Se dio cuenta que eso que hacía desde chica, al margen, como dibujar las carteleras de su colegio en quinto año, armar posters y flyers para amigos, dibujar por placer; también podía ser una profesión. “Vino la pandemia en el 2020, me encontré con mucho tiempo libre, y mi psicóloga me sugirió que empezara a mostrar mi trabajo en redes sociales. Un tiempo después apareció la convocatoria del Posgrado en Ilustración de FADU, me anoté y quedé. Eso me salvó en la pandemia, y el programa me profesionalizó, me mostró todas las vetas que hay para trabajar en esto”.

En el posgrado surgió también uno de sus proyectos más personales: el trabajo sobre el Palacio Barolo en Buenos Aires, y el Palacio Salvo en Montevideo; esos dos edificios “hermanos” construidos por el arquitecto italiano Mario Palanti a comienzos del siglo XX. El Palacio Barolo se levanta sobre la Avenida de Mayo y fue inaugurado en 1923; su contraparte, el Palacio Salvo, domina la Plaza Independencia de Montevideo desde 1928. Durante años fueron los edificios más altos de cada ciudad y ambos están coronados por un faro: Palanti imaginaba que sus haces de luz se encontrarían sobre el río formando una especie de puente luminoso entre Buenos Aires y Montevideo, una señal de bienvenida para los barcos que traían inmigrantes italianos desde el Río de la Plata.

“No soy muy de exponerme”, confiesa Flor; por eso, cuando encontró mediante la arquitectura una manera de contar su propia historia, le pareció el camino perfecto. “Cuando estoy en Uruguay me dicen que soy porteña y cuando estoy en Buenos Aires soy la uruguaya”. Esa identidad partida entre Montevideo y Buenos Aires encontró en el Barolo y el Salvo una especie de espejo inesperado. El proyecto terminó creciendo mucho más de lo que había imaginado. Coincidió con el centenario del Palacio Barolo en 2023, consiguió apoyo del programa de Mecenazgo Cultural de la Ciudad de Buenos Aires y del Fondo Nacional de las Artes. Misterios del Palacio Barolo también salió finalista en Shanghai Children’s Book Fair,  en el marco de la Golden Pinwheel Young Illustrators Competition, uno de los concursos internacionales de ilustración infantil más importantes de Asia.

En la obra de Flor hay algo muy reconocible: la línea dibujada a mano, los colores saturados, cierta alegría gráfica que juega entre lo tierno y lo psicodélico. Su proceso creativo es sobre todo analógico, le interesa conservar el trazo real y la huella imperfecta. 

Pueden encontrar su obra en Buenos Aires en Fina Estampa, Tinta es luz; y en Montevideo en el café Casa de abajo donde diseñó la identidad visual.

Dinosaurio Ilustración: peinar la memoria.

En el caso de Anna Burkiewicz, creadora de Dinosaurio Ilustración, el dibujo aparece muy temprano como una forma de habitar el mundo. “Al ser la hija menor, con hermanos que me llevaban hasta 18 años de edad, estaba bastante sola y para entretenerme me daban marcadores, blocks; me la pasaba dibujando”. También recuerda pasar mucho tiempo en la casa de una de sus mejores amigas mirando las obras de su hermana mayor, Caro, que estudiaba Bellas Artes en el Regina Espacio de Arte. Ahí surgió su deseo de ir a un secundario con orientación artística y cursó en el San Ladislao con orientación en Arte y Comunicación. Cuando terminó la escuela consiguió un trabajo y, con ese sueldo, se pagó el terciario de Artes Visuales en el Regina Pacis. Más tarde sumó otra capa de formación en la Escuela de Creativos Publicitarios, donde estudió Dirección de Arte con profesores como Martín Gorricho. “Nunca quise trabajar en agencia, pero necesitaba herramientas para darle un marco a mis dibujos”, explica.

Dinosaurio Ilustración, proyecto al que hoy -con 39 años- se dedica a tiempo completo, nació casi por accidente. Ann tenía veintidós años, trabajaba en una empresa de recupero vehicular y estaba aburrida. Así que en el tiempo libre dibujaba y, con parte de su sueldo, mandaba a sublimar sus ilustraciones en tote bags y otros objetos. Los vendía entre compañeros de oficina o a conocidos. Cuando aparecieron Instagram y Facebook decidió ponerle un nombre a ese pequeño universo: Dinosaurio. La elección tenía algo de juego privado: es fanática de Jurassic Park, su película favorita, pero casi no dibuja dinosaurios. “Me divertía que el nombre no tuviera que ser literal”, cuenta.

El proyecto empezó a crecer de forma orgánica: primero algunos pedidos, después clases de dibujo que daba al terminar su jornada laboral, más tarde ferias y encargos. Durante varios años sostuvo ese trabajo en relación de dependencia porque su mamá estaba enferma y el sueldo funcionaba como sostén familiar. Cuando su mamá fallece, Ann, con 28 años, toma la decisión de dedicarse por completo a la ilustración. 

Fue a partir de los talleres que tomó con Paula Durón y Ana Montecucco, que empezó a desarmar la imagen y hacer consciente su universo gráfico. La obra de Ann tiene un estilo propio muy reconocible: líneas prolijas, cachetes redondos, ojos que apenas son dos puntos. Sus personajes suelen aparecer recortados, como si entraran en escena a mitad de una historia. Animales que cabalgan sobre otros animales, niños con cuerpos improbables, combinaciones que bordean un surrealismo suave. Influencias hay muchas: el ilustrador holandés Dick Bruna, la estética japonesa kawaii, artistas locales como Pum Pum y el universo simbólico de Mark Ryden. 

Además de ilustrar, Ann tatúa. Al principio empezó más por una necesidad económica. Le pidió ayuda a quien era su mejor amigo -hoy, su actual pareja-, aprendió, y el negocio despegó. Durante tres años se abocó de lleno a eso. Hoy lo usa más como un “kiosko”. Tatúa de vez en cuando en el estudio Puma Rosa en Vicente López, y también es la excusa perfecta para poder viajar a distintos lugares como Berlín, Uruguay, Chile; por ejemplo ahora me habla desde Ciudad de México con agenda llena.  También experimenta con cerámica, cose piezas de pañolenci y disfruta mucho de pintar murales.

“Me encanta la libertad de estar en la calle, estar ahí y que no haya nada más. Vas, pintás, volvés tarde, comés algo y al día siguiente estás de nuevo en la calle”.

Su proceso creativo es todo menos lineal. Garabatea mientras mira una película o charla con alguien y días después vuelve a esos cuadernos para encontrar ahí una idea que crece. Al principio se deja llevar por un impulso. “De repente me levanto pensando que tengo ganas de hacer collage y voy a la librería, me compro papeles, hago de forma bastante caótica y después se ordena cuando entiendo qué formato va a tomar cada cosa”, cuenta.

Entre sus proyectos recientes aparece una serie de peines de cerámica que remiten a su infancia. “Cuando era chica me crió bastante mi hermana que tenía 15 años más que yo. Y bueno, con el pelo pasaban cosas. Me cortaba mal el flequillo, me sacaba los piojos y me hacía doler, me hacía peinados raros para ir al colegio. Tengo muchos recuerdos de estar ahí, y el peine quedó como un símbolo de mi infancia”.

Dinosaurio Ilustración es hoy su trabajo principal: vende sobre todo a través de su tienda online, participa en ferias como Juntas Ilustrada, Migra o Tremenda, y sus productos también se consiguen en tiendas como la librería de Fundación Proa, Tienda Lechuga o espacios de diseño en México y Canadá. 

 

 

 

/// Fotos: Gentileza de las artistas.