Arquitectura lumínica, visuales hipnóticas y una clase magistral de DJing: con un open to close, Hernán construyó una historia de ocho horas. La música funcionó como un puente invisible y absoluto. Una coreografía perfecta a la que cada cual le sumaba su propio danzar. El «factor Cattaneo» filtra la energía y atrae a un público que entiende que el disfrute del otro es fundamental para el disfrute propio. Fanatismo manso y euforia relajada al aire libre.
El dueño del atardecer: ocho horas de viaje, estética y comunión en Sunsetstrip de Hernán Cattaneo. Por Benjamín García & Caro Cerimedo para MALEVA.
El cielo sobre Ciudad Universitaria todavía quemaba cuando los primeros acordes melódicos empezaron a flotar sobre el pasto. No es una metáfora: la selección musical de Hernán Cattaneo tiene la extraña cualidad de mimetizarse con los colores de la caída del sol. Ayer domingo, en el cierre de la doble jornada del Sunsetstrip Buenos Aires 2026, el progressive house se volvió el soundtrack exacto del crepúsculo. Mientras el naranja mutaba a un violeta denso, los beats de Cattaneo —quien asumió el control absoluto de la cabina en un formato open to close de más de ocho horas— bajaban pulsaciones o aceleraban el ritmo en una coreografía perfecta con la naturaleza, a pocos metros del Río de la Plata.
La estética y la atmósfera: un ecosistema propio
El predio de Ciudad Universitaria se transformó en una pasarela effortless y vibrante. Hubo una estética inconfundible en la pista: anteojos de sol de marcos retro que se mantuvieron firmes incluso cuando ya era de noche, texturas fluidas, brillos sutiles en los pómulos y, sobre todo, una comodidad pensada para el baile sostenido.
La atmósfera era de una euforia relajada. No hubo empujones, sino sonrisas cómplices. El espacio físico funcionó como un gran abrazo al aire libre donde la escenografía visual y la inmensidad del predio abrazaron a una multitud que venía buscando una sola cosa: la comunión.
La atmósfera era de una euforia relajada. No hubo empujones, sino sonrisas cómplices. El espacio físico funcionó como un gran abrazo al aire libre donde la escenografía visual y la inmensidad del predio abrazaron a una multitud que venía buscando una sola cosa: la comunión.
Aperol: protagonista del ritual del atardecer.
En este escenario, Aperol es parte de la experiencia Sunsetstrip. Como sponsor, la marca despliega una propuesta pensada para amplificar el momento más esperado del día, con espacios diseñados para el encuentro y el disfrute. Entre ellos, se destacará un sector de relax para reconectar entre sets y activaciones con premios itinerantes, entre otros puntos.
Su presencia se inscribe en una transformación cultural más amplia: una forma de vivir donde el disfrute deja de ser automático para volverse significativo. Hoy, las personas priorizan experiencias con propósito, momentos que generen conexión real y emocional, y que inviten a detenerse, contemplar y conectar con el presente.
En este nuevo paradigma, el disfrute deja atrás lo superficial para convertirse en una búsqueda de experiencias auténticas, donde lo importante no es solo lo que sucede, sino cómo se vive. Ahí es donde Aperol encuentra su lugar y se suma al pulso de la experiencia con un brindis que acompaña el ritmo de la música.
El ritual y sus devotos
Caminar por la pista sin interrumpir el trance de la gente permite captar la lealtad intergeneracional. Es un fanatismo manso, casi espiritual. Entre el mar de cabezas asintiendo al unísono, recogimos al paso tres sensaciones que explican el fenómeno:
- «Lo sigo desde los 2000; Hernán no pasa música, te cuenta una historia de la que no te querés salir jamás», deslizó un flaco de cuarenta y pico, sin abrir los ojos, meciéndose con las manos en los bolsillos.
- «Recién este año me metí de lleno a escuchar sus sets. Pensaba que la electrónica no era para mí, pero esto es un viaje puramente mental, te reinicia», confesó una chica sub 25, fascinada por la energía del lugar.
- «La electrónica en Buenos Aires tenía mala fama, era todo oscuridad, encierro y prejuicio… hasta que Cattaneo y nos enseñó que esto es un ritual de luz, un encuentro al aire libre donde todos somos amigos», reflexionó otro asistente mientras compartía agua con su grupo.
«Recién este año me metí de lleno a escuchar sus sets. Pensaba que la electrónica no era para mí, pero esto es un viaje puramente mental, te reinicia»
Más allá del sunset: cinco cosas que vimos en Ciudad Universitaria
- La maratón sonora: El open to close es un desafío físico y narrativo brutal. Ver a Cattaneo construir una historia de 8 horas ininterrumpidas, llevando a la gente de la relajación vespertina al estallido nocturno sin perder el hilo, fue una clase magistral de DJing.
- El oasis naranja de Aperol: Como sponsor, el espacio de Aperol fue el refugio perfecto. Un sector de relax ideal para bajar revoluciones entre set y set, con activaciones itinerantes, premios y copas que matcheaban estéticamente con el atardecer. Ahí, el ritual del atardecer también tomó forma: una pausa compartida para mirar el cielo, brindar y volver a la pista en el momento justo.
- El abrazo generacional: En la pista convivían grupos de amigos de 50 años que vivieron los inicios de la escena porteña, con centennials que experimentaban su primer gran sunset. La música funcionó como un puente invisible y absoluto.
- La pantalla como lienzo: A medida que la luz natural se apagaba, la puesta de luces y las visuales tomaron el protagonismo. No buscaban encandilar, sino acompañar: visuales orgánicas, minimalistas y atmosféricas que hipnotizaban a la multitud.
- El respeto como norma: En un evento masivo, la fluidez con la que la gente se movía, se pedía permiso y compartía el espacio es digna de mención. El «factor Cattaneo» filtra la energía y atrae a un público que entiende que el disfrute del otro es fundamental para el disfrute propio.
Como sponsor, el espacio de Aperol fue el refugio perfecto. Un sector de relax ideal para bajar revoluciones entre set y set, con activaciones itinerantes, premios y copas que matcheaban estéticamente con el atardecer.

Con entradas totalmente agotadas, más de 30 mil personas disfrutaron de una nueva edición de Sunsetstrip Buenos Aires. Con una producción y puesta en escena de primer nivel, Hernán Cattaneo volvió a demostrar por qué es uno de los artistas más reconocidos y respetados del mundo.



