Cinco obras imprescindibles en una de las muestras más esperadas del año: Guillermo Kuitca conmueve y colma el MALBA

Una de las exposiciones más convocantes del año, con las salas siempre llenas/22 años después de su primera muestra en el MALBA/Claves para entender algunas de sus obras más icónicas/Desde una que relata verdades desgarradoras de la historia argentina en los años 70, hasta la más reciente: la única maqueta tridimensional con infinitos detalles.

La muestra es en el marco del 50 aniversario de la primera exposición que realizó a sus 13 años.

Cinco obras imprescindibles en una de las muestras más esperadas del año: Guillermo Kuitca conmueve y silencia el MALBA. Por Nicole Giser. Fotos: Thalia Gómez para MALEVA.

Desde que se inauguró, la expo de Kuitca en el MALBA casi no tuvo días sin multitudes alrededor de sus salas. Para la apertura se formó una fila en la puerta de la extensión de la de un recital. Así y todo, se puede decir que es una muestra silenciosa: grupos de gente de todas las edades se reúnen alrededor de pinturas que, lo quieran o no, incitan una apreciación concentrada, sosegada y respetuosa. Y es que de ellas, que pertenecen a tres de las series más icónicas del renombrado argentino, se desprende un clima dramático.

Kuitca hizo su primera muestra con solo 13 años. Participó de innumerables bienales como las de Venecia, San Pablo, Kassel, Estambul y Corea, y presentó más de 60 exposiciones individuales en algunos de los museos más prestigiosos del mundo. Además de pintor, fue director de teatro y escenógrafo, fundó una de las becas para artistas más importantes del país, y ejerce también la docencia.

Es la primera vez que estas obras del autor pueden verse en Argentina después de más de 20 años. Sin dudas, visitar “Kuitca 86. De Nadie olvida nada a Siete últimas canciones” en el MALBA, es una experiencia tan recomendable como reveladora. Acá, cinco de de las obras que es imprescindible parar a observar.

1) Yo, como el ángel (1985): sillas desparramadas, clima teatral y la revolución del yo, en una obra inmensa en su tamaño y contenido.

Una obra imposible de ignorar. Llama la atención apenas se entra a la sala en la que está. En ella coexisten distintas escenas, y la magnitud de su tamaño es proporcional a la de su belleza.

Una paleta de colores deliciosa, que mezcla verdes con marrones a veces contundentes, opacos, y otras más suaves y brillantes. La perfecta sincronía entre frío y cálido en una sola pieza. Hay en el cuadro una serie de sillas desparramadas en el piso, que son recurrentes en el trabajo de Kuitca presente en la misma expo. Las sillas son, junto a las camas, y las siluetas fantasmagóricas de espaldas, parte de su iconografía propia. La sala se impregna de un clima teatral y esa es otra de sus marcas características.

Algo brutal pudo haber pasado en esta escena: quizás fue una fuerza misteriosa la que desperdigó a las sillas por doquier, resultando en este paisaje desolado, abandonado. En ese sentido, el único personaje que tiene este relato pictórico es un ángel-humano semi desnudo, que se refleja en un espejo, mientras parece partir de la situación. El dejar de ser uno, para pasar a ser otro, evoca a la permanente revolución del yo a la que -según cuentan las curadoras de la muestra- hace referencia el título de la obra.

2) Del 1 al 30.000 (1979): una pieza desgarradora de números infinitos, que esconde verdades de la Argentina.

De lejos, esta obra parece un paisaje abstracto: una red de tintas, garabatos que se enciman unos sobre otros como si los orientara el impulso de una mano que no puede parar de dibujar. Es cuando te acercas, que te encontrás con una inesperada figuración: son 30.000 números. La acumulación de ellos, en esta desgarradora pieza que hizo un Kuitca de solo 18 años, resulta en una narrativa asfixiante: traza la cifra de desaparecidos en dictadura evocando la pérdida de identidad de las víctimas.

3) Siete últimas canciones (1986): reflejo de un amor imposible, una obra con récord en subasta.

Esta obra forma parte de un conjunto con colores más nocturnos. Tenía tan solo 25 años cuando pintó “Siete últimas canciones», el acrílico sobre tela que da nombre a toda una serie, que hizo el mismo año en tan solo unos meses. Esta consistió en siete piezas que jugaron a traducir las escenas de canciones melodramáticas. Para entonces, él ya tenía una carrera internacional súper comenzada. 

La sala de la muestra que acoge a este conjunto es más fría, grisácea, va a tono con la melancolía profunda que exhalan sus historias. La obra en singular alcanzó un récord en 1999 en la subasta de Christie’s, donde la compró y repatrió Eduardo Costantini tras haber pertenecido a una colección privada neoyorquina. ¿Qué historia contiene? Lo que se ve en el lienzo es a una mujer que abraza la sombra de un hombre. Se aferra a una presencia intangible, llamémosle: el reflejo de un amor imposible. Un desencuentro terminal. Una pasión irreparable.

4) Kuitca 86 (2024): una maqueta tridimensional e hipnótica, de objetos y colores infinitos.

La pieza más nueva de todas, especialmente hecha para esta exhibición y testimonio de la producción actual del artista. Es la única en otro formato: es una maqueta de madera con un sinfín de objetos dentro. Una representación tridimensional, emocionante, lúdica, enloquecida, abrumadora pero divertida, del espacio de trabajo de alguien que dedicó su vida por completo a la pintura. Los colores inundan las paredes ocupando casi el lugar de las cosas.

5) Nadie olvida nada (1982): chiquita de tamaño, enorme en grandeza y una de las piezas que atesora el mismo Kuitca en su casa.

Por último, su pieza emblema. Y la que da nombre a la otra gran serie de esta muestra. Con este pequeño cuadro nos encontramos al apenas entrar, en la primera sala. Quizás sea la más chiquita de todas las pinturas porque son en su mayoría grandes. Pero eso no la convierte ni por asomo en menor: todo lo contrario. Su tamaño nada tiene que ver con la grandeza de lo que transmite. Una mezcla de ternura, nostalgia, hasta miedo. En ella, una cama semi abierta parece estar a la espera de alguien. Es el centro de un vacío amarillo, luminoso. No es ni pesimista ni necesariamente optimista. De ella brota un aire existencial. 

Es una de las pocas que el artista tiene en su casa, con ella mantiene un vínculo especial: “fue robada en 1989 –cuenta Kuitca en conferencia de prensa de la que MALEVA participa–, cuando la recuperé, la enmarqué y me dije ‘no se va más’. Así que está en mi casa, en general, apoyadita a un costado, ni siquiera colgada. Me hace compañía. Sale de viaje muy seguido y vuelve. Se ha convertido en un objeto muy afectivo para mí. Me cuesta verla como pintura, pero  a veces lo recuerdo, recuerdo que es un cuadro y no sólo una anécdota”.

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