Fundación Klemm: la oportunidad para ver la colección del mecenas, conocer al artista, acercarse al dandy y rendirse mito

Un adelantado, el primero en traer a Latinoamérica las fotografías de Robert Mapplethorpe y trabajos de Andy Warhol a nuestro país. Federico Klemm tenía una colecciòn única en Argentina y también tenía la visión de abrirla al público para su disfrute. Con profunda habilidad para entender su legado a futuro, diseñó un espacio para mostrarla y dar a las nuevas generaciones difusión. Un camaleón que fue una de las grandes figuras de su tiempo. Estrella de la televisión, aunque también un misterio.

Fundación Klemm: la oportunidad para ver la colección del mecenas, conocer al artista, acercarse al dandy y rendirse mito. Por Melisa Boratyn para MALEVA. 

¿Qué se esconde detrás del éxito de una de las instituciones más relevantes de Buenos Aires? La respuesta parece ser una historia de amistad. Hace 30 años, Fundación Klemm abrió sus puertas bajo el impulso del artista, coleccionista y mecenas Federico Klemm, que con una profunda habilidad para entender su legado a futuro, diseñó un espacio para mostrar su colección de arte, única en el país, además de darle a las nuevas generaciones un sitio de difusión. Para eso, recurrió a sus amigos. En MALEVA hablamos con Fernando Ezpeleta y Valeria Fitermann, los guardianes de este proyecto que continúa acompañando el pulso cultural porteño.

Retrato de Federico Klemm

Cuando ibas a su casa, todo era dorado, champagne, te daba caracoles para cenar, que nadie entendía de dónde los conseguía; las obras estaban iluminadas como en un museo, pero había mucho más que esa apariencia. Y después estaba todo lo que se decía, los mitos que eran parte de la leyenda.

¿Cómo y cuándo se consolidó este tesoro de la escena del arte local?
V. Federico empezó a diseñar la fundación en 1993 y armó un equipo de asesores con el que trabajó hasta finales del ’95, cuando abrimos. Antes de eso funcionamos como galería de arte en el espacio de al lado, que había sido sede de la legendaria Bonino. Yo me sumé cuando nos conocimos por medio de alguien que le vendía obras en el exterior, Fer estaba de antes porque ellos dos eran grandes amigos, y también estaba Carlos Espartaco, un crítico de arte que dio un marco teórico muy importante. Federico era un gran coleccionista y quería compartir sus obras con la gente, así que recorrimos depósitos y espacios de toda la ciudad hasta que nos dimos cuenta de que este estaba en remate judicial y que nos venía como anillo al dedo.

¿Ese era el primer deseo de Klemm? ¿Sacar la colección de las cuatro paredes de su casa?
F. Sí, su máximo sueño era que fuera de acceso libre y gratuito, una condición que puso porque quería que cualquiera pudiera ver obras que no estaban en otras instituciones. Antes de inaugurar, hicimos una prueba piloto que fue la última muestra en la galería, y que se llamó De Magritte a Jeff Koons, un resumen de todos sus proyectos. Federico era un adelantado. El primero en traer a Latinoamérica las fotografías de Robert Mapplethorpe y trabajos de Andy Warhol a nuestro país.

Su máximo sueño era que fuera de acceso libre y gratuito, una condición que puso porque quería que cualquiera pudiera ver obras que no estaban en otras instituciones. Federico era un adelantado. El primero en traer a Latinoamérica las fotografías de Robert Mapplethorpe y trabajos de Andy Warhol a nuestro país.


¿Y cómo fue creciendo la posibilidad de hacer muestras, presentar un premio anual y tantas otras actividades que aún se sostienen?

V. Nosotros deseábamos que en el espacio pasaran muchas cosas, pero nos dimos cuenta de que Federico solo quería mostrar las obras. Entonces le preguntamos qué rol íbamos a ocupar y nos contestó que podíamos quedarnos sentados, pero ni pensábamos ser parte de algo que no tuviera un impulso, así que nos dio la primera sala para organizar muestras y continuar el trabajo que hacíamos en la galería, que había sido exitosa y donde se vendía mucho. El tema es que él ya no quería quedarse con la comisión de los artistas sino que prefería que vendieran por su cuenta y recibieran toda la ganancia.
F. Esas cosas eran muy de él porque no se regía por el beneficio económico del arte. Recuerdo que en una edición de Arteba, a la cual fuimos durante 21 años, vendimos una obra muy importante de Ernest Deira, pero cuando fuimos a contarle, se quedó pensando y dijo: «No, mejor me lo quedo yo». Aun así, como era un caballero, nos pagó nuestra comisión, algo que habla mucho de su espíritu que va a contramano de las suposiciones que rondan alrededor de su figura. El dandy, el excéntrico y tantas cosas más, cuando la realidad es que Federico murió hace más de dos décadas y su legado está más vivo que nunca porque se ocupó de gestionar con seriedad.

Me detengo en la habilidad de pensar a futuro, porque a pesar del paso de los años, la Fundación Klemm sigue ocupando un lugar de mucha relevancia, donde se nota que los artistas quieren ser parte.
F. Tenemos una relación muy cercana y por esa razón lamentamos cuando suceden cosas como que, al premio que hacemos cada año, hay que presentarse de forma online y ya no presencial, porque de alguna manera se pierde el uno a uno.
V. No sabes cómo era antes. La semana en la que recibíamos las carpetas, era una fiesta. Fer y yo nos sentábamos en un escritorio, a lo programa de Gasalla, y esperábamos que llegaran. A muchos ya los conocíamos y les decíamos: «Esto está bien, esto cámbialo», y así. La pasábamos genial y creábamos vínculos que todavía se mantienen. Hoy sentimos que  seguimos acompañando a las nuevas generaciones de artistas con las mismas ganas y las columnas centrales del proyecto intactas.

Federico fue un camaleón y una de las grandes figuras de su tiempo. Estrella de la televisión, aunque también un misterio. ¿Cómo lo describen ustedes?
F. Es verdad que era conocido, aunque no era una gran estrella pop y tampoco sé cuánta gente conoce en profundidad a las figuras del arte argentino. Dejando eso de lado, alrededor de Federico siempre hubo una mística, donde el personaje y sus aspectos estridentes todavía se reconocen porque era una persona de alto impacto visual. Yo lo conocí a los 15 años y, a lo largo de una vida compartida, entendí cuáles eran las cosas que lo hacían único. Era un gran detector de fascistas y juntos nos dedicamos a identificar a esas personas con principios graves de intolerancia, algo que padecía por haber vivido en una Argentina más dura. Fue un hombre de muchos recursos, aunque no estaba en la liga de los grandes ricos. Sin embargo, sentía que la riqueza implicaba responsabilidad y desde muy joven le fascinó el arte, desde el canto lírico hasta el teatro. Por eso quiso dejar algo que preservara su concepto de amor por el arte, una frase que tenía como dogma.

Alrededor de Federico siempre hubo una mística, donde el personaje y sus aspectos estridentes todavía se reconocen porque era una persona de alto impacto visual. Yo lo conocí a los 15 años y, a lo largo de una vida compartida, entendí cuáles eran las cosas que lo hacían único.

 

Hace unos días inauguró «A la espera de que el sueño me traiga el olvido», curada por Mariano Mayer, una nueva mirada sobre la colección que Klemm tanto amó, donde podrán ver cómo una obra de Marc Chagall dialoga con René Magritte y Humberto Rivas o donde Andy Warhol convive con Alfredo Hlito y piezas de artistas argentinos contemporáneos. Las muestras no solo apuntan a recibir al público de artistas, curadores, periodistas y coleccionistas que encuentran aquí un refugio, sino que, manteniendo el anhelo de ser un espacio abierto a la comunidad, a través de su programa de educación, expande los horizontes e invita a adolescentes a descubrir todo lo que la fundación tiene para ofrecer. Acá no solo se mira, sino que se hacen actividades y se propone la participación activa. «Es algo que nos gusta que suceda», aclara Valeria.

¿Qué impulsó a Federico a coleccionar obras que se consideran de valor en cualquier parte del mundo, pero que no son tradicionales, en una época en la que el coleccionismo de arte moderno y contemporáneo no era moneda corriente en nuestro país?

V. La colección se creó a dicha y capricho de lo que le gustaba. Son obras que deseaba tener y nada más que eso. Federico no salía del país porque detestaba moverse, así que, por medio de los catálogos de Sotheby’s y Christie’s que le llegaban y orientado por Charly (Espartaco), seleccionaba lo que iba a comprar. Lo suyo era pura intuición, por eso ni siquiera necesitaba ver las obras.

O sea que rompía con el fetiche de la presencialidad.
F. Jamás cultivó lo fake. El arte para él era algo que se vivía y se sentía, no una herramienta de ascenso social o inversión. Fue parte de una generación marcada por la idea de los 15 minutos de fama y el impacto de la postmodernidad.

¿Hay algo de eso en lo que vino después, cuando descubrió los medios de comunicación y creó su programa, El banquete telemático, que marcó la televisión de los años ’90 por ser algo tan diferente?

V. Todo lo que se creó en esos programas fue una gran puesta en escena. Cuando empezó, Federico no sabía hacer tele y tampoco tenía acceso a las nuevas tecnologías, y aún así hizo algo genial. Por ejemplo, como no viajaba, su equipo iba a grabar a Europa y Estados Unidos y después editaban el material para que apareciera hablando con esos fondos. Desde Buenos Aires mostraba el arte internacional y si bien se notaba un poco, a nadie le importaba; esa extravagancia era parte del todo.

¿Esa cruza entre la elegancia y la intelectualidad que muchos vimos por primera vez a través de la pantalla era real?
F. Un poco y un poco. Cuando ibas a su casa, todo era dorado, champagne, te daba caracoles para cenar, que nadie entendía de dónde los conseguía; las obras estaban iluminadas como en un museo, pero había mucho más que esa apariencia. Y después estaba todo lo que se decía, los mitos que eran parte de la leyenda. Antes de que empezara su rechazo hacia los viajes, compartimos una estadía en Nueva York con su mamá y nos quedamos en un lugar espectacular, con una limusina siempre a disposición. Yo estaba fascinado y le decía: «Fede, nos tenemos que quedar a vivir acá» pero él me sacó rajando. «Vos estás loco. Acá no soy nadie». En Buenos Aires tenía un nombre, era consciente de su relevancia y la pasaba genial.
V. Supo surfear todas las épocas. Desde la efervescencia de los ´60 hasta la opulencia de los ’90, donde se armó todo esto y los proyectos eran un gastadero de plata porque no se escatimaba en gastos. Federico lo dio todo durante mucho tiempo, pero cuando descubrió la televisión, empezó a correrse de la fundación y nos tocó hacernos cargo.
F. Entonces hacíamos cositas, como por ejemplo, si estábamos organizando una muestra, antes de colgar las obras dejábamos todo en su lugar a excepción de una, a propósito. Entonces él llegaba, decía «corre esto acá y eso allá» y se iba. Pero a esa altura del partido ya nos conocíamos tanto que sabíamos tomarle el tiempo y él confiaba en nosotros.

Por último, me gustaría preguntarles cuál es el futuro de Klemm.
V. Esperamos seguir por un largo tiempo y tenemos mucha seguridad de que va a ser así, pero si algún día este proyecto deja de existir, todas las obras de la colección pasarían a formar parte de diferentes museos nacionales, como dispuso Fede.
F. Si bien estamos desde el comienzo, somos cuidadores momentáneos porque nada dura para siempre. Aunque me cuesta pensar en la posibilidad de alejarnos, por el cariño y la responsabilidad que le tenemos a la fundación, confiamos en que el futuro está en buenas manos porque somos una familia y hacemos todo con el amor que le tenemos a nuestro amigo.