«Quería hacer una pasarela sin mucha sarasa»: entrevista a Gon, el diseñador que revolucionó la silueta tradicional.

Su atelier es un portal: conduce a una creatividad que tiene su mayor inspiración en los tiempos de antes, en la ropa de antes. El diseñador detrás de Es Gone se declara fanático de los trajes de museo. Construyó su identidad con esa mirada puesta en el pasado, y poniendo a prueba un material que se convirtió en una de las claves de su lenguaje. Pero detrás de sus “gasitas”, los vestidos de novia y las prendas escenográficas hay algo más: una manera de entender la moda desde el ayer, el juego y la libertad.

«Quería hacer una pasarela sin mucha sarasa»: entrevista a Gon, el diseñador revolucionó la silueta tradicional. Por Justina Gastaldi para MALEVA.

Hay algo en Gon que resulta difícil de encasillar. Su ropa puede ser dramática, escenográfica y sofisticada, pero cuando habla de moda aparecen la televisión, una pollera de su abuela, la ropa de museo, la comida y hasta Wanda Nara. No le interesa vestir solamente a quienes encajan con una determinada imagen: busca divertirse constantemente y, sobre todo, jugar.

Hablamos de sus comienzos, de sus inspiraciones, de la gasa como material fetiche, de las novias, la tv y de esa búsqueda constante por ampliar su universo sin limitarse a nada. También de lo que significa ser diseñador hoy, de por qué no quiere encasillarse y de todo lo que todavía imagina para Es Gone.

-Empezaste trabajando para otros diseñadores antes de crear Es Gone. ¿Cómo fueron esos comienzos?

Empecé antes de la pandemia con la marca, pero antes trabajé con otros diseñadores. Hice mi carrera en la industria estudiando como todos pero sabía que si quería hacer algo propio, antes que nada tenía que aprender de otros. Para mí eso era fundamental.

Y en algún momento de mi trayectoria tuve la crisis de empezar a pensar qué quería hacer a partir de ese momento, el momento en donde creés haber absorbido todas las herramientas, o muchas herramientas, para ser capaz de hacer algo propio.

La creación de la marca se dió muy natural. Amigas de mis amigas me escribían porque sabían que yo sabía hacer vestidos de novia y de fiesta, y me pedían que les hiciera algunos para ellas. Y así, lentamente, de repente tuve muchísimo trabajo de golpe.

En el medio estuvo la pandemia, pero la pospandemia me dio un impulso muy grande porque todo empezó a suceder de vuelta. Las personas que habían tenido que posponer eventos los hicieron de golpe. Todo el mundo tenía la necesidad de salir y, además, de verse bien. Cambiaron los criterios de estilo, los estilos de vestidos, los intereses. Y ahí entré justo en un momento que me dio impulso para hacer lo mío.

-En el universo de las novias fuiste uno de los precursores nacionales en proponer algo diferente.

Sí, aterricé en un momento clave. También me pasó que, como despegué con ES GONE pospandemia, la gente celebraba bodas al aire libre sí o sí. Los vestidos entonces tenían que ser livianos, frescos, con movimiento.

Y además estaba el tiempo. El vestido tenía que hacerse rápido, porque nadie sabía nada. O cerraban todo de vuelta y se suspendían los eventos, o se enfermaba la mayoría de los invitados y se venía todo abajo. Entonces, dentro de todo lo malo que pasó en la pandemia, el lado bueno es que nos ayudó (y me ayudó) a conformar nuestra identidad: una prenda rápida, en movimiento. Tres, cuatro telas envueltas que llevan su trabajo pero, a la vez, demuestran lo contrario.

Salió de ahí, creo, de ese momento en particular.

Después se insertó muy bien en nuestro ADN argentino. Somos relajados, amigables, nos gusta el “rock” en la ropa pero, al mismo tiempo, vestir elegantes, finos, usar telas de calidad.

-Muchas de tus clientas vienen de afuera de la ciudad exclusivamente para hacerse vestidos para eventos especiales. ¿Qué te enseñó trabajar con ese público?

Sí, muchas. Me suelen comentar que afuera no suelen encontrar este tipo de diseños. Sobre todo en Europa, los vestidos son más formales, tienen una estética más tradicional de novias o de invitadas. Entonces también pude entrar bien en este tipo de públicos, en mujeres que quieren destacarse frente a un público que quizás es más cerrado. No mejor ni peor, sino diferente.

-Entonces, ¿podríamos decir que Es Gone nació en el universo de las novias?

No arranqué haciendo novias exclusivamente, pero sí era lo que más hacía. Porque obviamente la que tiene más presupuesto, la que va exclusivamente a hacerse algo diferente o a medida, son las novias.

Después obviamente llegan las madrinas, las madres, las invitadas… pero era más como de costado, venían de rebote.

Siempre la novia es la que más invierte tiempo, la que más se dedica. Son mis principales clientas, con las que sostenemos todo. Y me encanta.

-Y después llegaron las estrellas que empezaste a vestir. ¿Qué pasó ahí?

Crear para novias me encanta, pero nací con la televisión. Y eso es imposible de alejar. Me encanta el espectáculo, los shows, el drama. Así como después de la pandemia volvieron los casamientos, también volvieron los shows, las presentaciones en vivo. La gente pudo ir de vuelta a recitales y también volví a hacer prendas para shows.

Ese proceso lo disfruto mucho porque es la construcción de un personaje sobre un escenario, que sigue un concepto. Y es todo mucho más “extra”.

Poder hacer eso al mismo tiempo que se desarrollaba la marca me ayudó a que se formara ese ADN de GONE: esa esencia medio exagerada, dramática pero a la vez relajada, descontracturada. Fue la mezcla perfecta entre el show, lo extra y lo ceremonial.

-¿En algún momento, sentiste que no tenías todo bajo control?

Pospandemia no daba abasto. En el buen sentido, pero hacíamos todo a mano, de a dos.

Ahí empecé a pensar que estaría bueno tener algo listo, ready to wear. Por eso nacieron las gasitas, las que vendemos enrolladas, con las que nos conoce todo el mundo. Y eso fue un éxito.

Un vestido de seda, chiquito y versátil. No solo de fiesta, sino para todo el día. Para divertirse y vestir en cualquier ocasión.

La gasa nos vino muy bien. Coordino perfecto con todo.

-Estuviste en Designers y nos introdujiste a un Es Gone más cargado, con nuevas materialidades. ¿Siempre trabajaste con la gasa?

Como partí del universo novias, siempre usaba ese tipo de materiales: gasa, satén, seda. Fue una materialidad con la que trabajaba muy bien. Encontré un estilo propio con eso. No sé si era porque otros no lo usaban o porque lo hice propio. 

Ahí fue como: “Ok, tengo mi clientela, estoy llegando a un público que confía en mi trabajo. Puedo trabajar con este material, hacerlo propio y poder sumar otros materiales que me gustan de verdad”. Fue un capricho decir “solo seda”, pero por suerte lo recibieron muy bien. 

Es muy noble y, a la vez, es un material que se deshace. Quizás en algunos años mis diseños van a desaparecer, pero es parte del proceso y decido que sea así.

Trato siempre de aprovechar la oportunidad de un desfile para hacer algo diferente. Es una oportunidad espectacular para jugar. Este año quería eso: sorprender y hacer algo diferente. Para mí mismo también. Yo no me quiero saturar de lo mismo.

Si bien la gente espera verme haciendo lo de siempre, es fundamental sorprender. Meterle a las clientas que pueden jugársela con algo nuevo. Muchas se ceban y hasta me piden un mismo diseño con muchos colores, pero quiero que agarren algo nuevo.

Yo me quiero divertir, quiero ampliar mi lenguaje y los desfiles son el momento ideal para hacer eso. Sería poco sensato de mi parte no aprovechar esos momentos. Esta vez no quise escenografía, no quise nada extravagante. Quería que se lucieran las prendas porque ya son un montón. Quería poder lograr esa “abstracción” que quería.

Quería hacer una pasarela tradicional, quería volver a mis bases, a eso que me gusta de antes: la imagen tradicional de pasarela, sin mucha sarasa.

-Y en ese proceso también aparece una forma de trabajar que evita el desperdicio.

Todo se recicla, no se tira tela. Podemos tirar otras cosas, pero tela nunca.

Es parte de nosotros. Yo guardo hasta lo más chiquitito de todo y, por suerte, lo pude canalizar en mis diseños.

Tratamos siempre de no desperdiciar porque es caro principalmente y porque también nos potencia la creatividad.

Atamos nuestras cajas con retazos, hacemos accesorios. Además, no hacemos grandes cantidades.

-Tu crecimiento fue muy repentino y se me hace inevitable preguntarte la típica pregunta de siempre: ¿Cuándo fue el momento en el que dijiste “ok, llegué”?

Creo que es algo que va pasando por escalas. Hasta el día de hoy me pasa. De repente pasa algo que decís: “Ok, wow”.  La primera vez fue cuando hice un evento para lanzar la primera colección pospandemia, el lanzamiento de las gasitas. A los pocos días la gente venía a comprar. Yo no tenía productos.

Después de todo este boom me escribe una estilista para poder hacerle algo a Tini y no podía entender cómo. Ahí dije: “Ok, hay algo”. Y fue medio accidental, o no intencionado.

Me pasaron muchas cosas. Hice un TikTok con Stefi Roitman, que le hice un vestido para el casamiento de Paulo y Oriana, y se me recontra viralizó. Nunca había hecho nada en redes y eso explotó.

También cuando me escribieron para hacer una tapa de revista acá en Argentina. Eso me dio mucha ilusión. Y así todo el tiempo. Ni hablar lo de Wanda. Un delirio.

-Total. Un delirio. ¿Cómo te llegó esa propuesta?

Fue gracioso porque mi novio era fanático de un programa de TV donde ella era la conductora. Yo lo veía con él todas las noches y de repente me volví fan de ella y de todas las participantes, en especial varias que después llegué a vestir.

Indirectamente las manifesté y eso fue espectacular. De repente, los Martín Fierro. Todo muy bizarro y muy divertido.

Ser un diseñador tiene eso como de “snob” y “cool”: que solamente tenés o querés vestir a personas que den con tu marca, que representen todo esto. Pero yo crecí con la televisión. Con Marixa Balli, con Wanda. Entonces me encanta, me llena y me divierte. Vestiría muchísimas más mujeres del espectáculo solamente por el hecho de que me divierto mucho metiéndome en esos universos.

No soy un diseñador que quiere encasillarse en un cierto prototipo de mujeres. Diseño para todas, para todos los cuerpos y para todas las personas.

-Y ahora… ¿qué? Si pudieras manifestar algo a través de esta charla, ¿qué te gustaría que pase?

Amaría llegar internacionalmente. Flasheando a lo grande: vestir a Zendaya, por ejemplo, que la amo. Hay que llegar. Me han escrito para vestir a gente de afuera, pero se olvidan de lo difícil que puede ser. Tuve que rechazar algunas oportunidades, pero el contexto mucho no me ayudó. Se tiene que dar. Y confío en que en algún momento va a suceder. Sobre todo porque hay algo que mamé tanto de chico que flasheo con eso.

Siento que en Argentina me pasa que estoy en el híbrido donde de repente era un diseñador independiente, de repente no lo soy más pero tampoco soy una marca. Entonces estoy en un punto donde sí soy conocido, pero mi producto es de nicho, no lo entiende todo el mundo. Hay un cierto techo. Quizás tengo que salir a buscar otros mercados para que me conozcan, pero llegar es difícil.

Nunca voy a poder convertirme en algo masivo por cómo hacemos las cosas. Puedo ser masivo y producir más, pero mi producto no está hecho para ser una marca de shopping. Quizás de acá a 20 años, sí. Pero hoy no. Tampoco sé qué haré en 20 años. Todo puede pasar.

-Hablemos de las inspiraciones. En una época donde todo parece estar saturado, ¿qué te mueve a crear?

Tengo libros, tengo todo lo que cualquier persona con sensibilidad artística te pueda decir, pero sin duda mi mayor inspiración son los tiempos de antes, la ropa de antes.

Muchas cosas de la colección nueva salieron de prendas ya existentes: una pollera de mi abuela, un top vintage. Amo hacer eso, darle nueva vida a prendas olvidadas. Por eso me apasiona la ropa de museo.

Me gusta pensar que mi ropa es algo que en algún momento fue algo prolijo, sutil y, como pasaron 100 años, quedó como quedó. Soy rebelde con mis diseños: mojo, rompo, manipulo telas que en la lógica está prohibido, pero es mi esencia.

La comida también me inspira mucho. Salir a comer. Los colores, los sabores, los espacios. Se comparte el arte de hacer, de poder partir de ingredientes y transformarlos. Mi traducción nunca va a ser igual que ninguna referencia. De eso me quedo muy tranquilo.

Hoy en día todos estamos muy conectados y pasa mucho que hacés algo y a la semana ves que alguien alrededor del mundo hizo algo igual o similar. Y es muy loco.

-Después de un desfile, ¿qué pasa?

Lo que pasa post desfile es, obviamente, la catarata de contenidos. El desafío de ver qué se hace con eso y qué no. Después el arreglo y lavado de las ropas, arranca la preparación.

Ahora también nos estamos mudando de taller, así que eso también está pasando. Viene la temporada de casamientos, así que la gente viene a buscar lo que se vio. Lo usamos como disparador para crear. Y lo hacemos.

Los diseños del desfile también se usan como idea rectora, donde parten nuevos diseños. Va a suceder una muestra también en el taller nuevo: esto de poder darle una presencia especial a las prendas.

Cuando pasan en la pasarela es una cosa, pero otra es darle el lugar museístico que a mí me gusta, para que la gente pueda de verdad admirar el trabajo que hacemos, el tiempo que le dedicamos. Es una linda manera de darle un cierre a un proceso intenso y especial.

Gon habla de la ropa con la misma naturalidad y pasión con la que habla de la televisión, de salir a comer, de una pollera de su abuela… ¿Hay sofisticación? sí, pero no solemnidad. Hay espectáculo, pero también hay juego y seriedad. Hay una identidad muy definida, pero todavía existe la curiosidad por romperla.

Porque si algo queda claro después de hablar con Gon es que Es Gone no nació de intentar ser diferente, nació de encontrar algo diferente sin pretensiones, de insistir sobre eso hasta convertirlo en un lenguaje propio y, una vez encontrado, no tener miedo de volver a cambiarlo.

// Fotos: Justina Gastaldi + archivo @esgone

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