Una expo colectiva que descoloca y sacude. Seis artistas que se plantaron en el espacio sin pedir perdón ni permiso. El ambiente oscuro, íntimo y uterino llevó a indagar nuevas posibilidades, visibilizar tabúes y hermanar lo camp, lo grotesco y lo pop.
Dispositivos del yo: una instalación donde lo marginal se volvió luminoso. Por Melisa Boratyn para MALEVA.
Dispositivos del yo fue una muestra que no sólo rechazó sino que ignoró por completo a las paredes que la rodeaban para plantarse en el espacio sin pedir perdón ni permiso. Así también trascendió su mensaje más allá de los límites de su montaje en Fundación Cazadores (Villarroel 1438, Villa Crespo).
En un ambiente oscuro, íntimo y uterino, entre mayo y junio de este año invitó a indagar en torno a nuevas posibilidades y nos desafió a conectar con las obras de seis artistas bajo la curaduría de Carlos Herrera, que desde hace mucho tiempo entiende a la perfección cómo el arte puede cobrar una mayor potencia cuando supera la idea del espacio como una «caja blanca» cómoda y predecible. Si bien muchas veces hemos sido testigos de propuestas similares, esta exposición sirvió como pretexto para pedir que estas prácticas no queden en el olvido sino que adquieran un protagonismo necesario para potenciar nuevos discursos curatoriales y de diseño de montaje, que a veces caen en lugares seguros, por temor a la reacción de los públicos, pero que cuando expanden al máximo sus recursos, son celebradas y difícilmente se olvidan.
Dispositivos del yo nos desafió a conectar con las obras de seis artistas bajo la curaduría de Carlos Herrera, que desde hace mucho tiempo entiende a la perfección cómo el arte puede cobrar mayor potencia cuando supera la idea del espacio como una «caja blanca» predecible.

Entre máscaras, afiches y obras inmensas que parecían salir del piso cual película de terror de los ’80, estaba presente un video de Sandro Pereira, el reconocido artista tucumano, referente de la escena local de la década del ’90 y símbolo de la larga tradición artística de su provincia, que buscó introducir una experiencia con la que atraviesa el mundo cultural y el de las redes sociales, donde en plataformas como Instagram o TikTok sube videos cual influencer, donde se lo puede ver trabajar y bailar en su taller al ritmo de una seguidilla de temas que de manera urgente deberían ser compilados en una lista de Spotify. Haciendo honor al título de la muestra –y al igual que el resto de los artistas–, Pereira se mueve, goza, mira a cámara, la pasa bien, moldea arcilla y ayuda a descubrir nuevas facetas, o mejor dicho aquellas que no estamos acostumbrados a ver, de sus procesos creativos. Trabaja con y a través de su cuerpo, como en muchas otras ocasiones, donde el uso de la autorreferencialidad es su mejor estrategia de comunicación. Como explica Carlos Herrera, «Pereira no se representa: se consume».
Natacha Voliakovsky, que hace unos años vive en la ciudad de Nueva York, siempre está conectada con su querida Argentina. Con un cuerpo de obra centrado principalmente alrededor de la performance, superó la idea de la imagen como algo que representa y la transformó en una situación que respira, entra en conflicto, expone temas que pertenecen a la esfera de lo íntimo y denuncia. Una de las performances que formó parte de Dispositivos del yo es el video que nos recibía al entrar, en el que la artista expone el proceso de menstruación, donde, al igual que en otros trabajos, la sangre es protagonista.

Natacha también compartió dibujos en lápiz, una técnica que define como su primer amor y la herramienta que pasó a ser «la forma de decir algo cuando todavía no tenía lenguaje para nombrarlo», con la que empezó a imaginar acciones que luego se convertirían en algo que superaría el plano bidimensional. «Dibujo lo que no puede suceder en la realidad, aquello para lo que no hay cuerpo, tiempo ni contexto posible. Estos dibujos funcionan como partituras y archivos de lo que solo puede existir en la imaginación».
Con un cuerpo de obra centrado principalmente alrededor de la performance, superó la idea de la imagen como algo que representa y la transformó en una situación que respira, entra en conflicto, expone temas que pertenecen a la esfera de lo íntimo y denuncia.
Hacer de la sangre un manifiesto público que se escapa del tabú y nos pone de frente con eso de lo que todavía muchas veces se siente incómodo, como si fuera algo que tenemos que ocultar para que otros no se sientan ofendidos, imponiendo control sobre los aspectos más naturales del cuerpo. Un mensaje social que todavía se impone sobre las mujeres desde una edad muy temprana y que viene de la mano de un debate que hace tiempo está en circulación: la menstruación libre, algo que la artista decidió implementar durante la pandemia en su casa.
Los videos de Victoria Papagni, intercalados y en diálogo con piezas tridimensionales, hackearon la tecnología desde el cuerpo, como dice Herrera, en un tono sensual e hipnótico. Por eso frente a dos caras de perfil que se besan, pasan la lengua y comparten saliva era difícil dejar de sentirse un poco hipnotizado, contagiado por la sensación general de la muestra, con su luces bajas y el deseo de querer confesarlo todo entre sus rincones. Como si nadie más que las obras fueran a oír. Victoria invitó a pensar en los límites entre los cuerpos reales y la posibilidad de que la entrada de la virtualidad pueda ser una alternativa que provea de las sensaciones que genera lo humano. Permitiendo también que los cuerpos ingresen de una manera casi opuesta a la de Voliakovsky por ejemplo.
Mauro Guzmán «teatraliza la identidad», aclara Carlos Herrera, y con apenas cinco palabras todo hace sentido, ya que el artista rosarino siempre pisa fuerte —con una impronta ensordecedora— y desploma su obra con una seguridad intimidante, donde parece leerse los conceptos desborde, exceso y exuberancia. Su trabajo generaba inestabilidad, casi al punto de incomodar, aunque también posee «superficies que multiplican» donde lo camp, lo grotesco y lo pop se hermanan. Mucho de eso también está presente en la producción de Leonardo Sánchez, donde el material pesa y obliga a que las posibilidades de recorrido se tuerzan. Sus criaturas y personajes, compuestos de materiales de descarte que dejan ingresar al mundo de la pornografía, los afiches de terror y las imágenes obsoletas, descolocan y sacuden, haciendo vibrar todo a su alrededor.
Por último, el sentido en la obra de Belén Romero Gunset va por otro lado. Por medio de la fotografía y la performance entre muchos otros dispositivos, ensaya archivos queer, algo que en obras anteriores mostró a través de la reinterpretación de trabajos como el de Claude Cahun, uno de los referentes más valiosos de las vanguardias del siglo XX, que fundó visiones claves para comprender al surrealismo, a pesar de que fue invisibilizada y no ocupó el lugar merecido en los relatos posteriores de la historia del arte. Como dice Herrera, en las prácticas de Romero Gunset, la monumentalización de un estereotipo lésbico no es celebración ni caricatura, sino operación de resignificación, donde «lo marginal se vuelve luminoso».
La monumentalización de un estereotipo lésbico no es celebración ni caricatura, sino operación de resignificación
Ese fue el valioso elemento que trajo a esta muestra: luz y claridad por medio de una sola frase, A suit for a lesbian.
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Fotos por Ana Rodríguez Baños | Fundación Cazadores.
