Son pocos los restaurantes que me fascinan, y Menenga es uno de ellos: un lugar heroico, que sumó una profunda mirada gastronómica en un barrio que ni siquiera sabía cuánto le hacía falta.

Es pequeño, rústico y tiene una cocina angosta; pero hizo algo de valientes: trajo una profunda mirada gastronómica a Caballito, desde una de sus calles olvidadas. Nicolás González y Eugenia Winogora lo conducen con soltura, sabor y honestidad brutal.

Son pocos los restaurantes que me fascinan, y Menenga es uno de ellos: un lugar heroico, que sumó una profunda mirada gastronómica en un barrio que ni siquiera sabía cuánto le hacía falta. Por Rodo Reich para MALEVA. 

Menenga es un restaurante heroico. Así de exagerado lo describo: cuando este restaurante abrió sus puertas en 2018, en una olvidada calle de Caballito, era necesario ser valiente. Por ahí, en esa parte del barrio donde subsisten casas bajas y árboles frondosos, no había nada que se le parezca. Apenas algunas pizzerías, algún boliche donde comer milanesas, un par de olvidables deliveries de empanadas. “Viví acá toda mi vida”, cuenta Nicolás González, quien junto a su pareja Eugenia Winogora conducen Menenga, con soltura, sabor y honestidad brutal.

Nicolás viene de familia gastronómica con tradición en sus genes: “Mi abuelo, Pedro Brizzolara, era una persona tope de gama; con mi abuela fueron muy importantes en Mar del Tuyú, donde tuvieron hotel y restaurantes. El hermano de mi abuela, Louis Pignol, trabajó en Los Negros con Francis Mallmann, también en el Sheraton, en Hipopótamo. Yo mamé de esto, por ellos estudié cocina”, cuenta. 

Tras algunas experiencias en restaurantes de alcurnia (entre ellos, el Aramburu más punk, el que estaba en Constitución), en 2017 Nicolás abrió -en la casa de sus padres- un bar a puertas cerradas: Arengreen Bar. Ahí comenzó a ofrecer hamburguesas smasheadas, sumándose a una moda que, por esos años, estaba en ascenso. Fue muy bien recibido por los vecinos, pronto su nombre comenzó a circular como un secreto del barrio, el dato que todos quieren tener.

Ese empujón le hizo ganar ambición: por qué no ir por más, se preguntó. “Quería armar un lugar que abra de noche. Por la zona no había nada así. Mis viejos me ayudaron, Euge estuvo conmigo desde el principio. En 2018, inauguramos Menenga. Teníamos nuestras hamburguesas, pero la idea era ir más allá de eso, con platos un poco más jugados. Fui probando cosas, me equivoqué, mejoré. Hoy, estamos en un gran momento”, dice.

En esa parte del barrio donde subsisten casas bajas y árboles frondosos, no había nada que se le parezca. Apenas algunas pizzerías, algún boliche donde comer milanesas, un par de olvidables deliveries de empanadas. “Viví acá toda mi vida”, cuenta Nicolás

Menenga es pequeño, algo rústico, con una cocina angosta, donde todo está a la vista: la plancha, las hornallas, la vaporera, el horno. El salón es modesto, paredes descascaradas, mesitas simples, hecho con ahorros y a pulmón, como pasa en muchos lugares que valen la pena. Es una cocina ecléctica y caprichosa, que sigue los gustos de Nico y Euge. Destacan los muchos guiños a la cocina coreana, algo que comenzó cuando decidieron dejar de ir a comprar ingredientes al Barrio Chino (en el lejano Belgrano), para empezar a comprar en el Barrio Coreano, en Flores, mucho más cerca de donde ellos están. “También me influyó lo que hace Javier Urondo. Fui a su restaurante varias veces, él fue siempre muy generoso y desinteresado, me hizo pasar a su cocina, me mostró cómo trabaja”, cuenta. Hay algo de la libertad y desparpajo de Urondo que se respira acá.

Es una cocina ecléctica y caprichosa, que sigue los gustos de Nico y Euge. Destacan los muchos guiños a la cocina coreana, algo que comenzó cuando decidieron dejar de ir a comprar ingredientes al Barrio Chino (en el lejano Belgrano), para empezar a comprar en el Barrio Coreano, en Flores, mucho más cerca.

Y hay algo acá que, también, le abre las puertas a otros: Menenga es un ejemplo, una esperanza para otros cocineros, una muestra de que, a veces, con cabeza, con conocimiento, con ideas, trabajo e insistencia, con algo de suerte también, se puede. Y eso es parte de lo que tanto me fascina de este lugar. Su forma de pararse en el barrio y decir: acá estamos, contra vientos y mareas.  

En las paradojas de la economía argentina, la pandemia significó un empujón fuerte para este restaurante. Su propuesta demostró ser necesaria para vecinos que precisaban sentir que había vida, creatividad y esperanzas aún en el laberinto del encierro. Creció además físicamente, con un deck en la vereda propuesto por el GCBA, que le duplicó la capacidad, sin perder espíritu.

La carta cambia cada tanto, manteniendo los mismos preceptos, una filosofía del sabor que es el ADN de la casa. Los panes son caseros, los sabores son intensos, hay juego con cocinas de colectividades, hay mirada argentina y porteña. Las hamburguesas siguen siendo parte importante del menú; varios incluso creen -equivocados- que Menenga es una hamburguesería. Hay seis opciones que salen en un pan de zapallo kabutia excelente: algunas con clásicas, como la Oklahoma(doble carne, cebolla a la chapa, cheddar y salsa de la casa, $24200); otras son propias, como la Korea, con doble carne, queso tybo, kétchup de gochugang, kimchi de pepino y lechuga, a $24.500. Suelen sumar ediciones especiales, como la de carne madurada, servida en medallón grueso (no smash), polémicamente jugosa e intensa.

Los panes son caseros, los sabores son intensos, hay juego con cocinas de colectividades, hay mirada argentina y porteña. Las hamburguesas siguen siendo parte importante del menú; varios incluso creen -equivocados- que Menenga es una hamburguesería

Hay que decirlo: las burgers son deliciosas, no fallan. Aún así, lo que más me divierte de Menenga viene por los otros platos de la carta. 

El pollo frito picante con pickles de nabo es un clásico inamovible ($29000), y está bien que así sea: crujiente por fuera, jugoso por dentro. Las empanadas fritas de tapa de ojo de bife cumplen lo que prometen ($7500), y brillan aún más las de bulgogi de hongos y queso, un bocado festivo por $6500. Como best seller del momento tienen un fosforito crujiente y mantecoso, que sale con trucha, queso crema, eneldo y huevo poche, plato salido de un deli y aterrizado en Caballito; otro hit es el bao de chorizo a la parrilla con chimichurri y lactonesa de shiso, acompañado de papas pai bien crocantes ($22000). Dos clásicos más que valen la pena: la provoleta con morrón y pasta de perejil ($23000) y la milanesa de cerdo con kimchi de tomate y ensalada de repollo. Por último, tienen un sándwich de milanesa de gírgolas, provolone rallado, rúcula, una salsa venezolana de palta, jalapeño, mango y papas fritas, que compite por ser de los mejores sándwiches vegetarianos de BsAs. 

Para beber, los vinos son de bodegas pequeñas y no tan convencionales (no hay carta, sino que las botellas están exhibidas y las elegís mirándolas en el momento), que los provee La Cueva de Musu (@mr.wines), vecino de la casa. También hay cerveza, vermú y mucha felicidad. Un rincón que se pone la capa para hacerle bien al mundo donde vivimos. La definición clásica de un héroe.

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