A un mes de lanzar la segunda edición de su libro “Buenos Aires revelada: Fachadas de la ciudad cotidiana”, el fotógrafo aficionado que captura desde su celular nos invita a mirar para arriba y amar nuestro lugar.

“Me sorprendí íntimamente con una ciudad que no sabía que existía (y que pensaba que conocía)”: con Pablo Fernández, el porteño que fotea la ciudad como entramado. Por Clara Cattarossi. Fotos: Delfina Sevitz para MALEVA.
Mirar para arriba en Buenos Aires: eso es lo que nos invita a hacer el comunicador social Pablo Fernández en su cuenta de Instagram (@pablofe70) y en su libro Buenos Aires revelada: Fachadas de la ciudad cotidiana (2026), que él llama “una declaración de amor a nuestra ciudad y a su patrimonio colectivo”. Es que en el título ya encontramos una pista de su modus vivendi: el registro de lo cotidiano. Una práctica tan sencilla y accesible y que, sin embargo, damos por sentada. Vivimos rodeados de una belleza que nos grita desde todos los rincones de la ciudad por ser vista, y Pablo nos propone el ejercicio de recuperar la mirada, no sólo para apaciguar el día a día sino también desde el acto político que implica comprometernos con lo que nos circunde.
La historia de la comunidad que armó Pablo –que vivió en Almagro hasta los 29 años, pasó por Palermo un año y medio para luego volver al barrio hasta 2021, porque ahora vive en Balvanera– entre sus seguidores empezó de manera casi accidental: como recuerda en la introducción de su libro, lo que surgió como un pasatiempo devino en una “práctica casi ritual”. Se puso como meta publicar una imagen por día, de una fachada con su ubicación exacta, en su Instagram, al modo de “álbum de figuritas”. Y sin darse cuenta, creó una red que une y que nos interpela a todos a partir de lo más cotidiano y mundano: la «topofilia», el amor por el lugar.
¿Por qué este tipo de imágenes nos conmueve tanto? ¿Qué fibra toca, o qué emociones suscita? ¿Cómo algo cotidiano y accesible puede alegrarnos la rutina? Como fundamentalistas de la linda vida, desde MALEVA conversamos con Pablo para contestarnos esto y más en esta entrevista, en un paseo por el casco histórico de la ciudad entre campanadas que evocan otros tiempos y el ruido característico de una ciudad cosmopolita moderna.

Al embarcarte en este proyecto de registrar lo cotidiano a través de tus fotos, ¿con qué te sorprendiste?
Me sorprendí íntimamente con una ciudad que no sabía que existía. Yo pensaba que la conocía, pero la fotografía te obliga a caminar y a armar un vínculo real, a conocerle las mañas. La gente tiende a pensar que todo lo histórico está en el casco antiguo (San Telmo, Monserrat, San Nicolás, el microcentro). Pero te vas a los barrios y es una locura. Estuve recorriendo Floresta, Flores, Villa Pueyrredón, Villa Urquiza, Colegiales, Belgrano, e incluso el sur profundo como Lugano, que tiene una zona residencial preciosa. Ahora me tirás cualquier esquina y sé de qué me hablás; antes no tenía idea, y eso se logra pateando la calle.
La foto de la tapa del libro, de hecho, es de Monte Castro, un barrio al que nunca había ido. Está cerca de la casa donde filmaron Esperando a la carroza (1985). Hay casitas hermosas con jardín adelante y puertas con vidrios de colores que sobreviven pese a todo.
También me hicieron notar otros fotógrafos que saco muchas fotos “entre medianeras”: esa imagen de la casita que sobrevivió atrapada entre dos grandes torres.
¿Cuál fue la sorpresa más grata o el feedback que más te llamó la atención?
Lo más lindo es la respuesta de la gente en Instagram. Yo armé esto como mi propio “álbum de figuritas”, pero generó una respuesta emotiva y un apego tremendo que rompe con ese desapasionamiento que parece haber en la calle. Subo la foto de una fachada con la dirección exacta –porque me gusta que la gente pueda ir a verla por sí misma o sacarle su propia foto– y explotan los mensajes: “Ahí pasé mi infancia”, “Ahí vivía mi tía”, o “Vivo a dos cuadras y nunca me había dado cuenta, voy a pasar a verla”.
Esto es lo que Natalia Karbabian –arquitecta, artista y autora del prólogo del libro de Pablo– llama topofilia, el amor por el lugar. Una propiedad no vale solo por su estética, sino por la conexión humana. El verdadero valor se lo da quienes habitaron o habitan esos lugares, que muchas veces hacen lo posible por conservarlos.
Me pasó hace poco con una casa por Crisólogo Larralde; la gente empezó a comentar que ahí vivía Delia, una profesora particular muy querida que murió. Incluso yo, habiendo estudiado comunicación social y trabajando en esto, no le prestaba atención a esa dimensión humana del patrimonio.

Algo muy lindo de tus fotos es que estás muy a la par de los edificios. No usás ángulos de arriba a abajo, sino una relación muy par, cotidiana, sin idealizar la arquitectura.
Deberíamos vincularnos así con la arquitectura, de una manera cercana y cotidiana, sin tanto respeto sagrado. Si idealizás de más, caemos en el error de proteger solo el “monumento” aislado y descuidar el resto de la trama urbana.
Además, los europeos que vienen acá quedan fascinados con el eclecticismo de Buenos Aires. En España, por ejemplo, ves estilos arquitectónicos muy definidos; acá hay una mezcla hermosa.
Claro, si ponemos distancia con los edificios, los terminamos enajenando de lo cotidiano. Se vuelve un escaparate inalcanzable.
Esa distancia y la falta de relación generan desapego. Muchos de los que critican dicen: “Ustedes quieren una ciudad museo, estática, donde no se toque nada”. No, para nada. La ciudad es un organismo vivo y tiene que reflejar los cambios de la gente que la habita. El patrimonio se puede conservar perfectamente reutilizándolo. En Europa lo ves todo el tiempo: en las plantas bajas tenés locales comerciales modernos de grandes marcas, pero mirás para arriba y la estructura histórica está intacta y es una locura.
Hay que hacer un cambio de paradigma urgente y salir de la idea de que solo se preserva el edificio “histórico”. Esa palabra funciona como un ancla limitante, porque parece que tienen que haber pasado grandes hitos o el prócer nacional para que algo tenga valor.

Hay una idea en tu libro que asume la ciudad como un entramado con el que dialogamos todos los días, ¿es así?
El tema es que muchas veces uno piensa en preservar una sola casa de la cuadra, cuando en realidad el diseño de toda esa cuadra es un tejido. Cuando se pensó el diseño de una manzana, las propiedades se concibieron para convivir entre sí, con alturas similares. No es un tema puramente estético; la armonía que la cuadra tenía se rompe violentamente con estas irrupciones edilicias que no tienen nada que ver con nada. Al meter una torre ahí, empezamos a perder cosas naturales: perdemos cielo, perdemos aire, tapás la luz de los patios linderos…
También hay algo de cómo el sujeto se condiciona por el entorno y viceversa, como una simbiosis o un organismo vivo. Sin embargo, parece que vivimos a mil y no prestamos atención a lo que nos rodea.
Vivimos a full y no reparamos en aquello que tiene valor, lo que permite que después se lo lleven puesto. Cuando te acordás, ya es tarde. Por eso, si una foto que uno sube a las redes o incluye en un libro sirve para llamar la atención y hacer que alguien reflexione o mire más lo que lo rodea, ya es un logro.

El ejercicio de mirar puede empezar siendo un acto político, entonces.
Absolutamente, porque empezás a tener más control y conciencia. Lo curioso es que cuando la gente viaja a Europa, vuelve maravillada mirando la arquitectura y la cultura. ¿Por qué valorás lo de allá y no lo de acá, si en definitiva no es tan distinto? Y si lo fuera, se debería apreciar desde esa diferencia. Parece que pensáramos que lo de allá no se puede replicar acá, y es mentira.
Con una amigas hablábamos el otro día de que el valor del patrimonio urbano se tendría que empezar a enseñar desde la escuela primaria y secundaria, no recién en la facultad. Si todo este proyecto sirve para reivindicar lo cotidiano, para mirar lo que está a la vuelta de casa y conectarnos más con la ciudad, el esfuerzo valió la pena.
Galería




