Heredar en Argentina es mucho más que administrar una historia de éxito; es animarse a mantener vivo un saber familiar sin traicionar su esencia ni la propia identidad. De una talabartería centenaria al imperio del vino, el arte contemporáneo y la moda pop, cuatro protagonistas de negocios exitosos nos cuentan cómo transforman y co-crean el legado de sus apellidos en presente.
El arte de heredar: habitar el pasado para diseñar el futuro. Por Justina Gastaldi para MALEVA.
Heredar un negocio no es sólo recibir una técnica o una historia ya escrita, sino hacerse cargo de un saber que busca sobrevivir al paso del tiempo. En un mundo que le rinde culto a lo efímero (y en un país tan incierto como el nuestro), ese gesto se parece menos a un privilegio y más a una forma de resistir.
Porque no es lo mismo administrar lo que ya existe que animarse a transformarlo sin traicionar su esencia. Una herencia que no se conserva intacta es la que se sostiene en constante movimiento. Para que una tradición no muera, alguien tiene que animarse a cambiarla o hacerle unos retoques en la piel.
MALEVA conversó con referentes de la herencia en distintas áreas y de distintos tipos. Discutimos sobre la presión de recibir un oficio, de ser parte de un legado, la capacidad de transformar y la delgada línea entre el respeto por lo ancestral con la necesidad latente de hacer algo nuevo.
1. AYNIÉ: Habitar una herencia de cien años y tejer otro rumbo.
Clara Aynié & Marina Heredia
Aynié no es una herencia directa, pero tampoco nace de cero. Su origen está en una talabartería con casi cien años de historia, un oficio transmitido durante generaciones (siempre en manos de hombres) y profundamente ligado al mundo del campo. Luego de tres generaciones masculinas, casi por un capricho del destino, apareció la descendencia femenina. Dadas las condiciones del trabajo y la historia, el flechazo de Clara Aynié no fue instantáneo.
“Clari siempre cuenta que de chica iba a la talabartería y había olor a bosta, porque estaba al lado del campo de polo, las personas que trabajaban eran hombres, el negocio mucho no le llamaba la atención… no era un lugar al que ella sentía que pertenecía”, recuerda Marina Heredia, hoy su socia. Durante mucho tiempo ese universo le resultó parte de su vida pero ajeno a su futuro laboral. Con los años, sin embargo, apareció algo más profundo: la curiosidad, el respeto por el hacer y el deseo de transformar ese legado en algo que le resonara un poco más.
Aynié nace en ese gesto. No como una continuidad literal, sino como una reinterpretación sensible: recuperar oficios tradicionales ligados a lo artesanal y traducirlos en un lenguaje más cercano, versátil y contemporáneo. Inspirada en el negocio familiar centenario pero con una mirada con proyección internacional, la marca pone en el centro dos elementos clave: el cuero y el tejido, para trabajarlos desde la investigación constante, redescubriendo técnicas ancestrales para proyectarlas hacia el presente.

En ese camino aparece Marina, primero como compañera de trabajo y después como socia, sumando una mirada que, aunque no viene del apellido, conecta profundamente con ese universo. “Yo no soy Aynié, pero hay algo de ese legado que también siento propio. Me crié siempre con el campo, viví años de mi vida ahí y disfruto mucho de ese entorno”, dice. Su vínculo con la tierra y el hallazgo (obra del destino) de un antiguo bolso de la marca en el altillo familiar terminaron de sellar una conexión que hoy la convierte en una de las caras del proyecto.
Lejos de romper con la tradición, lo que hacen es habitarla desde otro lugar. Sin miedo, pero con respeto. Y en ese movimiento aparece algo que transforma no solo el producto, sino también el sistema: Aynié se apoya en una red de tejedoras, mujeres que hoy encuentran en el proyecto una oportunidad y construyen desde ahí una práctica donde lo femenino no es tendencia ni discurso, sino una forma de hacer.

Con una producción consciente y enfocada en crear objetos que perduren en el tiempo, redefinen esa herencia familiar desde un estilo más urbano, funcional y elegante. Accesorios pensados para el uso cotidiano donde cada decisión responde a una misma lógica: sostener el oficio, pero hacerlo evolucionar.
2. GALERÍA RUTH BENZACAR: La cara del arte contemporáneo atravesado por generaciones.
Ruth, Orly y Mora en la galería.
Hablar de la galería Ruth Benzacar es hablar de trayectoria, de arte contemporáneo y de legado familiar. Con Orly Benzacar y Mora Bacal al frente, el espacio que empezó en el living de una casa es hoy, un punto de encuentro para artistas, críticos y coleccionistas, con una proyección que trasciende fronteras.
A pesar de sus recorridos profesionales inicialmente ajenos al arte, Orly y Mora crecieron completamente atravesadas por ese universo. La herencia fue, en ese sentido, una condición inevitable. No por imposición, sino por el hecho de haberse criado en un entorno tan cargado de creatividad: “La galería termina siendo como un hogar. Es un trabajo tan absorbente que no tiene horarios, entonces tu vida y el espacio se mezclan. Yo iba los sábados de chica, como ahora van mi hijos. Estás ahí y, sin darte cuenta, vas absorbiendo todo”, cuenta Mora.

Pero lo interesante no está en esa continuidad casi natural, sino en lo que vino después. Porque si bien Ruth Benzacar fue y es un emblema dentro de la escena, asumir ese legado implicó también enfrentarse a su peso. “Al principio sentí la presión de hacerme cargo de algo que era muy de mi mamá. La galería tenía sus clientes, sus artistas, sus visitas. Pero yo no soy mi mamá. Tengo mi propio criterio, mi propia personalidad”, reconoce Orly. Y ahí aparece el verdadero desafío: no repetir, sino transformar.
Hoy la galería deja de ser una estructura fija para convertirse en un organismo en constante movimiento. La incorporación de nuevas voces, de otras miradas y formas de trabajo no busca conservar intacto el pasado, sino hacerlo evolucionar. Incluso frente a la mirada externa, el camino fue construir una identidad propia sin romper con lo anterior.
“Siempre tengo presente a Ruth. La siento cuando logramos hitos que a ella le hubiera encantado vivir. No es casualidad que la galería siga teniendo su nombre. Esto es ella, pero también nosotras. Tratamos de elevarlo y expandirlo con amor y esfuerzo”, dice Orly.
Mora y Orly.
Y en ese sostener aparece otra clave: mantener una dinámica interna de colaboración y respeto que potencie el negocio. “Sin generosidad, sin respeto, sin dejar de lado los egos, es impossible mantener algo así. La apertura es fundamental. No siempre estamos de acuerdo, pero siempre terminamos consensuando. Eso es lo rico, y por eso funcionamos”.
Después de más de seis décadas atravesando contextos, crisis y transformaciones, la galería logra mantenerse vigente sin perder identidad. Hoy es un espacio completamente vivo, donde el legado no se guarda en una caja, sino que se abre, se discute, se moldea y se proyecta hacia adelante.
3. FALASCO: El legado como vanguardia reinventada.
Los Falasco: Francesco, Florencia y Franco.
Hay apellidos que resuenan en universos, y en el del vino argentino, Falasco es uno de ellos. Pero detrás de las etiquetas que vemos en las góndolas y de las hectáreas, hay algo mucho más poderoso: la responsabilidad de heredar. No solo de administrar lo que otros hicieron, sino de recibir un relato y animarse a construir nuevos caminos sin perderse en el intento.
¿Cómo se convive con un legado que empezó en 1939 con un inmigrante italiano que, antes de entender sobre suelos y cosechas, entendía de trabajo puro? Hoy, Franco Falasco, junto a sus hermanos Florencia y Francesco, lidera la cuarta generación de un grupo que pisa, y muy fuerte.
Para entender la pasión, hay que viajar en el tiempo. La historia no nació entre viñedos, sino en los negocios de proximidad. Octavio Rufino Falasco y su hijo Aroldo empezaron con una fábrica de jabones y calderas. Pero el vino, ese «alimento milenario» como lo llama Franco, ya iba pidiendo permiso para hacerse presente. «Empezaron comercializando vinos de traslado: moscato, tinto, carlón rosado. Eran visionarios: cuando el blanco estaba en auge, usaban moldería de 930 cm³, antes de que llegara el tapón a rosca o las botellas de 750», recuerda.
En los 80, la familia se radicó en el oasis de Rivadavia, Mendoza. Ahí, la tercera generación fundó un hito: Bodega Los Haroldos. «Incursionaron en el año 89, comprando el casco de las bodegas y construyendo una estructura de grandes volúmenes para explotar el producto con la impronta de mi papá».
Cuando le pregunto qué queda de esa «vieja guardia» en sus proyectos más disruptivos, su respuesta es inmediata: «Hay pilares inamovibles. Como la relación precio-calidad y ser absolutamente una empresa familiar, sin centavos de holdings ni extranjeros. Ser familia significa ser ágiles. A las empresas las hacen las personas, y el desafío más grande hoy es sentir que todos somos dueños y responsables de cada sector».
Ese sentido de pertenencia es lo que le permitió a Franco dar un paso que para muchos era arriesgado: Falasco Wines, el camino del nicho, la escasez y la ultra alta gama. «Para mis antecesores, el éxito quizás era llegar a cada mesa del país. Para mí, implica evolución y adaptación», explica. Entiende que hoy el público busca algo más wellness y saludable, pero no ignora las contradicciones del mercado, como el auge del vino dulce natural que no para de crecer.
Franco Falasco.
Hoy conviven mundos distintos que se complementan como la línea Chateau Subsónico, nacida en tiempos de pandemia, cuando Francesco trabajó en equipo con su padre para desarrollar una propuesta diferente. Este proyecto conceptual donde se conjuga el arte y vinos de enología desestructurada, rompe las estructuras conceptuales y estéticas clásicas de la industria al utilizar las plantas de vid como base de todo, creando música a través de ellas. Mediante una relación directa entre las plantas y los electrodos, se aprovechan los voltajes generados por la propia naturaleza para transformarlos en diferentes patrones musicales y de video. En este ecosistema interactivo, la estación y el contexto de las plantas son cruciales: las señales son vivas y variables, dependiendo del ambiente exacto donde ellas se encuentren.
Falasco hoy es tradición, legado, familia y calidad. «Si hoy ves el mundo del vino solo como negocio, es complicado. Esto se sostiene por amor y por cariño. Detrás de una botella hay muchas manos, horas sin dormir, contingencias. Hay que respetar y cuidar el negocio». Al final, heredar es eso: recibir un relato y animarse a escribir una nueva historia firmada por autores con la misma sangre.
4. Kosiuko ft Fiona Bonomi: aportar una nueva sensibilidad al ADN familiar.

Escuchar hablar a Fiona es entender, de inmediato, un legado despojado de soberbia; un espíritu fresco y joven con una sensibilidad que traspasa. Mientras el imaginario colectivo debate constantemente el concepto de nepo baby, en su caso hay un orgullo genuino, un respeto casi sagrado por el esfuerzo que delata su historia: es la única hija mujer del clan Bonomi-Kern, fruto del matrimonio que fundó Kosiuko, la marca que reconfiguró la moda argentina de los 90 y 2000.
Para Fiona, la moda nunca fue una industria ajena; fue un patio de creatividad. «Desde que nací, Kosiuko ya existía. Entonces, para mí siempre fue algo que formó parte de nuestra familia; nunca lo vi solamente como el trabajo de mi mamá y de mi papá, porque siempre trabajaron mano a mano», recuerda. «Me acuerdo que todas las semanas mi mamá me traía prendas de muestra de la línea Kids para probarme y, para mí, era una pesadilla: aparecía con cinco o seis muestras y yo salía corriendo, escapándome como podía. También tengo recuerdos de terminar escondidos con mis hermanos en los depósitos de telas, jugando a las escondidas».
Ese caos fascinante de texturas terminó por inculcarle una vocación que hoy ejerce con una dedicación absoluta. «Jugaba con absolutamente todo. Ahí aprendí a coser y, mirando para atrás, creo que gran parte del semillero de lo que hago y de lo que me apasiona hoy estuvo ahí, aunque en ese momento no me diera cuenta».
En cuanto a la herencia, confirma que de sus padres recibió una escuela de constante constancia: “De mis papás heredé, sin duda, la disciplina. Siempre me impresionó verlos sostener durante tantos años un nivel de intensidad creativa enorme: las colecciones, las campañas, los desfiles. Terminaba una cosa y ya estaban pensando en la próxima. Era un proceso creativo interminable y eso me enseñó muchísimo sobre la constancia, el compromiso y la pasión por hacer. También siento que heredé de ellos esa necesidad de construir, crear y seguir impulsando ideas todo el tiempo».


Hoy, Fiona es un miembro firme en el día a día Kosiuko. A diferencia de otras herencias que se reciben como un paquete cerrado cuando los fundadores se retiran, ella construye el futuro de la marca codo a codo con su mamá, ahora. Lejos de la competencia, el vínculo se transformó en un laboratorio de creatividad. «Hoy trabajo con distintos equipos dentro de la empresa, no solamente con mi mamá. Y algo muy lindo de KOSIUKO es que siempre hubo mucha apertura hacia las ideas. Eso me ayudó muchísimo a animarme a proponer, pero también a desarrollar una mirada propia y confiar en mi criterio. Con mi mamá hay una ida y vuelta muy creativa y muy natural; como venimos de generaciones y universos distintos, justamente ahí aparece algo muy enriquecedor. Hay intercambio, hay debate y mucha construcción en conjunto», explica.
Su foco está en el área de marketing, pero su mirada se expande hacia el producto, las estampas y la inspiración visual. ¿Su misión? Ser el puente entre el ADN histórico de la marca y los nuevos códigos de consumo de una generación que habita otros universos y busca la autenticidad.
«Creo que ahí aporto una mirada muy conectada con la comunicación, especialmente con las nuevas formas de consumir moda y con cómo se construyen hoy las marcas. Intento estar siempre muy conectada con lo que pasa culturalmente. Me interesa entender los nuevos códigos y las nuevas maneras en las que la gente se vincula con las marcas. Pero también creo profundamente en el trabajo en equipo. Creo que hoy aporto mi propia sensibilidad. Cada persona tiene una manera distinta de mirar, de editar y de interpretar una idea, y hoy me siento mucho más cómoda poniendo esa mirada en práctica».

Asumir la responsabilidad de contribuir con la continuidad de un imperio textil que ya es una institución en el país podría ser una mochila pesada para cualquiera. Sin embargo, en la madurez de Fiona, el concepto de herencia se resignifica: de carga pasa a ser una motivación absoluta.
Cuatro historias, cuatro apellidos y una misma certeza: la verdadera herencia no se guarda en una caja fuerte para que junte polvo. Se milita todos los días, con el respeto por los que abrieron el camino y la audacia necesaria para trazar el propio.