«Pinto como si bailara»: cuatro artistas que llevan el folklore y la fantasía a La Noche del Diseño

Oficio, color y memoria en primera persona: Eugenia Mendoza, Agustina Leguizamón, Mora Becerra y Romeo Sosa nos abren sus talleres antes de presentarse en la nueva edición de Distrito Arenales. Recargada de performances y experiencias ao vivo, la gran noche del diseño urbano ¡¡¡es mañana!!! y como previa te invitamos a conocer a cuatro artistas que participan de la movida que este año explora el folclore. No solo como tradición, sino como un territorio vivo que heredamos, transformamos y compartimos. 

«Pinto como si bailara»: cuatro artistas que llevan el folklore y la fantasía a La Noche del Diseño. Por Sol Leguizamón para MALEVA. 

Alianzas creativas, tendencias, instalaciones multidisciplinarias, puestas escenográficas, música en vivo: un festival gratuito llega mañana a Juncal y Arenales, para extenderse por calles aledañas, a cielo abierto. El miércoles 28 de octubre, de 18 a 21, el Distrito Arenales vuelve a salir a la calle con una nueva edición de La Noche del Diseño, esta vez bajo la consigna Folklore y Fantasía. “El hilo conductor remite a nuestra identidad local, atravesándola desde el universo de lo simbólico, lo imaginario y lo fantástico. Entendemos el folclore no solamente como tradición, sino como un territorio vivo: aquello que heredamos, transformamos, inventamos y compartimos”, señalan Vic Tolomei + Atlántico Estudio, a cargo de la curaduría. 

A partir de esa idea, el recorrido se arma en cuatro circuitos, cada uno atravesado por un eje: Hábitats, Sueños, Metamorfosis y Mística. 

Más de 90 locales en diálogo con duplas creativas de artistas, fotógrafos, interioristas, diseñadores y performers. Entre las propuestas, Casa Quintana y Agustina Leguizamón despliegan una gasa XXL que cae por la fachada desde el último piso hasta la calle. La Feliz arma una procesión de lámparas convertidas en altares contemporáneos y César Lago hace desbordar rosas inflables por el frente de Walmer.

En MALEVA elegimos cuatro artistas y sus miradas para recorrer la noche de cerca. 

1) Eugenia Mendoza / Una vuelta al origen postapocalíptica

Eugenia Mendoza estudió Sociología, vive en el Delta y trabaja con mimbre, una fibra casi ausente del arte contemporáneo, con la que teje vigas, columnas y formas industriales a partir de la técnica de la cestería criolla. Para La Noche del Diseño es parte de “Elemental”, la experiencia de Salazar Casa que reúne diseño, arte y materia, y donde sus esculturas de gran escala hacen contrapunto con paletas claras y puras. “Cada vez que me aproximo a un oficio lo hago desde una mirada sociológica: me interesa su historia, cómo se desarrolló en el tiempo, las decisiones políticas que tienen consecuencias en esos oficios locales”, afirma.

¿Cómo leíste la consigna “Folklore y Fantasía”?

El folklore tiene que ver con mi origen, con la tradición, con la cestería criolla que uso en mi obra, con lo local de un oficio y un pueblo. La fantasía empieza cuando me apropio de ese oficio y esa técnica y los uso fuera de escala, o con formas que le son ajenas y que generan un contraste. Siempre estoy corriendo el límite de la fibra. El mimbre es semiduro, a veces no se pueden lograr detalles tan perfectos como me gustaría, y siempre lo estoy tensionando hacia formas que le son ajenas, como una viga doble T, cuando el mimbre siempre tiende a curvarse.

¿Qué lugar ocupa la identidad en tu obra?

Me interesan las culturas y las historias de los lugares donde vivo: toda la historia indígena que bordea el Paraná, el noroeste argentino, las culturas del resto de Sudamérica. Me vinculo con ellas porque siento que son parte de mi identidad. Tengo tez marrón y en mi familia claramente hay una presencia indígena, pero no se sabe bien de dónde es ni de qué cultura. Muchas personas de nuestro país viven con esa especie de agujero negro en su identidad. Al trabajar con diseños y técnicas ancestrales aparece esa parte que no termino de conocer. Por eso en mi obra siempre hay una vuelta al origen, pero postapocalíptica: qué imágenes estaría creando si este mundo ya no fuera así, y con qué materiales. Uso materiales postindustriales, como una lija descartada, o imágenes de nuestro mundo actual en una materialidad que tiene que ver con algo más ancestral.

Hace varias generaciones, un hombre llegó de La Coruña y se instaló a orillas del canal de San Fernando, cuando la zona estaba llena de maestros cesteros. Aprendió el oficio y se convirtió en uno de ellos. Mucho después, Eugenia ganó una beca del municipio de Tigre para la residencia Hurra. Estaba investigando oficios y presentó un proyecto sobre los mimbreros. En el camino descubrió que aquel maestro cestero era un tío abuelo de su mamá. La investigación se volvió familiar, y ella sintió que retomaba una tradición que se había interrumpido durante generaciones. Hoy compra el mimbre en Tigre, directamente a las pocas familias que todavía lo cultivan en el Delta.

¿Por qué tejer formas industriales?

Nunca quise usar una fibra natural para hacer formas orgánicas. Me interesa la tensión entre la factura artesanal y una forma que viene de otro lado: la arquitectura, lo industrial, lo que carga peso. Los diseños industriales son seriados, están pensados para un uso muy eficiente y pueden ser muy ocultos, como una cañería de PVC detrás de las paredes, abajo del piso, en la cocina. Me atrapan porque están escondidos y pensados para otras cosas, pero hay un trabajo y una historia detrás. Tejer todo eso a mano genera una tensión interesante. Mi primera pieza fue una viga doble T de 3,70 metros y una columna de cuatro, inspirada en canastos apilados. La técnica era la misma que se usa para hacer un papelero, pero llevada a otra escala. Eso es lo que me enamora del mimbre: es mucho más fácil de lo que parece trabajarlo en grande, es liviano y puedo mover yo sola las piezas, sin necesitar a muchas personas para armar una gran instalación.

Para Eugenia, revalorizar la cestería criolla es también una forma de que no se pierda una historia: la de la inmigración, la del primer mimbre plantado en el Delta y la del Puerto de Frutos, donde los canastos servían para cargar la mercadería. La búsqueda en Salazar Casa es que sus piezas vuelvan a convivir con lo cotidiano.

2) Agustina Leguizamón/ Rodear la tela como un animal.

Agustina es arquitecta y artista y para esta edición de la Noche del Diseño se enfrenta con el desafío de trabajar, por primera vez, con telas a gran escala, de ocho metros, que se ubicarán suspendidas sobre la fachada de Casa Quintana. 

¿Cómo fue la experiencia de trabajar en este proyecto?

Acá ponés el cuerpo, es un trabajo muy físico. No estás pintando sentada en una mesa, siento que estoy bailando, o que soy un animal rodeando algo, me acerco y me alejo, lo miro, analizo, lo odio y lo amo. Es muy pasional, hasta empiezo a sentir el cuerpo raro porque me absorbe completamente. ¿Cuál es esa palabra que está de moda ahora? 

El flow. 

Sí, entro en estado de flow. En general soy una persona muy controladora, sobre todo en el proceso de preparación que tenés que pensar el espacio, qué colores vas a comprar, ubicar los materiales, el concepto. Y cuando arranco a pintar es como que es sólo eso y no me importa nada más. Me energiza mucho, es una energía que te sobrepasa y trasciende.

¿Cómo fue esa primera aproximación al arte?

Viste que se pregunta mucho cuándo arrancaste a dibujar, y yo siento que es una pregunta rara porque la gente que dibuja o pinta lo hace desde siempre, todos pintamos desde chicos, lo que pasa es que la mayoría deja de hacerlo de adulto. Para mí siempre fue un refugio. Lo pienso en la etapa del colegio, capaz para el resto era la hora libre y para mí los días que tenía Plástica era el día que me subía la autoestima, por así decirlo. Sabía que si tenía pintura, iba a ser un buen día.

¿Y tus primeras influencias?

Mi mamá es médica pero siempre quiso dedicarse al arte y eso lo llevó a toda su familia. Se la pasa haciendo cursos de arte, es muy obsesiva y todo tiene que tener una cita bibliográfica y un propósito estético. Me acuerdo de ser chica y verla tirada en el piso recortando revistas Vogue, haciendo collage y forrando cajas y cuadernos. La gente suele asociar la moda con cierta presión social o con querer encajar, pero para mí las mujeres de Vogue eran mujeres poderosas. De chica las pintaba mucho, siempre hubo algo del rostro de la mujer que me pareció increíble. También me interesa la mujer como personaje, cambiarla de ropa como si fuesen disfraces.

Otra gran influencia fueron mis abuelos. A mi abuelo lo encontrabas en el fondo de la casa, en el galpón, creando cosas, era una persona muy creativa sin educación formal, les hacía guitarras a mis hermanos, muebles, toda su casa la construyó él. Entrar a su taller era medio mágico y los veranos en Mercedes eran como un espacio creativo donde nos la pasábamos con mi hermana comprando maderas, haciendo decoupage, e imitando todas esas cosas que veíamos en Art Attack.

¿Cómo pasaste del retrato a la abstracción?

Me di cuenta de que el arte siempre me llegaba más por el color que por el dibujo. Tuve momentos en los que hacía alguna clase de modelo vivo y pensaba “wow, qué increíble esto”, pero nunca me obsesioné con el dibujo; con el color sí. Cada vez me absorbe más. Antes lo terminaba forzando porque era como bueno, tratar de cumplir con todos los pasos, hacer un retrato para llegar a pintarlo, y ahí recién estaba el momento de éxtasis. Era la ansiedad de llegar al color. Hasta que hice todo un proceso de búsqueda, depuré un montón de cosas y fue como uy, tal vez lo que quiero es agarrar las telas y poner los colores encima, ¿entendés?

Creo que por eso me gusta tanto el expresionismo abstracto: hay algo primero de la escala y después del color. En uno de los libros de John Berger, Retratos, hay un capítulo sobre Rothko que dice que sus obras funcionan a gran escala. Pararte frente a una pintura tres veces más grande que vos te transporta a un estado emocional. No estás pensando en algo específico, es algo más meditativo. Como que las preguntas son otras, o quizás no hay preguntas. Me encanta eso de envolver de alguna manera, y creo que tiene que ver con que soy arquitecta: me gusta trabajar con el espacio, y después con el color. El color pleno me fascina.

Noche de insomnio, 1 A.M, la luz artificial de la computadora ilumina el sube y baja de un par de iris casi pegados al amarillo Mercado Libre. Al día siguiente Agustina va a salir a trabajar pensando en el momento de volver a casa, abrir una bolsa blanda y deslizar sus dedos en la tela, examinarla hasta concluir si será o no la elegida.

Cuando despliegue la tela en el piso, va a colocar al lado un libro de botánica de Basilius Besler, Un diccionario de Combinaciones de Colores de Wada Sanzo -su Biblia del color-,  imágenes de las icónicas flores de Emil Nolde, y réplicas de pinturas de su artista favorita: Helen Frankenthaler, esa obrera del arte que, en los años 50, volcaba pintura diluida directamente sobre la tela cruda y dejaba que el color se embebiera en la trama. Una técnica nueva que dio lugar a que algunos críticos hablaran de sus manchas como si fueran sangre menstrual, hasta la pintora Joan Mitchell la apodó “Kotex painter”.

Helen Frankenthaler en su taller.

Trabajás mucho el formato vertical, de panel

Sí, en mi obra hay mucha influencia japonesa y china. Me encanta Hokusai, Zhang Daqian, y hay una corriente de arte gráfico que se llama Ukiyo-e, grabados en madera generalmente con paisajes naturales. La naturaleza también es una de mis principales fuentes de inspiración. Las combinaciones de la naturaleza nunca se equivocan, son perfectas. Es algo a lo que volver cuando no sabés dónde más buscar. ¿Te falta inspiración? Mirá las alas de una mariposa o la textura de una roca. Por eso también me empezaron a llamar mucho la atención los libros de microorganismos como el de Ernst Haeckel que era un artista y científico. Todavía me acuerdo de un ejercicio cuando cursaba Arquitectura que era tomar la estructura que compone a un microorganismo, modelarla en 3D y hacer arquitectura a partir de eso. Abrir el mecanismo y ver por qué funciona. Ahí realmente entendí que toda la estructura de un edificio, los colores, la geometría, todo viene de la naturaleza. De la mano de eso, los libros de botánica me fascinan. Sobre todo me asombran las flores, el hecho de que son inagotables. A lo largo de toda la historia del arte fueron tomando significados distintos. Me gusta que puede ser algo súper oscuro como las flores de Odilon Redon, o un motivo para el marketing del Día de la madre que me tocó ilustrar para Lacoste hace poquito, por ejemplo.

¿Con qué estás experimentando ahora?

Tengo una caja de pigmentos japoneses que todavía tengo que explotar. Mis profesoras, Amparo Viau y Bárbara Caro, me sugirieron empezar a tirarlos sobre la tela y me encantó cómo quedó, pero hay mil maneras de hacerlo. Es una experimentación. Ellas siempre me dicen que probar algo nuevo te permite descubrir muchas más cosas que cuando ya sabés cuál es el camino y tenés una técnica armada. Es un poco usar los materiales mal, como un chico: agarro los pigmentos, las instrucciones están en japonés, no sé con qué se mezclan, pero agarro el tubo y lo tiro todo en la tela. Dar lugar a la equivocación. 

3) Romeo Sosa Studio / “Hay mucha gente que en su casa tiene seis sillas y no invita nunca a nadie. Eso es no pensar tu vivencia”.

Romeo Sosa dirige un estudio de interiorismo y mobiliario donde destaca de sus piezas la presencia escultórica, la innovación, y la adaptabilidad a la vivencia de cada persona en el contexto argentino actual. Para la edición de “Folklore y Fantasía” está trabajando con piezas que van a intervenir la vidriera de Porcelanova. 

¿Cómo llegan a una pieza?

Para mí no es nada lineal. Se da en una búsqueda constante, articulando conceptos, materiales, procesos. Lleva tiempo, lleva pruebas, errores, inversión, mucha cabeza. No creo en eso de “uy, me inspiré con esto”. Siempre fui muy pragmático, muy empírico, del hacer: agarro y pruebo, y en ese probar empiezo a descubrir tanto capacidades como procesos. El diseño tiene mucho que ver con poner en conflicto todas las decisiones que estamos tomando. Y yo soy mucho de cambiar, de contradecirme. Contradecirse te hace crecer.

¿Qué cambió en cómo vivimos y cómo habitamos nuestras casas?

Hay mucha gente que tiene una mesa con seis sillas y no invita nunca a nadie. Eso es no pensar en tu vivencia. Por eso insistimos tanto con los clientes en qué hábitos tienen, cuántos viven, si reciben gente o no. Hoy vivimos con el dispositivo en la mano, la pandemia nos metió a trabajar en casa, y eso cambia cómo habitamos un sofá, una butaca para leer, la silla donde comemos. Los sofás por lo general son toscos: te proponen una o dos posiciones para habitar. Son difíciles de mover para limpiar, son pesados, no los podés lavar. Agarrándonos de esos puntos débiles diseñamos uno que está al nivel del piso. Los módulos se desarman con un cierre, se lavan, es liviano, y tiene una mesa que se desliza para apoyar la bandeja, la compu, lo que sea. 

Sobre las paredes hay cuadros textiles de formas geométricas irregulares y paletas terracota. Le pregunto en qué están inspiradas y me muestra sobre el piso una colección de pedazos de baldosas incompletas, puntiagudas, paradas y superpuestas, de distintos tamaños y de colores grises y amarillos. “No las corto, las encuentro así con esa forma cortadas por operarios de la calle y las voy eligiendo. Lo que me gusta es que es algo que no controlo. Está cortado por otra persona que ni sabe que lo cortó y yo no sé quién es. Lo interesante es cómo hacerlas combinar”.

También hay algo de mostrar las cosas expuestas, casi rotas. Lo accidental.

Eso tiene que ver con toda la corriente del brutalismo, que hace que dejes los procesos a la vista. Esta silla es solamente un ensamble con bulones a la vista y punto. Esta otra se llama “Mal que mal”: el gesto es como si estuviese mal hecha o mal doblada. Fijate que tocar esto no es lo mismo que tocar algo ya conocido. La impresión que me da es que acá en Argentina la gente siempre quiere lo que tiene el vecino. No va a buscar algo que no tenga nadie, que es lo que nosotros queremos hacer. Tenemos una búsqueda un poco más rara, más artística, y sabemos que no es para todos. 

En el estudio nosotros matizamos el brutalismo -lo áspero, la textura- con tapizados suaves y bien terminados. También me interesa hacer dialogar procesos más industriales con estructuras orgánicas, y traer algo del lenguaje japonés, ese pensamiento sencillo y noble, sin vueltas, que tiene su filosofía.

4) Mora Becerra / “Dirijo un montón de artistas y no sé dibujar”

Mora es directora de arte y diseño textil de Jazmín Chebar, donde trabaja desde hace más de veinte años. En paralelo, desarrolla una obra protagonizada por los ChocoMoras, unos personajes de formas simples y colores intensos que dibuja y borda sobre papel. Para La Noche del Diseño trabaja junto a Alfombras Mihran, que le propuso llevar sus personajes a un soporte distinto del habitual.

¿Cómo nacieron los ChocoMoras?

Empezaron alrededor de 2020 o 2021, cuando yo era alumna de Máximo Elizondo. Un día vi en la heladera de su casa un imán con una figura que me llamó la atención. Le pregunté qué era y me mostró un libro de Carlo Zinelli, un artista italiano que tenía una obsesión con repetir figuras. Yo empecé a dibujar una forma parecida y entré en ese trip. Después aparecieron otras poses, las caritas de costado, los cuerpos enteros, las patitas, uno saludando. Como tengo una relación tan cercana con lo textil, enseguida empecé a bordar y bordar, me volví un poco loca.

Mi formato más clásico es una obra de 30 por 40 centímetros sobre papel. Lo que hago es bastante naïf, simple. Yo siempre me río porque dirijo un montón de artistas y directores en mi trabajo y yo no sé dibujar. Me pedís que dibuje un tigre y no sé hacerlo. Sé dibujar cosas deformes, que es lo que me gusta. Y también me interesa mucho la escala. Soy fanática de Celina Eceiza. Cuando fui a ver su muestra, Ofrenda, en el Museo de Arte Moderno me impresionó muchísimo la cantidad de obra que había, de piso a techo. Te envolvía. Nunca había visto algo así.

“Despacho guarnición” es el nombre del taller de Paternal donde trabaja junto al colectivo Fuchsia. Un espacio de paredes rosas y sillas azules donde habitan colecciones en miniatura de muñecos de acción y animales de plástico. Mora abre cajas y va sacando lanas, cintas, retazos de tela ordenadas por color, y, una de sus adquisiciones más recientes: corbatas cuadrillé con motivos de pájaros, que consiguió en la feria que hizo una amiga tras fallecer su papá, fanático de este accesorio. “Trabajo mucho con el color” dice mientras expone sobre la mesa recortes cuadrados de colores plenos que compra en su papelería favorita, Menegazzo. Al dueño lo llama su paper dealer. También trabaja con una enmarcadora para conseguir exactamente el mismo tono del papel, de manera que todo se funda. “Cuando me imagino algo, no estoy veinticinco horas probando cosas. Voy poniendo papelitos, colores, pedacitos de tela. Soy bastante intuitiva”.

¿Cómo conviven tu trabajo en Jazmín Chebar y tu obra como artista?

En un punto se retroalimentan. Yo trabajo en Jazmín desde los 21 años, cuando la marca recién empezaba. Siempre me gustó mucho jugar con la ropa. Estaba suscrita a la revista Elle y sabía los nombres de todas las modelos, los diseñadores y las colecciones. Tenía hasta un recorte de Jazmín pegado en mi cuarto.

Por mi trabajo viajo bastante a buscar textiles, principalmente a París y Milán. Voy a ferias, visito proveedores y busco materias primas para las próximas colecciones. Al principio le llevaba a Max bolsas gigantes de descartes, telas y materiales que habíamos seleccionado para la marca y que después, por alguna razón, no quedaban. Un día empecé a usarlos yo. Son cosas que elegí porque me gustaban, que tienen mi ojo, y después me las apropio para mi obra. También voy comprando cosas en los viajes. Todo lo que sea inventario obsesivo me encanta.

Pero después hay algo que trato de separar. En Jazmín hay una identidad de marca que construimos durante muchos años. Acá hago lo que se me canta. Soy muy feliz haciendo eso.

Mora abre una caja que pertenecía a Carlos, su papá. Adentro hay pequeños carretes de hilos de seda de todos los colores, tan finos que se cortan apenas intenta manipularlos. Carlos era artista, carpintero y un apasionado de la pesca. Con esos hilos ataba las moscas que utilizaba para pescar truchas en el sur. “Si tenías una mosca de Carlos Becerra, tenías una mosca top”, cuenta Mora. Su taller está lleno de pequeños tesoros que colecciona, clasifica y, tarde o temprano, encuentra la manera de incorporar a sus obras.

No Comments Yet

Leave a Reply

Your email address will not be published.