Concibió una parte importante del imaginario visual de Charly García, Luis Alberto Spinetta y tantos otros, mientras se movía entre el under porteño y el esplendor del Colón. Diseñadora de vestuario y escenógrafa, lleva 5 décadas ideando mundos que conforman nuestra historia cultural y colectiva. Renata acaba de reencontrase con su primer amor: el dibujo, en una exhibición brillante que llevó a Venecia y en octubre llega a Roma.
La reina del backstage: “Nunca me interesó estar arriba del escenario sino creando el universo de los personajes”. Entrevista con Renata Schussheim tras su expo en Venecia y rumbo a Roma. Por Melisa Boratyn para MALEVA.
Renata Schussheim se prepara para viajar a Roma, donde celebrará su cumpleaños y la reinauguración de su última muestra, Fulgor, que durante el mes de septiembre se presentó en Venecia. En este nuevo capítulo,el público europeo tendrá la oportunidad de encontrarse con sus nadadoras, esas figuras recurrentes en su extenso trabajo de ilustradora y pintora, que pululan en aguas oscuras, se vinculan con criaturas ambiguas y un tanto horrorosas y salen a la luz después de haber permanecido en su universo íntimo. “Creo que estos dibujos esperaban a que llegara el momento indicado para mostrarse”, declara la multifacética Renata, que lleva más de cinco décadas ideando mundos visuales que conforman nuestra historia cultural y colectiva. La diseñadora de vestuario y escenógrafa – que confiesa que el dibujo fue su primer gran amor- conquistó terrenos como el de la música, donde concibió una parte importante del imaginario visual Charly García, Luis Alberto Spinetta y tantos otros, mientras se movía entre el under porteño y el esplendor del Teatro Colón, desplegando algunas de las puestas más rupturistas de su historia. Un lugar que llama su segunda casa, así como el San Martín, donde debutó cuando tenía apenas 20 años. Renata es la reina del backstage, el lugar donde más cómoda se siente, amiga de sus amigos, extrovertida e intimista en igual medida y dueña de una cabellera que carga con el rojo de los fuegos sagrados.
En general, los artistas están divididos en dos grupos. Los que hacen arte desde que tienen uso de razón y los que descubrieron su pasión durante la adultez. Siento que formas parte del primer bando. ¿Estoy en lo correcto?
Sí. Desde muy chica supe que quería dibujar, y a los nueve años me mandaron a clases con Ana Tarsia, mi primera gran maestra. Por suerte, tenía un aval materno fuerte, que fue el amparo que me impulsó. Del lado de mi papá también se respiraba un aire creativo porque mi abuelo había sido un periodista bohemio y en su casa se sentía ese perfume en el aire. Aunque era muy chica y no tengo recuerdos concretos, sé que recibían a artistas y actores que venían del exterior y figuras de la época como Blackie, que tocaba el piano en su living.
Recibiste una herencia indirecta con la que imagino que te reencontraste en diferentes momentos de tu vida. Me pregunto cómo fueron apareciendo tus otros universos, como el teatro y la música.
Son mis otras grandes pasiones. El teatro me gustaba mucho como espectadora, pero entré cuando conocí a Oscar Araiz, que visitó mi primera muestra individual cuando tenía 16 años. Era muy chica, pero ya estaba dando mis pasos en una galería que se llamaba El Laberinto. Fue una historia mágica porque yo ya había visto una coreografía suya en el Colón y escuchaba esa música cuando dibujaba por las noches. Nos convertimos en grandes amigos y en 1971 me invitó a hacer mi primer vestuario para Romeo y Julieta. Solo tenía 20 años y recuerdo que iba a los ensayos embarazada de mi hijo, que nació al poco tiempo.

¿Cómo fuiste encontrando tu lugar? ¿Te sentís cómoda en el «backstage»?
Nunca me interesó estar arriba del escenario sino creando todo lo que hace al universo de los personajes. Lo que sucedía ahí también se fue bifurcando hacia las artes visuales, donde pensaba muestras que incorporaran música, iluminación y clima. Empecé a hacer ambientaciones, objetos y cosas más teatrales. Era una época donde las fusiones eran constantes, aunque no fuéramos muchos los que hacíamos eso. Además, no había necesidad de explicar. Simplemente hacíamos. El teatro me dio esa creatividad y es un lugar central en mi vida.
Formaste parte de espacios y proyectos clave en la escena cultural de los años 70 en adelante. ¿Cuál es tu visión en retrospectiva?
Trabajé con varias personas que formaban parte del under, como el grupo Caviar, que fue muy innovador, el primer grupo transformista que tenía una sofisticación distinta a lo que se había visto hasta el momento y que ayudó a crear una nueva mirada. Al mismo tiempo, trabajaba en el Colón o el Teatro San Martín, con un pie en cada mundo. Trabajamos mucho, aunque también la pasamos genial.
¿Cómo fuiste encontrando tu camino e identidad?
Impulsada por un equipo de conservadoras y archivistas con Mora Caraballo a la cabeza, estamos ordenando mi archivo, que es muy extenso precisamente por lo mucho que trabajo. Esto me llevó a reencontrarme con trabajos, fotos, documentos y obras muy temprano, de una época en la que solo firmaba Renata, hasta que un día alguien me dijo que eso no era serio. Mis primeras obras eran copias de Carlos Alonso, a quien admiraba con locura porque tenía una destreza absoluta y una facilidad para dibujar como si fuera lo más fácil del mundo. Esa imitación, muy propia de los que empiezan, es una forma de halagar y un gesto natural hasta que empieza a salir la mirada propia, que en mi caso fue surgió a partir de la constancia, las obsesiones e imágenes recurrentes que aparecen todo el tiempo y la práctica.

¿Qué lugar terminó ocupando ese pintor en tu vida? ¿Fue tu segundo maestro?
Yo quería pero Alonso no daba clases. Hinche tanto que un amigo me consiguió su teléfono y finalmente aceptó acompañarme de alguna manera. Eran mis años de estudiante en una escuela adjunta a la Manuel Belgrano, donde no entré porque era muy chica y no llegué a hacer el examen. Lloré tanto por eso que mi papá me terminó anotando en un instituto que tenía el mismo programa. Me pasaba el día estudiando y las noches dibujando y eso era lo que le mostraba, esperando que me diera su opinión. Incluso vino a esa primera muestra, lo que fue un shock porque de alguna manera me acreditaba como artista. Él me enseñó cosas como mirarme al espejo y retratarme, algo que hice sin parar hasta que me empezaron a acusar de narcisista. Me dió muchas herramientas.
Estabas decidida a conquistar las técnicas.
Sí, lo sentía como algo fundamental. Esa herencia viene de Ana Tarsia, que había sido alumna de Juan Batlle Planas —el gran artista surrealista argentino— junto a Roberto Aizenberg y Aída Carballo, donde la perfección en el dibujo era absoluta. De hecho, cuando era chica llegué a conocer a ese maestro y me permitió visitar su atelier. Me quedé sentada en un rincón mientras él pintaba y vi cómo desarrollaba cuestiones técnicas que me ayudaron por el resto de mi vida.
Haces muchos proyectos en el exterior. ¿Viviste fuera de Argentina?
El tiempo más largo de exilio fue un año en México, cuando en 1976 el padre de mi hijo, Victor Laplase, pasó a estar en la lista negra de la Triple A. Entonces apareció una posibilidad de hacer una muestra y el director de una revista de arte se ofreció a alojarme, así que nos fuimos con mi hijo. Fue un año que, a pesar de todo, me encantó porque conocí a gente maravillosa. Fuera de eso, siempre estuve en Buenos Aires y nunca pensé en irme, ni siquiera cuando a Oscar lo nombraron director del Ballet del Gran Teatro de Ginebra. Yo trabajé durante ocho años ahí pero me iba solo por un mes. Lo llamaba «la clínica», una experiencia increíble donde todo era perfecto, aunque siempre quería volver a casa.

¿Argentina es tu lugar en el mundo por los afectos, la escena cultural y su efervescencia o un poco de todo eso?
Acá está mi vida, mi historia, el barrio que elijo. Necesito mis raíces, soy muy territorial y por eso vivo en el mismo departamento hace 40 años y no cambio las cosas de lugar. Es mi estabilidad y mi lugar tranquilo. No sé cómo hacen las personas que se mudan todo el tiempo. Además, empecé a trabajar de muy chica en este país, que más allá de su locura y todo lo que hemos vivido, incluso cuando uno piensa que ya no pueden pasar más cosas, amo vivir acá.
Supongo que quedarte en un mismo lugar contribuyó a que pudieras guardar muchas obras, registros y documentos. Ahora que decidiste poner en orden tu archivo. ¿Qué te genera?
Cuando Mora Caraballo vio la dimensión de mi archivo y todo lo que tenía guardado, me impulsó a animarme porque yo guardo y junto mucho, desde afiches hasta fotos y recortes de prensa, dibujos, bocetos y pinturas. Hay de todo dando vueltas. La otra responsable es mi productora desde hace muchos años, Romina Del Prete, que digitalizó mucho material, algo que yo no puedo hacer. Con ella trabajamos en casi todos mis últimos proyectos, incluyendo la muestra que voy a tener en Italia en octubre. Es un proceso fabuloso pero te mueve.

¿Te da nostalgia mirar hacia atrás y redescubrir tantos capítulos de tu vida?
Hay cosas que me dan mucha alegría pero que claramente me movilizan, en especial cuando aparecen personas que ya no están, y eso que aún no entramos en la revisión de fotos y cartas porque estamos en una etapa de orden de obra, desde serigrafías hasta dibujos y pinturas. Más allá de lo que me genera, lo siento como un gran paso porque me permite seguir compartiendo mi trabajo con otros, que es lo que más me gusta.
Como artista estás muy cerca de lo popular y nas allá de que elegiste estar en el «backstage» de la cultura son muchísimas las personas que reconocen tu trabajo.
Creo que eso sucede porque siempre quise hacer cosas para todo tipo de público, como por ejemplo la muestra en el Centro Cultural Recoleta que se llamó Al rojo vivo, a la que asistieron 250.000 personas, donde pensamos en una propuesta que no obedeciera a la solemnidad del mundo tradicional del arte. Me gusta pensar en las personas que no visitan esos circuitos. El otro gran factor es todo lo que hice en el mundo de la música con Serú Girán, Luis Alberto Spinetta y, por supuesto Charly García. Hay muchos frentes y eso tiene que ver con mi interés por abarcar territorios que me convirtieron en una artista multifacética.
Ese es el otro enorme capítulo del que has hablado mucho pero hagamos un pequeño repaso. Sos la mente creativa detrás de algunas de las tapas más conocidas de Charly como Música del alma, la puesta en escena de su recital en el Estadio Ferro en 1982 o el videoclip Estoy verde, casi a la par del surgimiento de MTV en Estados Unidos, todas acciones muy precursoras. En otras notas dijiste que ustedes están hermanados artísticamente. ¿Por qué?
Con Charly tenemos muchos puntos en común, cosas que aparecen en la obra de ambos, que a mí me inspiran, como la figura de los pájaros, que incluso tienen que ver con repeticiones y obsesiones en mi obra. Los proyectos que hicimos juntos, que abarcaron la creación de universos donde se piensa en todos los detalles, tienen que ver con que él quería hacer algo más allá de la música porque en algún sentido no modificaba su recepción. Si él hubiera tocado en un escenario vacío, igual hubiese llenado cualquier estadio porque es un ídolo popular, pero le interesaba una identidad creativa más amplia.

¿Crear algo que se volvió parte de la cultura general te benefició? ¿Qué significa hoy en tu carrera?
Sí, por supuesto, porque nace del anhelo de hacer algo juntos. Cuando yo escuché La máquina de hacer pájaros, y acá aparece una figura que está todo el tiempo en mi obra, me voló la cabeza. Desde ese momento de instaló un entendimiento por lo que Charly hacía y después él me propuso hacer cosas que la gente entendió como distinto y que valoró. Ese ingreso también me permitió conocer a gente muy talentosa y pude seguir trabajando con todos ellos. Me encanta lo que sucede con la música y lo que se percibe en un recital, con esa carga energética tan especial. Lo mismo pasó con Jean François Casanovas, otro de mis grandes amigos, esos que te realimentan y te permiten crear. Todas las personas que tengan este tipo de energía siempre van a sumar, por eso es tan genial compartir. De eso se trata.
¿Cómo fue el proceso de Fulgor, tu última muestra que presentas en Italia?
Es una experiencia que invita a conectar con mi trabajo desde otro lugar, algo que hace mucho tiempo no hacía y que de alguna manera resuena con la primera muestra que hice a los 16 años, que también era de dibujo. Los personajes principales son las nadadoras, un homenaje a la fortaleza de lo femenino que también está representado en el agua, que de alguna manera tiene relación con Iemanjá, mi gran protectora. Me entusiasma que estas obras se vean en dos ciudades y poder trabajar con Romina del Prete en la curaduría, mi amiga y gran compañera en lo laboral.
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