Durante décadas, la idea de excelencia gastronómica estuvo asociada a una imagen muy específica: uniforme blanco impecable, zapatos de vestir y una estética casi ceremonial. Ese código sigue vigente en buena parte de la alta cocina pero, en paralelo, empezó a aparecer otra escena y para entenderla hay que observar a quienes trabajan en gastronomía de pies a cabeza.
Es tendencia: la excelencia ya no viste siempre de blanco. Por Justina Gastaldi para MALEVA.

Porque cambió todo: desde lo que llevan en los pies, la ropa que usan y hasta la manera en que se muestran. Con esos cambios, empezó a transformarse la imagen que asociamos con la excelencia y la hospitalidad. La pregunta, entonces, no es cuál de estos universos tiene el uniforme “correcto”, sino qué idea de hospitalidad representa cada uno.
Los pies: cuando el zapato de vestir dejó de ser obligatorio.
Durante décadas, el zapato de vestir fue casi obligatorio dentro de la imagen del servicio. Hoy, las zapatillas de running, outdoor y diseño técnico aparecen cada vez más en salas, barras y cocinas. Así como la ropa de trabajo empezó a dialogar con la moda, el calzado pensado originalmente para el deporte y el outdoor también empezó a encontrar nuevos usos fuera de sus espacios de origen.
Algunas se eligen por comodidad. Y otras también por lo que comunican estéticamente… En ambos casos, lo que se usa en los pies dejó de ser un detalle invisible para convertirse en parte del lenguaje visual del lugar al que visitamos.
Y pienso: ¿por qué una zapatilla técnica, llamativa y urbana debería transmitir menos sofisticación que un zapato de vestir?

Durante mucho tiempo, esa elección habría podido leerse como un signo de informalidad o incluso de desprolijidad. Hoy puede comunicar exactamente lo contrario: es comodidad, funcionalidad y una mirada más contemporánea sobre el trabajo, más real. Después de todo, las jornadas de hospitalidad implican pasar muchas horas de pie y moverse constantemente. Que prendas u objetos pensados originalmente para terrenos exigentes encuentren un nuevo uso en las cocinas tiene más sentido de lo que parece.
Una cocina, una barra o una sala también son terrenos exigentes. Y quizás por eso resulte tan interesante y hasta un poco cómico ver zapatillas nacidas para recorrer montañas en lugares donde, en teoría, nadie debería necesitarlas.
En ese cruce aparece Salomon. Históricamente ligada al outdoor y al trail running, la marca se convirtió con el tiempo en un objeto reconocible dentro del diseño y la cultura urbana, circulando en contextos completamente alejados de la montaña. Su nueva cápsula FORMS toma justamente esos cruces como punto de partida y encuentra en Argentina una figura especialmente interesante: Félix Babini, chef ejecutivo de Casa Cavia y creador de Mad Pasta.

Su elección para protagonizar la campaña resulta muy acertada no solamente por el puente entre gastronomía y diseño técnico, sino porque su propia imagen parece sintetizar algunos de estos nuevos códigos de hospitalidad: la estética urbana conviviendo con una práctica donde se atraviesa la técnica, el conocimiento y la experimentación. El puente entre ambos mundos, entonces, no está solamente en una zapatilla ni en la estética, sino en una misma forma de entender el hacer.
La cara: un lienzo para ser vos

Si los pies cambiaron, claramente también cambió lo que pasa unos centímetros más arriba. La movida marca una celebración de la individualidad a través de piezas claves, formas, proporciones y tonos. Para componer un look propio tan profesional como personal. Y eso vimos en el evento de lanzamiento de la coleccion spring summer 2027 de B+D, donde se lucieron los blends de Inés Bertón y las soluciones creativas de la casa danesa para las gafas de lectura.
La gran tea blender que es amiga de la marca y portadora de sus modelos readers como parte fundamental de su styling, como buena alquimista, tiene esa onda intelectual que le aportan los maxi lentes de diseño. Gran amante de los accesorios -siempre la vemos a Inés con boinas y gran variedad de sombreros- los utiliza como protagonistas para componer sus looks clásicos. En su espacio creativo la vemos rodeada de frutas, esencias, condimentos, hierbas, flores y ella que lo anota todo a mano en su cuaderno de brebajes e inspiraciones. Inés infusiona, congela, mezcla. Recuerda e inventa recetas, sabores, combinaciones.
La colección se foteó en Ibiza y en varias imágenes de campaña aparecen los cítricos típicos del sur español, llevando al frente mandarinas y limones. La máxima es explorar el color como parte primordial del diseño. Los clásicos carey y tonos neutros se combinan con cherry cristal, marrón mousse, verdes y composiciones bitono. Marcos y lentes de materiales ligeros y resistentes responden a la filosofía de diseño cotidiano de B+D: piezas pensadas para acompañar la vida real, con funcionalidad, comodidad y expresión. El objetivo de la marca es la salud visual y el estilo de vida actual a través del diseño, el color y la personalidad. Sofía Suaya (artista y creadora de Dforme Studio), también fue elegida como embajadora de B+D.

Por su parte, mientras que la reconocida bartender y empresaria gastronómica Mona Gallosi hizo de sus maxi collares de estética brutalista, muchos de ellos de diseñadores argentinos como Julio Toledo, un sello indiscutido de su identidad detrás y fuera de la barra.
El cuerpo: del uniforme ceremonial al uniforme que prioriza la comodidad
Durante décadas, el uniforme clásico respondía a una idea muy concreta de profesionalismo: camisas impecables, punta en blanco, pantalones de vestir y prendas que construían una imagen homogénea.
Hoy aparecen otras siluetas: remeras de algodón, gafas que no pasan desapercibidas, prendas más amplias, delantales utilitarios, gorras y materiales inspirados en el workwear conviven con propuestas gastronómicas de altísimo nivel. Proyectos locales como Revolver trabajan sobre esa frontera entre gastronomía e indumentaria, reinterpretando prendas de trabajo y llevándolas a un terreno donde la funcionalidad convive con una estética más urbana y contemporánea. Pero el cruce con la moda y el diseño no queda solamente en la ropa de trabajo: también empieza a verse en la construcción de la imagen de quienes forman parte de la gastronomía. Por su parte, marcas internacionales de moda y diseño como Lacoste también eligen como embajadores a chefs reconocidos en la industria, como Germán Martitegui y Damián Betular. Todo esto habla de una transformación más amplia: el uniforme ya no tiene que ser necesariamente una camisa o un simple delantal, sino que puede convertirse en una pieza de diseño que habla del restaurante, de su cultura y hasta de la persona que la lleva.

Pero devuelta, eso no significa que el uniforme haya desaparecido. En muchos casos, simplemente dejó de ser un conjunto rígido de prendas idénticas para convertirse en un código más libre: una paleta específica, materiales o siluetas que permiten que cada integrante del equipo conserve algo de su propia identidad sin dejar de pertenecer al mismo universo visual.

Y ahí es donde está una de las transformaciones más interesantes de la hospitalidad de hoy, la contemporánea: cada vez hay más espacios donde la “informalidad visual” no implica menor atención al detalle. Al contrario. Una estética relajada puede convivir perfectamente con una técnica rigurosa. Un equipo puede parecer más cercano a un estudio creativo que a un restaurante tradicional y, sin embargo, construir una experiencia extremadamente sofisticada. Que tampoco sacrifique la seguridad del staff gastro.
Las jornadas en gastronomía implican pasar muchas horas de pie, moverse constantemente y trabajar en entornos exigentes. Estar cómodo, moverse con libertad y vestir prendas funcionales también forma parte de una nueva manera de entender el trabajo detrás de una experiencia gastronómica.
The new gastro look: cuando la identidad dejó de esconderse.

Quien trabajaba en un restaurante representaba al espacio más que a sí mismo. El uniforme era una herramienta para comunicar autoridad, jerarquía y profesionalismo, pero también para construir homogeneidad: nadie debía destacarse, el comensal era el amo y por eso, los códigos visuales eran precisos para construir una determinada idea de excelencia.
Hoy algunos espacios gastronómicos construyen otro tipo de imagen, otro tipo de excelencia: una más casual, más amigable y más descontracturada, donde la identidad de quienes trabajan también parece formar parte de la experiencia.
En Buenos Aires, incluso en restaurantes galardonados y presentes en la Guía Michelin, es posible encontrar equipos que mantienen una estética mucho más cercana al diseño contemporáneo que al uniforme clásico de la alta cocina. La postal del mozo tatuado, con bigote, aros y Salomon ya empieza a convertirse casi en un nuevo arquetipo visual. La persona que nos atiende ya no tiene que desaparecer detrás de un uniforme. Es parte del lenguaje del restaurante. Y a mi eso me encanta.
Antes, quizás, determinadas características estéticas en el servicio habrían podido leerse como algo incompatible con la formalidad del servicio. Hoy, en ciertos espacios, sucede exactamente lo contrario: esas particularidades no rompen con la identidad del restaurante, sino que incluso ayudan a construirla.
Mirando de pies a cabeza, la transformación se vuelve evidente. La excelencia todavía puede vestirse de blanco. Simplemente ya no siempre está representada de esa manera y no está obligada a hacerlo de pies a cabeza.
Porque estilo no es ir uniformado, sino poder ser uno mismo cuando te vestís para trabajar.