Natalia Litvinova nació en Bielorrusia, Katya Adaui en Perú y Ana Fornaro en Uruguay. Las tres eligieron Buenos Aires para vivir y escribir. Cuentan qué fue lo que las trajo hasta acá, cómo sienten la inmigración y qué lugares y costumbres porteñas las inspiran, de Coghlan al Tigre, de la Costanera Sur a Olivos. Con historias de vida diferentes, coinciden en que la ciudad las atrapó con su verde, los bares y numerosas librerías. Hasta que se fue colando en su obra.
«Era como estar entre dos orillas, pudiendo tener ambas a mi favor»/ La extranjería como estímulo: la experiencia de tres escritoras forasteras que viven en Buenos Aires. Por Josefina Ros Artayeta para MALEVA.
1) Natalia Litvinova – Estudiar el idioma en la biblioteca y entender la ciudad a partir de la escritura

Natalia Litvinova es poeta y editora. Nació en Gómel, Bielorrusia, en 1986, cinco meses después de la explosión nuclear de Chernóbil, que quedaba a solo 140 km de su casa. En septiembre de 1996, con solo 9 años, emigró a Argentina junto a sus padres y su hermano, debido a la complicada situación en Bielorrusia. La Unión Soviética todavía estaba vigente y el contexto económico era difícil. Además, las familias empezaban a emigrar en un clima de confusión generalizada. “Mi madre necesitaba vivir en otro lugar y hacer borrón y cuenta nueva, porque ella había atravesado muchas dificultades desde chica”, cuenta. Parte de esa historia materna la relata en Luciérnaga, el libro que escribió y que ganó el Premio Lumen de Novela en 2024. También es autora de Todo ajeno, Siguiente vitalidad, Cesto de trenzas y Soñka, manos de oro.
“Unos amigos de mi madre, muy cercanos, nos dijeron que podíamos irnos a Canadá. Y mi mamá dijo, ‘Bueno, vamos, porque allá hace frío y el clima es bastante similar’”, relata. Pero luego las condiciones cambiaron y Canadá dejó de ser una opción para la familia. Entonces, en medio de la desesperación y con casi todas las pertenencias ya vendidas, tuvieron que elegir otro lugar. Un juego de mesa similar a la tabla ouija fue lo que determinó que el destino final fuera Buenos Aires. “Mi mamá iba siempre a tomar un cafecito con dos amigas. Un día le propusieron hacer el juego de la ouija. Ella no creía en estas cosas, pero en un momento se volvió divertido, le hizo la pregunta ‘¿Dónde tenemos que irnos?’ y el país que se escribió fue Argentina”, agrega. Como no conocía nada acerca del país, fue a investigar a la biblioteca. Al tiempo viajó en tren a Moscú, a la embajada, donde le dijeron que Argentina era un lugar con gente cálida, amable y un muy buen clima. Llegaron a Buenos Aires en septiembre de 1986, un día antes del cumpleaños de Natalia, quien cumplió 10 años en esta ciudad. Al poco tiempo empezó a ir a un colegio doble turno y aprendió el español con ayuda de una vecina de 6 años, con la que jugaba a diario.
Lo que más le impactó al llegar fueron las rutas repletas de autos y las avenidas anchas, como la 9 de julio, parecidas a las de su país. También los ruidos, los bocinazos y los gritos entre los conductores de los autos. “Eso de que cualquiera podía tocar la bocina porque sí o gritarse de auto a auto, cosas que ya he normalizado, pero que en ese momento no entendía”, expresa. Otra cosa que le llamaba la atención era el exceso de verde y de árboles en las calles, y los pájaros y cotorras, que estaban por todos lados, a diferencia de su país, donde había que comprarlas para tenerlas.
El primer barrio en el que desembarcaron fue Coghlan, un lugar tranquilo con cuadras que para ella eran todas iguales. “Yo pensaba en cómo iba a hacer para entender el mundo, si todo era igual. Los árboles eran mis compañeros y me ubicaba mirándolos, porque las calles me parecían todas iguales. Ahí cerca había una plaza con un asentamiento de gitanos. La felicidad que sentí al ver a los gitanos fue enorme”, cuenta emocionada.

Buenos Aires fue muy importante en el desarrollo de su escritura, porque al no entender el idioma, durante los primeros meses se la pasaba en las bibliotecas, en contacto con libros y bibliotecarios que la ayudaran a entender el mundo que la rodeaba y a extrañar menos lo que había dejado atrás.
Actualmente, Natalia vive en Olivos, donde disfruta el verde y la vegetación abundante. Pero también le gusta porque hay muchos gatos. “A mí me gustan los barrios donde veo gatos en las calles. Existe una tradición de ver a los escritores rusos junto a estos animales. Por lo general están en barrios tranquilos y de casas bajas, como el mío”, explica. También disfruta de las plazas y parques, donde existe esa libertad de estar hasta cualquier hora y que nadie la vigile ni la quiera echar. “Esto de estar en las plazas y ver a los perros, a la gente tomando mate y a los chicos. Esa libertad de ver distintas generaciones hasta altas horas de la noche, en el verano, por ejemplo. Eso no lo veo en cualquier lugar, y a mí me estimula.”
Pero lo que más le gusta de Buenos Aires son los bares. Quedarse sentada largo rato con un libro, mirar por las ventanas o escuchar lo que hablan en las mesas cercanas, que le da material para escribir. “Me encanta ese bullicio que hay en los bares, las charlas bizarras sobre diferentes temas, que son muy nutritivas para quienes escribimos. Porque salimos para ver, pero también para escuchar. Y creo que escuchar en Buenos Aires es precioso. Hay muchos choques culturales, discusiones y opiniones. Eso para un escritor es muy saludable. Nos da pie para diálogos muy curiosos”, agrega.
Natalia vive en Olivos, donde disfruta del verde: “A mí me gustan los barrios con gatos en las calles. Existe una tradición de ver a los escritores rusos junto a estos animales, que están en barrios tranquilos y de casas bajas, como el mío”. También disfruta de los parques: “Estar en la plaza hasta cualquier hora, con el perro, el mate, los chicos. Esa libertad me estimula. También los bares. Porque salimos para ver, pero también para escuchar. Y creo que escuchar en Buenos Aires es precioso. Hay muchos choques culturales, discusiones y opiniones. Eso para un escritor es muy saludable. Nos da pie para diálogos muy curiosos”.
Le gusta ir a Capital, al barrio de Palermo, para juntarse con amigas escritoras o ir a alguna de sus librerías favoritas, como Libros del Pasaje. Le encanta la mezcla de arquitectura que existe en ese barrio. “Ver una casa antigua y al lado un edificio que no dice nada no es algo tan común. Eso pasa porque acá en Buenos Aires existe la cuadra, que permite ver la nueva fachada y lo viejo. Y eso es fascinante.”
Si bien nunca dejó de sentirse extranjera, no lo vive como algo negativo. Volvió a experimentar la extranjería en el vínculo con la escritura, por el hecho de tener que encontrar una voz y un lenguaje propio. “Cuando empecé a trabajar seriamente mis textos, a los 18 o 19 años, pensaba que la extranjería podía abrirme puertas para jugar con el idioma y tener más recursos para escribir poesía. Era como estar entre dos orillas, pudiendo tener ambas orillas a mi favor”, explica.
Casi no tiene acento porque llegó a Buenos Aires hace 30 años, y mueve las manos y gesticula al estilo argentino. Además, es expresiva y sonriente, algo que no es común en las rusas. Notó en forma muy fuerte esa diferencia cuando viajó a Bielorrusia hace algunos años y sintió que la miraban con extrañeza. “Hay una gestualidad típica de estos países fríos, lastimados por las guerras, que relacionan la sonrisa con otra cosa. Me sentí muy extranjera y me miraban raro cuando me sonreía o cuando miraba algo y reconocía mi infancia en los olores, o comía un helado que me recordaba a la infancia y ponía cara de feliz cumpleaños. Pero no es que me abrumó, sino que empecé a recordar lo que había olvidado”, concluye.
2) Katya Adaui – Huancaína con chimichurri y el mar de Lima por el río y la Reserva Costanera Sur : «Este paisaje ya está en mi corazón»

Katya Adaui nació en Lima, Perú, en 1977. Es escritora, autora de cuentos y novelas, y da clases en la licenciatura en Artes de la Escritura de la UNA (Universidad Nacional de las Artes). Su libro Geografía de la oscuridad fue Premio Nacional de Literatura en Perú, en 2023. También escribió Aquí hay icebergs, Algo se nos ha escapado, Nunca sabré lo que entiendo, Un nombre para tu isla y Quienes somos ahora.
Vive en Buenos Aires hace 8 años, pero su llegada fue por etapas. Tenía unas amigas peruanas que eran hermanas y que habían emigrado a Argentina por cuestiones políticas de su familia, y Katya solía visitarlas seguido. “A partir de la muerte de mis padres, una de ellas me avisó que había una maestría que dictaba la escritora María Negroni, para que aplique. Entonces me vine a estudiar. Se terminó la maestría y volví a Lima a vivir, pero en el 2018 me mudé de nuevo a Buenos Aires. Luego llegó la pandemia y no pude viajar, entonces me quedé y me fui instalando”, cuenta.
Para Katya vivir en una ciudad que hable su mismo idioma es ideal, pero además rescata especialmente que a los argentinos les guste conversar en todo momento, que Buenos Aires sea tan literaria y que tenga una cultura siempre viva. El tránsito para ella no es un problema como en otras ciudades. Además, no maneja y disfruta tomar el transporte público. “Para mí es ideal una ciudad donde el transporte funcione bien. A pesar de las quejas, acá puedes bajarte del subte en bici, subirte al tren, seguir a pie, o en micro. Además, uno puede leer a bordo. Ayer he podido leer en el auto, porque no iba frenando a cada segundo”, agrega.

Las librerías siempre fueron su perdición y en Buenos Aires abundan. Antes de instalarse definitivamente, en los primeros viajes, solía visitar las librerías para abastecerse de todas las novedades literarias que en su país no podía pagar.
Actualmente vive en el barrio de Agronomía, muy cerca de la facultad de Veterinaria de la UBA. Antes vivía San Telmo, que le gustaba por lo cosmopolita y porque la hacía sentir más cerca de Lima. Pero ahora disfruta del paisaje de la zona y de salir a caminar por ahí. “Como el deporte de la escritura es la caminata, yo me largo a caminar todo el día. Y se me ocurren muchas ideas. No salgo nunca sin un cuaderno para anotar.” Buenos Aires también está presente en su obra. “Mi novela ‘Quiénes somos ahora’ trata sobre una mujer que vive acá. Entonces hay personajes que hablan en argentino, y el texto está entre Buenos Aires y Lima. La ciudad está muy presente. Y este es un paisaje que ya está en mi corazón”, expresa.
Uno de sus lugares favoritos es la Reserva Ecológica Costanera Sur. Dice que desde que la conoció, cambió el mar de Lima por el río. “Yo que vengo del agua salada, tengo mucho más presente que cualquier porteño que Buenos Aires está rodeada de agua dulce. Acá la gente se lo olvida. No se va al río, así, como quizás se va en Córdoba o en otros lados. Yo sí tengo esa esa cosa acuática de Buenos Aires muy presente y a todo el mundo le hago ir al río, a la reserva o a subirse al piso 21 de un edificio y verlo. Porque ahí recién entiendes lo costera que es Buenos Aires”, dice. También disfruta de ir al Tigre. “Yo no sé si en otro lugar del mundo hay un lugar así. Cuando fui por primera vez al Delta dije ‘¿Qué es este lugar de ensueño?’ Pero a mí me gusta mucho más en invierno que en verano, cuando no va nadie, porque no soporto el ruido de las lanchas y la gente”.
Por ahora piensa en quedarse a vivir acá. “Perú me queda muy cerca. Está a solo 4 horas y media de avión. Entonces viene mucha gente a visitarme, o vienen colegas que están acá de paso. Argentina es muy querida, entonces vienen mucho desde Perú de vacaciones a Buenos Aires”, añade.
Acá tiene un grupo de amigos extranjeros de Venezuela, Perú, Ecuador y Uruguay. Va a restaurantes peruanos, pero además disfruta mucho cocinar en su casa, incorporar condimentos de la cocina peruana que la acercan de su ciudad natal, hacer mezclas y fusiones. “Puedo hacer mi huancaína y le pongo chimichurri al costado. Voy probando porque me gusta que las cosas conversen. Entonces no me siento lejos. Yo ya tengo que aceptar que mi corazón está en dos ciudades. No dividido sino amalgamado”, concluye.
«Como el deporte de la escritura es la caminata, yo me largo a caminar todo el día. Yo que vengo del agua salada, tengo mucho más presente que cualquier porteño que Buenos Aires está rodeada de agua dulce. Acá la gente se lo olvida. No se va al río, así, como quizás sí en Córdoba. Yo tengo esa cosa acuática de Buenos Aires muy presente y a todo el mundo le hago ir al río, a la reserva o a subirse al piso 21 de un edificio y verlo. Porque ahí recién entiendes lo costera que es Buenos Aires.»
3) Ana Fornaro – Buenos Aires como lugar de conexión con el deseo de escribir y la inspiración para sus aguafuertes

Ana Fornaro es escritora y periodista. Nació en Montevideo, Uruguay, en 1983.
Aunque conoce Buenos Aires desde su infancia, ya que solía venir de visita con su familia, emigró hace catorce años, siguiendo a quien era su pareja en ese momento. Después se separaron y ella se quedó, porque ya había creado un proyecto periodístico propio. Su historia familiar se vincula directamente a la Argentina. “Mi madre vivió en Buenos Aires de joven y su primer marido fue argentino. Mi abuela nació acá y vivió unos años durante su infancia, por motivos de trabajo de mi bisabuelo”, cuenta.
Lo que más le impactó la primera vez que pisó Buenos Aires fue San Telmo. “Le dije a mi madre, ‘Quiero vivir acá’. Me gustaba mucho Buenos Aires, que al lado de Montevideo era una gran ciudad. Sin embargo, después viví en muchos barrios diferentes, pero en San Telmo nunca”, relata.
Antes de vivir acá se fue unos años a Lille, Francia, a hacer una maestría. Allá todos le preguntaban de dónde era, pero sin embargo en Buenos Aires pasaba desapercibida, por no tener acento y por tener una cultura muy parecida a la argentina. “Nadie me preguntaba de dónde era y daban por sentado que era de acá. Eso también es raro porque el tema de la extranjería está presente igual. Ser de un lugar implica también tener una historia, una familia, todas las cosas que yo tengo en Uruguay y que acá no. Entonces por más que pueda pasar como porteña porque nadie me pregunta de dónde soy, sigo siendo extranjera”, añade.

Ana escribió el libro de poemas “De a ratos» (Ed. Yaugurú, 2012) y el de crónicas “Instrucciones para las ruinas” (Cerro Amarillo Ediciones, 2026). La mayoría de los textos de su último libro tienen que ver con Buenos Aires. “Hay una sola crónica que hice en Uruguay, que es la primera, la del Hombre Araña. El resto son como aguafuertes, muchas porteñas. Es una selección muy pequeña de mi trabajo acá en Buenos Aires”, explica.
Le debe la escritura de crónicas a Buenos Aires, ya que al poco tiempo de llegar empezó a escribir para la revista Anfibia. “Eso fue muy importante para mí porque empecé a ejercitarme muchísimo en el oficio. Si me hubiese quedado en Montevideo no habría ocurrido. Buenos Aires ha sido un antes y un después en mi identidad. Es mucho más que una ciudad donde vivir. Realmente fue como un cambio interno muy fuerte y de conexión con el deseo de escritura. Yo creo que eso me lo permitió esta ciudad”, agrega.
Hay algo muy interesante que se da en el vínculo entre la ciudad en la que se vive y el oficio de escribir, y Ana lo explica muy bien: “En el prefacio de mi último libro puse que Buenos Aires era crónica y Montevideo poesía. Yo sentía que mi personalidad uruguaya era más introspectiva o que tenía la cadencia o la melancolía que tienen Uruguay y Montevideo. Y acá es como que hay algo que te lleva a estar más para fuera, por las propias dinámicas de la ciudad”, expresa.
Actualmente vive en Coghlan, pero fue pasando por distintas zonas de la capital desde que llegó. Se siente más identificada con el barrio que se conoce como Congreso, en el cual vivió varios años. Se la pasaba yendo a las marchas porque tenía que cubrirlas para la revista en la que trabajaba.
Estos últimos años, si bien sigue viviendo en Buenos Aires, su trabajo está más vinculado al Uruguay. Allá es la directora de Lento, una revista de crónica y ensayo que tiene base en Montevideo. Pasó toda la pandemia en Uruguay porque no podía viajar, y eso fue en parte lo que la hizo conectar más con su país de origen en lo laboral, sobre todo.
«En el prefacio de mi último libro puse que Buenos Aires era crónica y Montevideo poesía. Yo sentía que mi personalidad uruguaya era más introspectiva o que tenía la cadencia o la melancolía que tienen Uruguay y Montevideo. Y acá es como que hay algo que te lleva a estar más para fuera, por las propias dinámicas de la ciudad.”
Tiene muchos amigos argentinos, pero también extranjeros: de Venezuela, Estados Unidos y Uruguay. “Los últimos años he estado más en contacto con extranjeros. Son muchos años acá, entonces también las vidas van cambiando”, concluye.
