
Brasil, la única colonia que arolló a la metrópoli hasta que la mismísima capital del Imperio se trasladó a Sudamérica. Brasil, varios años después, nuestro destino turístico preferido. Brasil…Brasiu se dice en portugués y en varios otros idiomas que ostentan la L velada en posición final. Un fonema desconocido en nuestro sistema rioplatense (representado universalmente así ➔ ł) que perturbará nuestra comprensión de ambiental, automóvel, desconfiável y de gran parte de las alocuciones de nativos brasileros que terminen en L. Pese a esa desavenencia lingüística, pese a las rivalidades deportivas que se zanjan cuando el argento se pone una camiseta del Palmeiras (sólo porque le gusta el color), pese a que los brasileros casi no fuman (504 cigarrillos anuales por persona frente a los 1042 de Argentina) y tratan con cierto desdén a quíenes lo hacen, pese a que el cebú ofrece una carne incomparablemente dura y pese a los 1742 kilómetros que separan al cena-show Maluco beleza de Congreso de alguna playa viable en Santa Catarina, aun así los argentinos siguen inclinándose por agarrar el auto y conducir durante 20 horas y 40 minutos hasta alguno de esos parajes.
Pero atención aquí, porque todos sabemos que dada una geografía tan vasta no podemos hablar de un solo Brasil. ¿Cuántos hay? Tomemos los ejes cardinales para dotar de algún racional a nuestra clasificación que, como toda clasificación, no puede eludir la arbitrariedad. Digamos que si vas a Brasil como turista debés prepararte para un BRASIL DEL NORTE (el Sertão, es decir, Itacaré, Trancoso, Salvador, Morro do Sao Paulo, Jericoacoara etc), un BRASIL CENTRAL (tomemos como referencia a Río de Janeiro y sus satélites Ilha Grande, Angra dos Reis, Ilhabella) y un BRASIL DEL SUR (Florianópolis y sus aledaños, Guardo do Embau, Praia do Rosa, Bombinhas). Podrán decir que no, podrán defender un carácter monolítico de la brasileidad, pero lo cierto es que las diferencias son brutales, inacabables, universos intraducibles. Acá algunas de esas diferencias:

En el NORTE te puede alcanzar la noche en un afiebrado lugar de fiestas en la playa, como el Morro, o en un paraje alejado de abundante vegetación y calmada presencia humana. Si se tratase Boipeba, en el último grupo, la noche está hecha para deambular por la luz tenue y amarillenta de sus calles, que en algunos pasajes se apaga del todo para resucitar más adelante. Atravesar viviendas rústicas de ladrillo expuesto y buscar algún puesto de acarejé, una intraducible comida bahiana al paso. Sentarse en un escalón a comer y ver como niños afro-descendientes corren para aquí y para allá. Luego volver a la pousada y dormirte con tu pareja bajo la campana de tela de mosquitero (sin eso no se sobrevive en Bahía y, probablemente no se duerme ni se tiene sexo).

En Río, el carnaval no es todo el año aunque muchos creen que sí. En la noche de Lapa, el barrio carioca que conjuga la sordidez de Once, lo folclórico de San Telmo y la creatividad de Palermo, todo el mundo se vuelca a la calle en una simpática expresión de espontaneidad popular. Hay en Río de Janeiro varios locales con Bossa Nova en vivo pero suelen estar repletos así que andá con paciencia hasta que se libere una mesa.
De tu salida volvés en taxi porque el transporte público no existe a la noche. Y si existiera los motoristas encontrarían en la escasez de vehículos otra buena excusa para acelerar al mango, conducta perversa que tanto disfrutan. No podés confiar ni en la velocidad de un colectivo. Los peatones no existen en Brasil, no tienen derecho a ocupar la calle, la Avenida Atlántica la cruzan a las corridas. Como los motoristas manden.

En el SUR DE BRASIL, durante la noche templada, bajás a la playa a encontrarte nuevamente con su fauna autóctona: el empleado administrativo argento. Seguramente en grupo, con guitarra y fogón, repasando el repertorio ya cansino de rock nacional. Y entonces uno propone tocar algo brasilero, una bossa, Garota, Desafinado. Alguna manera de flashear Caetano. Y en el contexto, por supuesto, garpa.
Fotos: CC-Marcus Sorbis – Rodrigo Soldon – Marcia de Moura