
- Conoce tus propios defectos y no los muestres (básicamente, todo lo contrario a estos movimientos super hippies y flow que existen ahora.)
- Ejercita el auto-control y no te creas todos los halagos (y tampoco hagas autobombo)
- No te irrites ante la mala educación ajena (es inevitable)
- Buscar utilidad antes que superfluidad (ser práctico y ya, basta del Instagram constante)
- Deja que el sentido común te guie a la prudencia (no te mandes “porque pintó”)
- Deja que la cautela te evite pretender un mayor estatus (en otras palabras, bajate de la palmera)
- Deja que la modestia te mantenga sin pretensiones (y “bancate” las pretensiones ajenas)
- Añora el libre albedrío que te permitirá elegir entre el Bien y el Mal, y recuerda que deberías estar dipuesto a ayudar a los menos afortunados (Biblia 1-0-1)
- Continúa buscando tu conciencia para aprender sobre tus defectos y protegerte (leve alusión a “Los 4 acuerdos toltecas” de Miguel Ruiz)
- Mejora tu conocimiento a través de los argumentos (total y absolutamente vital)
- Entrena tu buen juicio para evitar que te escatimen (léase, no seas un boludo)
- Evita entrar en la banalidad para un mejor estatus (no sos Andy Warhol)

Y pienso entonces: “Ostia, puta: ¡Es exactamente lo que estoy haciendo yo!” Yo estoy reflexionando acerca de la vida, yo me estoy martirizando la cabeza con los qué hubiera pasado si, yo me estoy comiendo las uñas y pensando a quién le hago caso, si a Cupido (el corazón) o a Aesop (la razón), yo estoy replanteándome las reglas de juego, yo estoy cuestionándome quien quiero ser y quién estoy siendo.
Pero no solo pienso en mí, porque el concepto del laberinto no es una cuestión individual, sino que, como ya vimos, pertenece a una semiótica colectiva, entonces pienso en el laberinto de Horta-Guinardó tan olvidado, tan alejado de lo que es la Barcelona que todos conocemos y no puedo evitar pensar de que aquí hay algo extraño, de que existe una cultura que desconozco, que está sumamente alejada de la Barcelona turística, una Barcelona catalana y catalana hasta la médula, una Barcelona que prepara una calçotada un domingo al mediodía.
«Pienso en el laberinto de Horta-Guinardó tan olvidado, tan alejado de lo que es la Barcelona que todos conocemos y no puedo evitar pensar de que aquí hay algo extraño, de que existe una cultura que desconozco, que está sumamente alejada de la Barcelona turística, una Barcelona catalana y catalana hasta la médula…»
Llevo sólo cuatro meses en esta ciudad y hay días en que siento que entiendo perfectamente a qué va la cosa, y otros un idioma incomprensible, hermético. Sigo caminando por el laberinto y me cuestiono cual sería la mejor forma de entender a esta Catalunya retraída y tímida, pero más que nada yo creo que es una Catalunya latente, que corre suave como el río que enmarca el jardín, que está así un tanto quieta como el agua en los estanques; cerrada como el casco histórico del parque de Horta-Guinardó.
Michael Connan dice: “Understanding another culture is obviously an unending task; thus, one must put some limit to investigations. How do you make sure you have reached satisfactory understanding of another culture? How do you generalize your knowledge?[1]”
La verdad es que todavía no puedo responder a estas preguntas, sólo sé que en cuanto hay peces en el cielo, ya nada de lo que dije tiene sentido.
Todo es un cuento.


