Me traicioné y pasé a ser una de ellas

Camperas infladas, de moda en todo el mundo

 

Me traicioné y pasé a ser una de ellas. Por Elena Furst Zapiola.

Hace unos días una amiga se olvidó una campera en casa. De esas infladas, ultra livianas y que quedan deformes cada vez que te las ponés. Sí, de verdad que no entiendo como una tendencia así pudo avanzar tanto. No hay una sola persona en este invierno que no la haya llevado puesta. Por todas partes gigantes rosas, rojos, flúor caminando por la calle.
Me juré desde el primer momento que la ví que nunca iba a tener eso puesto. Pero, hace días me pasó algo HORRIBLE. Mientras escribía, la veía colgada en el perchero. Miraba el perchero, y ahí estaba, miraba el perchero y ahí seguía, miraba el perchero, y ella. Me repetía sin parar “no, Elen, no, no lo hagas.” Hasta que uno de esos fríos días de invierno, salí a sacar al perro y ni lo dudé: me la puse. Mientras caminaba, no podía dejar de recordar a esas mujeres que tanto juzgué durante todo el invierno. En menos de un segundo, me transformé. Me traicioné, y pasé a ser una de ellas. La campera es cómoda, y abrigada, eso no se los voy a negar nunca. Pero, mi opinión va mucho más allá de esas perfectas cualidades. En pocas palabras: la sigo concibiendo como una bolsa de dormir, con patas y manos, eso, nada, eso.

«En menos de un segundo, me transformé. Me traicioné, y pasé a ser una de ellas. La campera es cómoda, y abrigada, eso no se los voy a negar nunca. Pero, mi opinión va mucho más allá de esas perfectas cualidades. En pocas palabras: la sigo concibiendo como una bolsa de dormir, con patas y manos, eso, nada, eso.»

La caminata duró menos de 2 minutos. No pude llegar ni a la esquina. Lo que menos quería es que alguien me vea con eso puesto (soy una fashion addict) imagínense, me cruzo con el chico que tanto me gusta y me ve toda inflada. No. ¡Eso nunca! Pegué media vuelta, y volví a casa. Subí, y la deje en el perchero como si nada. Ahí, quedo por el resto de los días sin que nadie la toque. Por fin, ayer mi amiga la vino a buscar, no veía la hora de que eso suceda. Como si nada, se la puso y con cara de alegría me contaba lo mucho que la extrañaba. Yo en cambio, la miraba agotada y con alivio de que ya no tenía esa tentación horrible en casa. Una historia, muy personal y unas de esas tantas que tenemos las mujeres con todo siempre. Lo bueno es que sobre gustos no hay nada escrito ¿No?