FINAS ESTAMPAS EN EL CIELO


Un aficionado se abstrae mirando nubes en el cielo, asegura que le da tranquilidad
Finas Estampas en el Cielo. Por Matías Asconape. Fotos: Paula Eleod.

MIRAR NUBES EN EL PASTO AL LADO DEL MNBA, JUNTO A UN MIRADOR DE ALMA

Acostados sobre el pasto de la plaza Rubén Darío, a sólo metros del Museo de Bellas Artes, escuchamos el ruido nervioso de la ciudad a pleno. A mi lado, Lucas, un mirador de nubes porteño, no dice ni hace nada. Quiero decir, nada. Bueno, algo sí. Mira para arriba.  Yo intento desconectarme pero cuesta. Hoy vinimos a mirar nubes y, para lograrlo, hay que cortar con la vorágine y eso es lo más difícil. El frío de otoño se corta con el sol. El cielo, lluvioso en la mañana, ahora es un plato azul. Recién arrancamos y ya me siento en falta. Tengo el mismo sentimiento de cuando alguien me pregunta lo que no sé. Me siento inútil.
Un vecino podría pensar que intentamos dormir una siesta. Pero no. A Lucas le gustan las nubes desde chico, no tiene ni idea de meteorología pero le divierten, lo relajan. A veces les saca fotos. “Me tranquilizan”, cuenta, y dice que en Resistencia no hay edificios que interrumpan la vista. Hay momentos en los cuales logro entrar en sintonía con la experiencia. Entonces, desde el suelo me dejo llevar por el andar lento de las nubes. Son lapsos breves en que me abstraigo de las bocinas y los colectivos.

LECCIÓN UNO: LAS FORMAS QUE UNO VE CASI NUNCA COINCIDEN CON LAS QUE EL OTRO VE (OSEA, UN HIPOPÓTAMOS ES UN VELERO)


La nube de arriba ¿Un hipopótamos, un rinoceronte, un perro?
Descubro que esas manchas blancas sin forma son en realidad un dragón; un hipopótamo; el perfil de un narigón; una pelota de fútbol gigante; un muro; un pájaro; un elefante que camina para atrás. Luego, cuando el idilio termina, se vuelven nubes. Y sobreviene esa sensación rara de que se pierde el tiempo. Cada vez que descubro algo necesito contarlo. Le pregunto a Lucas si lo ve también. No. Y no. Mi dragón para él es un monstruo, mi elefante un velero y el pájaro, un tornillo con alas. Algo está claro. Mirar nubes se puede compartir en el sentido de ir acompañado pero mejor no buscar coincidencias. Intentar hacerlo es, igual que la sensación que se experimenta cuando se dan los primeros pasos en este oficio de echarle el ojo al cielo, inútil.
 

«Un vecino podría pensar que intentamos dormir una siesta. Pero no. A Lucas le gustan las nubes desde chico, no tiene ni idea de meteorología pero le divierten, lo relajan. A veces les saca fotos. “Me tranquilizan”, cuenta»

 

LAS NUBES SON DEL PUEBLO PORQUE SIEMPRE ESTÁN AHÍ, NO HAY LUGARES PREDILECTOS


Lucas Ocampo, tan sólo uno de los habitantes de Buenos Aires que se toman en serio mirar para el cielo
Sin embargo, hay un punto en común que comparten casi todos los observadores consultados. Ninguno tiene un lugar predilecto para mirar. Ocurre que las nubes están siempre ahí. Son del pueblo. “No sé mucho del tema técnico, simplemente me gusta verlas pasar”, describe mi vecino de suelo, cuyo nombre completo es Lucas Ocampo. Dentro de poco deberá volver a su oficina en la Federación Argentina de Básquet, donde trabaja desde que vino a vivir a Buenos Aires. Mientras se pone de pie, con su mano derecha intenta remover los pastitos de la campera y el pantalón. Tiene la espalda mojada. Es alto. Se nota porque en vez de fútbol jugó siempre al básquet, es de los que llegan al aro de un salto. Tiene 25 años. Y es un mirador de nubes. Por suerte, no está sólo en esto.»
 

«Mi dragón para él es un monstruo, mi elefante un velero y el pájaro, un tornillo con alas. Algo está claro. Mirar nubes se puede compartir en el sentido de ir acompañado pero mejor no buscar coincidencias. Intentar hacerlo es, igual que la sensación que se experimenta cuando se dan los primeros pasos en este oficio de echarle el ojo al cielo, inútil.»

 

EL GRAN GURÚ MUNDIAL DE LA OBSERVACIÓN DE NUBES HABLA CON MALEVA


Las nubes al atardecer parecen sacadas de la paleta de un artista
De hecho, hay quienes lo hacen con mucha seriedad. Sobretodo el británico Gavin Pretor-Pinney, fundador de la Cloud Appreciation Society, que cuenta con más de 30 mil miembros, entre ellos algunos argentinos. Y, también, autor de una guía sobre el tema dónde se habla de “cúmulos”, “cirros” y “cumulonimbos”, que vendió más de 200 mil copias. En diálogo con Maleva, éste hombre nos contó qué lo llevó a fundar esta organización hace ya ocho años: “En efecto, comenzó como una broma. Una amiga, que sabía de mi devoción por las nubes, me pidió que prepare una ponencia sobre ellas para un festival literario”, cuenta Gavin. La llamó “Lectura Inaugural de la Cloud Appreciation Society” para que “suene interesante”.

MIRAS NUBES “ES BUENO PARA EL ALMA” Y UNA FILOSOFÍA DE VIDA


Miras las nubes es bueno para el alma, dicen los cultores de este ritual
Luego se encontró con que muchas personas se entusiasmaron con la idea. Hoy tienen miembros que van desde Brasil hasta Singapur. Ser parte de la organización cuesta 8 libras, unos $40 anuales. Para Gavin, ver nubes es una filosofía de vida. “Te ayuda a desarrollar una actitud amigable, tranquila y es bueno para el alma”, dice. “Es más importante buscar el estado de ánimo ideal para mirar nubes, que salir en busca de ellas por diferentes sitios”.

LOS QUE VIVEN EN LAS NUBES


Varias figuras se pueden encontrar en esta nube
“Esa persona vive en las nubes”. Quien dice esta frase formula un reproche. Alguien es acusado de volar con el pensamiento y desatender lo terrenal. Sin embargo, son varios los que están dispuestos a pasar horas enteras en el acto de observar las nubes. Hay de todo. Algunos, como Lucas, sólo miran, otros escriben poesía, pintan, sacan fotos, descubren formas, las definen, se relajan, comparten penas. Hay muchas personas que comparten espíritu y agenda, en algunos casos sin saberlo, con el manifiesto de la Cloud Appreciation Society. Eso sí, no de manera organizada como en otros países pero sí con la curiosidad del que no se quiere quedar atrás.
 

«Para Gavin, ver nubes es una filosofía de vida. “Te ayuda a desarrollar una actitud amigable, tranquila y es bueno para el alma”, dice.»

 
Para Dolores Moreno, una joven periodista de Palermo, cada nube permite hacer múltiples lecturas. “No es una actividad casual. Cada imagen creada por esa suerte de algodón intangible puede provocar diversos estímulos”, describe. A ella, cuenta, mirar esas manchas blancas le da placer. Según su visión “nadie puede interpretar mejor las nubes que el verdadero mirador que es aquel que no entiende de formas universales y que sigue su propia intuición”.

CUMULUS, CIRRUS, STRATUS   ¿CALMAN LAS PENAS?


Nubes y una luna incipiente
Para Daniela González, actriz y cronista de espectáculos, la fascinación por mirar nubes la retrotrae a las vacaciones familiares con su familia cuando recorrían las rutas del interior en el auto. “Recuerdo mirar por la ventana para encontrar formas y una vez que las encontraba, pasaba a la siguiente”, apunta. De entre las figuras que solía buscar, recuerda especialmente aquellas que parecían rostros de ancianos. “Supongo que era porque extrañaba a mi abuelo que falleció cuando era chica”, describe. En cambio, para Cecilia Vozzi, que lleva más de treinta años en el sector de ventas en distintas empresas, mirar las nubes la ayuda a llevar algunas tristezas. “Amortiguan mis caídas y me dan refugio, son una buena compañía”, dice.