DE MOCHILERA POR EL MÁGICO LADO B DE COSTA RICA: TODO LO QUE LA COSTA OESTE TIENE PARA OFRECER / POR SOL DI VITO (DESDE COSTA RICA)

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Canopy en Monteverde (¡uno de los cables tiene un kilómetro y medio de largo!)

DE MOCHILERA POR EL MÁGICO LADO B DE COSTA RICA: TODO LO QUE LA COSTA OESTE TIENE PARA OFRECER / POR SOL DI VITO (DESDE COSTA RICA). 

Porque al Caribe ya lo vieron todos. Porque Puerto Viejo en verano ya es un cliché. Y porque lo desconocido siempre llama más. La costa oeste de Costa Rica, el país de la Pura Vida (lo primero que escuchás al entrar al país), es un paraíso del turismo aventura aún por descubrir. Muy popular entre aquellos mochileros europeos que suelen terminar sus viajes acá en Buenos Aires, a esta tierra de montes, volcanes, playas y bosques en las nubes no se llega sin tomar primero un vuelo a San José, la conocida capital del chiliguaro (¡un licor picante ideal para hacer shots matadores!). Desde cafés escondidos hasta donde encontrarse cara a cara con los famosos monos capuchinos, acá todo lo que hay que hacer (y no hacer) tras mi improvisado viaje “mochilero” (porque mi bolsito de viaje no es mochila pero cuenta igual) por el lado occidental del país de los perezosos.
 

1) LA FORTUNA: EN LA BASE DEL VOLCÁN ARENAL, TREKKING EN UNA SELVA EXUBERANTE, INCREÍBLES TERMAS (Y PODEROSOS DESAYUNOS)

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A solo un bus de distancia desde San José (alrededor de cuatro horas), La Fortuna, el pueblo que rodea al Volcán Arenal, es el primer punto en el mapa. Decidir dónde quedarme no fue difícil: La Choza Inn (a 300 metros oeste de la Oficina de Correos) es el primer hostel de este pequeño pueblo que no para de crecer. Manejado por una de sus más reconocidas familias se trata de un pequeño complejo que ofrece desayuno y es ideal para viajeros solitarios que quieran hacer amigos. Ahora sí, el desayuno no es “tico” -como los costarricenses se refieren a sí mismos- sin pinto, que es un arroz mezclado con frijoles y condimentado con cebolla y cilantro. Más rico de lo que suena, lo juro. ¿Lo mejor de este hostel? Por solo quince dólares, ofrece un servicio de shuttle que lleva a sus huéspedes donde quieran -a horas determinadas- durante todos los días que se hospeden (con dos días es más que suficiente).
Ya arriba de esta camioneta, empieza el tour. Para entrar en calor, una caminata por la base del Volcán Arenal entre bosques y piedras  negras por el paso de la lava. Se puede elegir entre recorridos de media hora y hasta 3 horas. Y para descansar los músculos, nada mejor que sumergirse en la segunda mayor atracción del lugar, las aguas termales. Sin costo alguno, el agua de las piletas naturales de Tabacón ronda los treinta grados y son ideales para relajar e incluso, debo confesar, tomar unas cervezas con algún grupo de norteamericanos, que, hay que admitirlo, siempre hay. Para entrar, hay que pasar por debajo de una carretera y caminar entre piedras. Vale la pena. Ahora bien, para quienes buscan una experiencia más exclusiva, Baldi Hot Springs son las aguas termales más grandes del mundo. El mayor sauna del país, toboganes y veinticinco piletas con esta misma agua forman el complejo que también cuenta con hospedaje y gastronomía. El day pass tiene un valor de 35 dólares.
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Ya relajados, es hora de bañarse e ir a comer. Mi recomendación es NANKU (en la calle 142) a sólo una cuadra de la plaza central del pueblo. El café es otra historia. Tras preguntar por la calle, di con Soda La Hormiga (las sodas en Costa Rica son los pequeños restaurantes manejados por familias), escondido tras la terminal de buses.
Lo que queda: visitar la cascada, recorrer el Cerro Chato y por qué no tirarse en El Salto. Al costado de una ruta, una soga cuelga sobre una pequeña cascada, donde los locales como Brian se suelen tirar en verano. Es solo para valientes: ya siete personas murieron debido a las corrientes y sus nombres están inscriptos en los arboles alrededor. Claro, Brian me lo dijo después de tirarme.
 

2) MONTEVERDE: MUCHA AVENTURA Y ATARDECERES SUBLIMES EN SERIO

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La travesía hasta ahí es un poco más larga, pero más pintoresca. Una combi hasta el lago y un bote desde allí es la forma más rápida de llegar. El agua, los bosques ticos y el volcán que se asoma imponente en el fondo es una postal para guardar. Mientras el sol se pone entre las montañas, el arribar a destino es una atracción en sí misma.
Si hay algo por lo que Monteverde es conocido es por sus increíbles atardeceres, del naranja más intenso. Para disfrutarlos justo fuera de la habitación, lo mejor es quedarse en Sunset Hotel, con vista privilegiada. Pero para los que sentarse a observar no es suficiente, a cuarenta dólares, un paseo a caballo por la montaña con aquel escenario de fondo es una experiencia casi irrepetible. El tercer puesto se lo lleva el gran Ficus, otro punto de interés en este pequeño pueblo de alturas. Se trata de un muy particular árbol cuyo tronco es una intrincada red de ramas que forman un túnel, ideal para escalar. Torpe como soy, escalar sin arneses no es un riesgo que estoy dispuesta a tomar. Por eso, elegí visitar la base de una antigua antena verde, la primer respuesta de cualquier tico al preguntar dónde ir, a eso de las cinco de una tarde de enero.
En cuanto a hostels, el mejor es Santa Elena Hostel Resort, sin duda. Pero no siempre busco lo mejor. Kapuchin Hostel, sin cartel y a cincuenta metros de la calle, es una humilde casita al borde de un acantilado. Su dueño, Monkey, es un carismático treinteañero con brackets que se ríe cada dos palabras. Ni los mejores cuartos, ni la mejor ducha, pero sí algo que ningún otro: cada mañana, a la hora del desayuno, simpáticos monos capuchinos se acercan al balcón para ver si algún bondadoso mochilero le alcanza un tomate. Tampoco es raro que algún coatí pase entre las piernas de los despistados.
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Aunque no son lo monos ni los atardeceres por los que Monteverde recibe cada año miles de turistas. Su principal atracción es el turismo aventura. Entre sus bosques cuelga el cable de tirolesa más largo de Latinoamérica. El tour de Aventura Canopy (www.aventuracanopytour.com) cuenta con no menos de once cables, entre ellos uno de 1590 metros de largo, para el cual me colgaron boca a bajo. Con razón le dicen “Superman”. Además, puentes colgantes, rapel y el imperdible “Tarzan Swing” (una caída libre de 45 metros hasta hacer tensión y quedar columpiándose) completan el paquete. A cincuenta dólares, la aventura (y escuchar cada alarido antes de tirarse) vale cada centavo. Lo mejor es ir a la mañana, ya que usualmente llueve a lo largo del día. Infaltable un impermeable. Y si todavía el nivel de adrenalina no es suficientemente alto, caminatas nocturnas guiadas a 25 dólares son la oportunidad ideal para descubrir animales centroamericanos escondidos en árboles y ríos. Derribemos un mito: ver un perezoso en Costa Rica es más inusual de lo que se cree. Para terminar, una caminata por una de las reservas ecológicas de “bosques nubosos” es el último punto a cubrir en mi lista. Todavía me arrepiento el querer ahorrarme esos cinco dólares para alquilar las botas de lluvia a la entrada del parque. Tras tanta emoción, a recargar energías. El emblemático Tree House Restaurant, como dice su nombre, es un restaurante construido alrededor de un árbol, y un imperdible en este monte. Por precios más accesibles, Rico y Tico es un café con lo mejor de la comida local bien casera. Y por último, para el desayuno, la Panadería Jimenez tiene buen café y, para los nostálgicos, facturas con dulce de leche.

3) JACÓ: CANCHEROS Y FIESTEROS HOSTELS SURFEROS EN “LAS VEGAS DE COSTA RICA”

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Muchos dirán que es uno de los peores destinos en Costa Rica. Me atrevo a decir lo contrario. Tras una debida parada en Santa Teresa (pueblo de argentinos en Costa Rica si los hay) y Montezuma, dos playas imperdibles a las cuales se llega solo por barco, llegó la hora de las vacaciones, propiamente dichas. Días sin dormir, interminables horas en buses y actividades sin parar, en esas últimas semanas hice de todo menos descansar. Conocido como el “Las Vegas de Costa Rica”, Jacó fue el elegido para pasar cuatro días de relax en la playa.
En el paraíso de los surfers, los hostels no son sólo hostels, son bares, restaurantes, sedes de pool parties y hogar de incontables voluntarios que trabajan allí, con el solo fin de vivir aunque sea unos meses a las orillas del pacífico. El más cool es Selina, cuya barra en la playa es un must a la hora del atardecer, te hospedes ahí o no. Imperial o Pilsner son las birras por default, ideales para el momento.
Mi favorito es, sin embargo, Beds on Bohio. Sobre la calle del mismo nombre y a una cuadra de la playa, este hostel es una escuela de surf (con Yuca, uno de los mejores del pueblo), un restaurante (Papas&Burguers, riquísimo y a buen precio) y un bar (en Swell Bar, no importa qué día sea, siempre hay gente con la que hablar). Un patio interno, pileta y el mejor grupo de personas fueron mi hogar por unos días. Incluso cuidaron de mi cuando, en un intento más que fallido, me caí surfeando y me esguincé la rodilla, hasta la fecha hinchada.
Una visita a la mansión abandonada sobre la montaña en el Mirador Playa Jacó, un buen bowl de açaí en Costa Juice, disfrutar de una jarra de margarita (con más alcohol de lo que uno espera) en Caliche’s Wishbone, una cerveza en el BeachClub Jacó Blu y simplemente nadar mientras el sol se sumerge en cada ola fue todo lo que necesité para enamorarme de un pueblito más atrapante que encantador.

4) MANUEL ANTONIO: UN PARQUE NACIONAL CON LA PLAYA MÁS LINDA DEL PAÍS 

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A dos buses de Jacó, esta es, para muchos ticos, la mejor playa de toda la costa oeste. Por solo doce dólares uno accede al Parque Nacional, que no es solo otro parque para divisar animales (aunque es donde más especímenes se pueden ver) pero tiene una humilde playita sin olas. Con arena blanca y el agua más cristalina en toda la costa, fue fácil dejarme llevar mientras algún mono o mapache, sueltos por todo el parque, revolvía entre mis cosas. Salir corriendo del agua para rescatar mi bolso es parte de la experiencia Costa Rica, ¿no?